El guardián entre el centeno

23/02/2019 Comentarios desactivados en El guardián entre el centeno

J. D. Salinger, El guardián entre el centeno, Traducción de Carmen Criado, Edhasa, 2007

Título original: The Catcher in the Rye (1945)

 

“La gente mundana toma la misantropía por arrogancia”

Frédéric Beigbeder, Oona y Salinger

 

Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno.

 

Una vez más, releo esta inquietante novela. Una vez más lo hago como consecuencia de otras lecturas. Esta vez ha sido la novela de A. G. Porta Las dimensiones finitas la que me ha llevado de nuevo a Salinger.

Salinger fue un misántropo que hizo de su vida una huida constante del resto de la humanidad. Holden Caulfield, el protagonista de su primera novela, es un misántropo. La forma en la que se aproxima a los demás es la de alguien que tiene miedo. De ahí sus extraños comportamientos, sus sueños de huir al oeste a vivir en una cabaña, de desaparecer, de esconderse, su aparente frialdad, su lucha contra la hipocresía… y su aparente cinismo.

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Las dimensiones finitas

22/02/2019 Comentarios desactivados en Las dimensiones finitas

A. G. Porta, Las dimensiones finitas, Acantilado, 2015

“Usted me preguntó cómo hago para salir de las dimensiones finitas cuando quiero. Desde luego, no empleo la lógica cuando lo hago. La lógica es lo primero que hay que dejar de lado.”
J. D. Salinger, Teddy

Así, sin trampas, con amor y sordidez.

“Si de verdad consideran que puede interesarles esta historia, espero que no les importe que el tono de algunos pasajes, la voz o lo que sea, les recuerde el tono, la voz o lo que sea de una de las novelas más conocidas de la segunda mitad del siglo XX”. Así empieza esta novela. Con las mismas o muy parecidas palabras que El guardián entre el centeno de J. D. Salinger (“If you really want to hear about it, the first thing you’ll probably want to know…”). Novela y autor a los que se hacen varias referencias a lo largo de sus páginas. Estamos, al parecer, ante un homenaje a Salinger… Quizá, esta novela podría haberse titulado algo así como Consejos de un discípulo de Bolaño a un fanático de Salinger… aunque éste no es ninguno de los posibles títulos de los que se habla en las últimas páginas: Salinger è morto, Al norte del norte o Albertine ha muerto

Puede parecer una novela de amor pero, en realidad, es una novela de enamoramiento, quizá de deslumbramiento. Bruno, el protagonista de esta novela, “un rookie de nada”, cuyo nombre sólo aparece una vez, exactamente en la página 121, no es capaz de dejar de lado la lógica y por eso no puede escapar de las dimensiones finitas, es incapaz de trascender el enamoramiento, esa extraña “enajenación mental transitoria”, para llegar al amor. Lo único que busca constantemente es ser admirado y querido.

Todo le sirve a Bruno para que los demás le admiren y le quieran, pero él es incapaz de querer a nadie. Salinger es el hilo conductor de la historia, pero no de la historia de Bruno, sino de la historia de A. G. Porta. Bruno es el Holden Caulfield de A. G. Porta que, tal como avisa en el primer párrafo, emplea un tono, una voz, que nos lo recuerda constantemente, porque, en este caso también, “el meollo del asunto no sólo está en lo que pasa sino en cómo cuenta el autor lo que pasa”.

“¡Bendito internet!, pienso mientras escribo, porque, en cualquier otra época anterior aquel despliegue hubiera resultado imposible”. Si no fuera por internet, tampoco hubiera sido posible el despliegue de este particular dietario de la lectura, o “diario de horas” que viene a continuación. Hago en él lo contrario que su protagonista, quien a partir de su diario de horas redacta sus recuerdos y los innumerables datos, nombres y referencias que considera importantes de recordar. A continuación intentaré reconstruir aquel diario a partir del relato.

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Mapas de bolsillo

17/02/2019 Comentarios desactivados en Mapas de bolsillo

Bruno Montané, Mapas de bolsillo, Tajamar Editores, Santiago, Chile, 2014

 

La poesía nunca acaba,
ése es su vértigo.
La poesía sólo tiene paciencia.

 

Poemas para leer y releer en cualquier orden, pero siempre en voz alta. Pronunciando despacio, con paciencia, cada palabra, para que nos arrastre hacia ese abismo que nunca acaba y que nos produce tanto vértigo…

 

Teddy

16/02/2019 Comentarios desactivados en Teddy

J. D. Salinger, “Teddy“, Nueve cuentos

 

Los poetas se toman siempre el tiempo tan a pecho. Siempre están metiendo sus emociones en cosas que no tienen ninguna emoción.

 

Traspasando los límites del conocimiento… Todo lo que “sabemos” sólo sirve para que no podamos saber por nosotros mismos. El conocimiento nos impone límites que no somos capaces de traspasar porque no somos capaces de prescindir de la razón, de la lógica, pero tampoco de las emociones.

Salinger sorprende por su estilo. En su escritura pone la misma distancia emocional que exigen sus personajes para aproximarse al conocimiento.

 

“Los poetas se toman siempre el tiempo tan a pecho. Siempre están metiendo sus emociones en cosas que no tienen ninguna emoción.”

“… parece que no pueden querernos tal como somos. Parece que no pueden querernos si no intentan cambiarnos un poquito. Quieren sus motivos para querernos tanto como nos quieren a nosotros, y a veces más.”

“Usted me preguntó cómo hago para salir de las dimensiones finitas cuando quiero. Desde luego, no empleo la lógica cuando lo hago. La lógica es lo primero que hay que dejar de lado.”

“Pero yo querría que ellos empezaran con las verdaderas formas de mirar las cosas y no mirándolas como hacen todos los otros comedores de manzanas.”

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La cruzada de los niños

15/02/2019 Comentarios desactivados en La cruzada de los niños

Marcel Schwob, La cruzada de los niños, Traducción de Rafael Cabrera, Prólogo de Jorge Luis Borges, Tusquets, 1984.

Título original: La Croisade des enfants

 

En ciertos libros del Indostán se lee que el universo no es otra cosa que un sueño de la inmóvil divinidad que está indivisa en cada hombre.

Jorge Luis Borges (del Prólogo)

Gustave Doré, “La cruzada de los niños”

Circa ídem tempus pueri sine rectore sine duce de universis omnium regionum villis et civitatibus versus transmarinas partes avidis gres- sibus cucurrerunt, et dum quaereretur ab ipsis quo currerent, respon- derunt: Versus Jherusalem, quaerere terram sanctam… Adhuc quo devenerint ignoratur. Sed plurimi redierunt, a quibus dum quaerere- tur causa cursus, dixerunt se nescire. Nudae etiam mulieres circa ídem tempus nichil loquentes per villas et civitates cucurrerunt…

 

PRÓLOGO

Jorge Luis Borges, 1949

Si un viajero oriental -digamos, uno de los persas de Montesquieu- nos pidiera una prueba del genio literario de Francia, no sería inevitable recurrir a las obras de Montesquieu, o a los cien volúmenes de Voltaire. Nos bastaría repetir alguna palabra feliz (arc-en-ciel o el tremendo título de la historia de la primera cruzada: Gesta Dei per Francos, que significa Hazañas de Dios ejecutadas por medio de los franceses. Gesta Dei per Francos; no menos asombrosas que estas palabras fueron esas hazañas. En vano los perplejos historiadores han intentado explicaciones de tipo racional, de tipo social, de tipo económico, de tipo étnico; el hecho es que durante dos siglos la pasión de rescatar el santo sepulcro dominó a las naciones de Occidente, no sin maravilla, tal vez, de su propia razón. A fines del siglo XI, la voz de un ermitaño de Amiens -hombre de mezquina estatura, de aire insignificante (persona contemptibilis) y de ojos singularmente vivos- impulsa la primera cruzada; las cimitarras y las máqui- nas de Jalil, a fines del XIII, sellan en San Juan de Acre la octava. Europa no emprende otra; la misteriosa y larga pasión ha tocado a su fin; Europa se distrae de recuperar el sepulcro de Cristo. Las cruzadas no fracasaron, dice Ernest Barker, simplemente cesaron. Del frenesí que congregó tan vastos ejércitos y planeó tan remotas operaciones, sólo quedaron unas pocas imágenes, que se reflejarían, siglos después, en los tristes y límpidos espejos de la Gerusalemme: altos jinetes revestidos de hierro, noches cargadas de leones, tierras de hechicería y de soledad. Más dolorosa es otra imagen de incontables niños perdidos.

A principios del siglo XIII, partieron de Alemania y de Francia dos expediciones de niños. Creían poder atravesar a pie enjuto los mares. ¿No los autorizaban y protegían las palabras del Evangelio Dejad que los niños vengan a mí, y no los impidáis (Lucas 18:16); no había declarado el Señor que basta la fe para mover una montaña (Mateo 17:20)? Esperanzados, ignorantes, felices, se encaminaron a los puertos del Sur. El previsto milagro no aconteció. Dios permitió que la columna francesa fuera secuestrada por traficantes de esclavos y vendida en Egipto; la alemana se perdió y desapareció, devorada por una bárbara geografía y (se conjetura) por pestilencias. Quo devenirent ignoratur. Dicen que un eco ha perdurado en la tradición del Gaitero de Hamelin.

En ciertos libros del Indostán se lee que el universo no es otra cosa que un sueño de la inmóvil divinidad que está indivisa en cada hombre; a fines del siglo XIX, Marcel Schwob – creador, actor y espectador de este sueño- trata de volver a soñar lo que había soñado hace muchos siglos, en soledades africanas y asiáticas: la historia de los niños que anhelaron rescatar el sepulcro. No ensayó, estoy seguro, la ansiosa arqueología de Flaubert; prefirió saturarse de viejas páginas de Jacques de Vitry o de Ernoul y entregarse después a los ejercicios de imaginar y de elegir. Soñó así ser el papa, ser el goliardo, ser los tres niños, ser el clérigo. Aplicó a la tarea el método analítico de Robert Browning, cuyo largo poema narrativo The Ring and the Book (1868) nos revela a través de doce monólogos la intrincada historia de un crimen, desde el punto de vista del asesino, de su víctima, de los testigos, del abogado defensor, del fiscal, del juez, del mismo Robert Browning… Lalou (Littérature francaise contemporaine, 282) ha ponderado la “sobria precisión” con que Schwob refirió la “ingenua leyenda”; yo agregaría que esa precisión no la hace menos legendaria y menos patética. ¿No observó acaso Gibbon que lo patético suele surgir de las circunstancias menudas?

Amberes

15/02/2019 Comentarios desactivados en Amberes

Roberto Bolaño, Amberes, Anagrama, 2003

En Amberes un hombre murió al ser aplastado su automóvil por un camión cargado de cerdos.

Sueño rostros que abren la boca y no pueden hablar

“Escribí este libro para los fantasmas, que son los únicos que tienen tiempo porque están fuera del tiempo.”
Roberto Bolaño, “Anarquía total: veintidós años después”, 2002

“La única novela de la que no me avergüenzo es Amberes” (Roberto Bolaño, entrevistado por Mónica Maristain)

 

Escrita en 1980 no fue publicada hasta 2002. Es una novela compuesta por poemas… Poesía en forma de novela… narración poética o poesía narrativa… pues en realidad, para Bolaño, la poesía era la vida. Como él mismo dice, está escrita para los fantasmas, para todos sus fantasmas, para sus amores Lisa Johnson, Edna Lieberman y Lola Paniagua, pero también para otros de sus fantasmas como el de Sophie Podolski…

Bolaño hace visibles a aquellos a quienes el poder mantiene en silencio, a quienes el sistema deja sin voz… les vemos aparecer en la pantalla, pero sus voces apenas se pueden oír… Son el jorobadito (¿un guiño a Roberto Arlt?), las mujeres sin boca, el viejo, los sudacas, la desconocida, el inglés, los policías, los camareros, el vagabundo, el escritor, la pelirroja, la judía, el traidor… Sueños, notas, pesadillas entre el camping y un bosque en el que hay una gran pantalla en la que los sueños, las pesadillas y la realidad se proyectan en forma de película.

Juan Podestá dijo que Amberes “funciona casi como la versión ‘novelada’ del Manifiesto Infrarealista”. Vendría a ser, por tanto, su correlato narrativo.

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Un hospital

15/02/2019 Comentarios desactivados en Un hospital

UN HOSPITAL

Aquella muchacha ahora pesa 28 kilos. Está en el hospital y parece que se apaga. «Destruye tus frases libres.» No entendí hasta mucho después a qué se refería. Pusieron en duda mi honestidad, mi eficiencia, dijeron que dormía cuando me tocaba guardia. En realidad ellos estaban enjuiciando a otra persona y yo llegué casualmente en el momento menos indicado. La chica pesa ahora 28 kilos y es difícil que salga del hospital con vida. (Alguien aplaude. El pasillo está lleno de gente que abre la boca sin emitir sonido alguno.) ¿Una muchacha que yo conocí? No recuerdo a nadie con ese rostro, dije. En la pantalla se proyecta una calle, un muchacho borracho se dispone a cruzarla, aparece un autobús. ¿El apuntador dijo Sara Bendeman? De todas maneras no entendí nada en ese momento. Sólo me acuerdo de una muchacha flaca, de piernas largas y pecosas, desnudándose al pie de la cama. La escena ahora transcurre en un callejón mal iluminado: una mujer de cuarenta años fuma un cigarrillo apoyada en el quicio de una ventana en el cuarto piso. Por la escalera sube resoplando un poli de paisano, sus facciones son parecidas a las mías, pero con una sobredosis de cortisona. (El único que aplaudió ahora cierra los ojos. En su mente se forma algo que con otro sentido de la vida podría ser un hospital. En uno de los cuartos está acostada la muchacha. Las cortinas permanecen descorridas y la luz se desparrama por toda la habitación.) «Destruye tus frases libres»… «Un policía sube por la escalera»… «En su mirada no existe el jorobadito ni la judía ni el traidor»… «Pero aún podemos insistir»…

Roberto Bolaño, Amberes

 

¿Sara Bandeman? o ¿Edna Lieberman?  Un fantasma que recorre la obra de Bolaño… Un fantasma, Edna Lieberman para quien Roberto Bolaño es su fantasma.

 

El fantasma de Edna Lieberman

Te visitan en la hora más oscura
todos tus amores perdidos.
El camino de tierra que conducía al manicomio
se despliega otra vez como los ojos
de Edna Lieberman,
como sólo podían sus ojos
elevarse por encima de las ciudades
y brillar.
Y brillan nuevamente para ti
los ojos de Edna
detrás del aro de fuego
que antes era el camino de tierra,
la senda que recorriste de noche,
ida y vuelta,
una y otra vez,
buscándola o acaso
buscando tu sombra.
Y despiertas silenciosamente
y los ojos de Edna
están allí.
Entre la luna y el aro de fuego,
leyendo a sus poetas mexicanos
favoritos.
¿Y a Gilberto Owen,
lo has leído?,
dicen tus labios sin sonido,
dice tu respiración
y tu sangre que circula
como la luz de un faro.
Pero son sus ojos el faro
que atraviesa tu silencio.
Sus ojos que son como el libro
de geografía ideal:
los mapas de la pesadilla pura.
Y tu sangre ilumina
los estantes con libros, las sillas
con libros, el suelo
lleno de libros apilados.
Pero los ojos de Edna
sólo te buscan a ti.
Sus ojos son el libro
más buscado.
Demasiado tarde
lo has entendido, pero
no importa.
En el sueño vuelves
a estrechar sus manos,
y ya no pides nada.
Roberto Bolaño, Los perros románticos

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