Tribunalak

10/05/2019 Comentarios desactivados en Tribunalak

Honoré Daumier, “Tres jueces”, c. 1862

Tribunalak

Hauzitegiei buruz rnintzo zela, behin baten, Michel Foucaultek azaldu zuen badagoela tribunaletan iherarhia errito sail finko bat, aulki desberdinena, badaude, erropak, paper zigilatuak, mintzatzeko orden arautu bat, lengoaia bera ere fosilizatu eta berezia. Hauzitegietako errito guzi hori —esan zuen Michel Foucaultek— ez da hauzipetuaren errua ala inozentzia epaitzeko, iherarkia eta errito guzi hori tribunalaren inozentzia frogatzeko besterik ez da.

(Maiatzak 10)
Joseba Sarrionandia, Ni ez naiz hemengoa

 

Los tribunales

Hablando sobre tribunales de justicia, Michel Foucault explicó cómo el ámbito judicial se rige por una jerarquía y por un conjunto de ritos fijos, habiendo diferentes tipos de asientos, vestimentas, papeles timbrados, un orden reglamentado para hablar y con un lenguaje especial y fosilizado. Todo este ritualismo de los tribunales -afirmó Foucault- no pretende juzgar la culpabilidad o la inocencia del imputado, todos estos ritos y jerarquías están destinados únicamente a probar la inocencia del tribunal.

La hora de todas

04/05/2019 Comentarios desactivados en La hora de todas

Obras de Don Francisco de Quevedo, tomo III Ilustración en la página 261

“Tiranos , ¿por cuál razón (siendo las mujeres de las dos partes del género
humano la una, que constituye mitad) habéis hecho vosotros solos las leyes
contra ellas, sin su consentimiento, a vuestro albedrío? Vosotros nos priváis
de los estudios, por invidia de que os excederemos; de las armas, por temor de
que seréis vencimiento de nuestro enojo los que lo sois de nuestra risa.
Habéisos constituido por árbitros de la paz y de la guerra, y nosotras
padecemos vuestros delirios. El adulterio en nosotras es delito de muerte, y
en vosotros, entretenimiento de la vida. Queréisnos buenas para ser malos,
honestas para ser distraídos. No hay sentido nuestro que por vosotros no esté
encarcelado; tenéis con grillos nuestros pasos, con llave nuestros ojos; si
miramos, decís que somos desenvueltas; si somos miradas, peligrosas, y, al
fin, con achaque de honestidad, nos condenáis a privación de potencias y
sentidos. Barbonazos, vuestra desconfianza, no nuestra flaqueza, las más veces
nos persuade contra vosotros lo propio que cauteláis en nosotras. Más son las
que hacéis malas que las que lo son. Menguados, si todos sois contra nosotras
privaciones, fuerza es que nos hagáis todas apetitos contra vosotros.
Infinitas entran en vuestro poder buenas, a quien forzáis a ser malas, y
ninguna entra tan mala a quien los más de vosotros no hagan peor. Toda vuestra
severidad se funda en lo frondoso y opaco de vuestras caras, y el que peina
por barba más lomo de jabalí, presume más suficiencia, como si el solar del
seso fuera la pelambre prolongada de quien antes se prueba de cola que de
juicio. Hoy es día en que se ha de enmendar esto, o con darnos parte en los
estudios y puestos de gobierno, o con oírnos y desagraviarnos de las leyes
establecidas, instituyendo algunas en nuestro favor y derogando otras que nos
son perjudiciales.”

Francisco de Quevedo, La Hora de todos y la Fortuna con seso

exilios

27/04/2019 Comentarios desactivados en exilios

Schwer verläßt,
Was nahe dem Ursprung wohnet, den Ort.
Friedrich Hölderlin, DIE WANDERUNG

Quien habita junto al origen,
difícilmente deja el lugar.

Sustraiak han dituenak

Nekez uzten du sorterria
sustraiak bertan dituenak.
Nekez uzten du lurra zuhaitzak
ez bada abaildu eta oholetan.
Ez du niniak begia uzten
ez bada erroien mokoetan.
Nekez uzten du gezalak itsasoa
ez hareak basamortua.
Ez du liliak udaberria uzten
ez elurrak zuritasuna.
Sorterria nekez uzten du
sustraiak bertan dituenak.

1980

Joseba Sarrionandia, Poesia kaierak

Quien tiene allí sus raíces

Difícilmente deja su lugar natal
quien allá tiene sus raíces.
Difícilmente deja su tierra el árbol;
sólo cuando lo abaten y lo hacen tablas.
No deja la pupila el ojo;
sólo en los picos de los cuervos y los alacranes.
Difícilmente deja la mar el salitre,
la piedra arenisca, el desierto.
La flor no deja la primavera,
tampoco la nieve deja la blancura.
Difícilmente deja su lugar natal
quien allí tiene sus raíces.

enfermedades

22/04/2019 Comentarios desactivados en enfermedades

Thomas Bernhard leyendo el Salzburger Nachrichten, en el Café Braünerhof, Viena, 1988.

“También, con el tiempo, había recuperado las ganas de leer periódicos, aunque esa lectura me había repelido siempre enseguida, lo que, sin embargo, no había podido impedir que finalmente, cada día de nuevo, volviera a leerlos, ya entonces había quedado totalmente a merced de ese mecanismo que se repite diariamente y ahora, como sé, durante toda mi vida, el de procurarme y leer periódicos y ser repelido por ellos. Como mi abuelo, que exactamente igual que yo los había detestado durante toda su vida, yo también me había contagiado de esa enfermedad de los periódicos, que es incurable.”

Thomas Bernhard, “El aliento”, Relatos autobiográficos, Anagrama, 2009, p. 287

 

“Leo periódicos todos los días, si no, lo echo en falta. Pero no los leo, los hojeo sólo. No leo libros y sí sólo periódicos, porque en ellos se resume todo lo que mueve el mundo.”

Kurt Hofmann: Conversaciones con Thomas Bernhard. Anagrama, 1991.

 

“El típico café vienés, que es famoso en el mundo entero, lo he odiado siempre, porque todo lo que hay en él está contra mí. Por otra parte, durante decenios me sentía como en casa precisamente en el Bräunerhof, que siempre ha estado totalmente contra mí (como el Hawelka), lo mismo que en el Café Museum, y lo mismo que en otros cafés de Viena que frecuenté en mis años vieneses. He odiado siempre los cafés vieneses y he entrado una y otra vez en esos cafés vieneses odiados por mí, los he visitado a diario, porque, aunque siempre he odiado los cafés vieneses, y precisamente porque los he odiado siempre, he sufrido siempre en Viena la enfermedad del habitual del café, y he padecido esa enfermedad del habitual del café más que cualquier otra. Y, para ser sincero, todavía hoy padezco esa enfermedad del habitual del café, porque se ha descubierto que esa enfermedad del habitual del café es la más incurable de todas mis enfermedades. He odiado siempre los cafés vieneses porque, en ellos, me he visto enfrentado siempre con mis iguales, ésa es la verdad, y no quiero verme ininterrumpidamente enfrentado conmigo mismo, ni mucho menos en el café, al que voy al fin y al cabo para escapar de mí, pero precisamente allí me enfrento conmigo mismo y con mis iguales. No me soporto a mí mismo, por no hablar de soportar a toda una horda de mis iguales, meditando y escribiendo. Evito la literatura, siempre que puedo, porque me evito a mí mismo, siempre que puedo, y por eso tengo que prohibirme en Viena ir a los cafés o, por lo menos, tener siempre cuidado, cuando estoy en Viena, de no ir en ningún caso, sea el que sea, a lo que se llama un café literario vienés. Pero como padezco la enfermedad del habitual del café, me veo obligado a entrar una y otra vez en algún café de literatos, aun cuando todo lo que hay en mí se resista. Cuanto más y más profundamente he odiado los cafés de literatos vieneses, tanto más a menudo y de forma tanto más intensa he entrado en ellos. Ésa es la verdad. Quién sabe cuál hubiera sido mi evolución si no hubiera conocido a Paul Wittgenstein precisamente en el punto culminante de esa crisis, que sin él me hubiera precipitado de cabeza probablemente en el mundo de los literatos, o sea, en el más abominable de todos los mundos, en el mundo de los literatos vieneses y en su ciénaga intelectual, porque sin duda eso hubiera sido lo más sencillo entonces, en el punto culminante de esa crisis, hacerme comodón y abyecto y, por consiguiente, acomodaticio y, por consiguiente, renunciar y mezclarme con los literatos. Paul me libró de ello, porque había aborrecido siempre también los cafés de literatos. Con motivo, de la noche a la mañana y más o menos para salvarme, fui con él al Sacher y no a los llamados cafés de literatos, al Ambassador y no al Hawelka, etcétera, hasta que pude permitirme otra vez ir a los cafés de literatos, en el momento en que dejaron de producir en mí su efecto letal. Porque los cafés de literatos producen un efecto letal en el escritor, ésa es la verdad.”

Thomas Bernhard, El sobrino de Wittgenstein, p. 122-124

Keeper

14/04/2019 Comentarios desactivados en Keeper

“En una ocasión, Emily Brontë pintó una acuarela de Keeper, de la cual, por cierto, he visto una reproducción, aun cuando no tengo idea de qué es lo que he estado diciendo ahora que me ha hecho recordar esto.”

David Markson, La amante de Wittgenstein, p. 217

Helena

14/04/2019 Comentarios desactivados en Helena

Jacques-Louis David, “Los amores de Paris y Helena” (1788), Museo del Louvre

“Hay una pintura de Helena y Paris en el Louvre, por cierto, de Jacques Louis David, que quizá sea la única representación convincente de Helena que yo haya visto jamás.
En realidad, la pintura en sí misma es una tontería, puesto que Helena tiene puestas todas sus ropas, en tanto que Paris sólo lleva sandalias y un sombrero.
No obstante, hay una tristeza en el rostro de Helena, que sugiere que ella ha estado pensando en muchísimas cosas.”

David Markson, La amante de Wittgenstein, p. 181

ansiedad

14/04/2019 Comentarios desactivados en ansiedad

Vincent Van Gogh, “La silla” (1888), National Gallery, Londres

“Una de las cosas que la gente generalmente admiraba de Van Gogh, aunque no siempre fuera consciente de ello, era la forma en que lograba que hasta una silla pareciera tener ansiedad. O un par de botas.”

David Markson, La amante de Wittgenstein, p. 160

 

Vincent Van Gogh, “Shoes” (1888), Metropolitan Museum, Nueva York

“Además, otra cosa que en una ocasión leí acerca de Wittgenstein es que solía pensar con tal intensidad que se le podía ver hacerlo.
Y, por supuesto, yo no hubiese tenido ningún deseo de poner al hombre en ese tipo de problemas.
Aunque por alguna razón esto me recuerda que sí sé una cosa acerca de Martin Heidegger.
No tengo idea de cómo lo sé, a decir verdad, aunque sin duda procede de otra de esas notas a pie de página. Lo que sé es que Martin Heidegger tuvo en una época un par de botas que habían realmente pertenecido a Vincent Van Gogh, y solía ponérselas cuando salía a pasear por el bosque.
No tengo duda de que esto también es un hecho, por cierto. Especialmente, dado que bien puede haber sido Martin Heidegger quien hiciera la afirmación a que me referí muchas páginas atrás, acerca de la ansiedad como humor esencial de la existencia.
O sea que con toda seguridad lo que hubiese admirado de Van Gogh, para empezar, hubiese sido la forma en que Van Gogh era capaz de lograr que hasta un par de botas pareciera contener ansiedad.
Aun cuando sólo existiese la más pequeña probabilidad de que un par de botas que Van Gogh acostumbrara a ponerse fuera el mismo par de botas que una vez pintó en un cuadro, obviamente.”

David Markson, La amante de Wittgenstein, p. 199

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría pensamientos ajenos en emak bakia.