El corazón de una historia quebrada

22/03/2019 Comentarios desactivados en El corazón de una historia quebrada

J. D. Salinger, “The Heart of a Broken Story”, Esquire, September 1941

J. D. Salinger, «El corazón de una historia quebrada«, [1941] en Poesía, nº 29, otoño-invierno de 1987, traducción de Javier Marías.

 

… la mejor manera de describirme es decir que he sido uno de los millares de jóvenes de Nueva York que se limitan a existir.

 

El drama de los personajes de Salinger es ser personas solitarias y anodinas, que se limitan a existir, en un mundo que les exige ser triunfadores…

Referencias a este relato en obras de otros autores:

“Es en ‘El corazón de una historia quebrada’ donde Salinger inventa su estilo de tierno autoescarnio y el personaje de chico extraviado, romántico y patético que seducirá a los lectores del mundo entero en los años cincuenta. Antes de la guerra, Salinger ya alberga la idea del individuo abandonado en la gran ciudad, del eterno adolescente desamparado y perdido, egocéntrico y lúcido, pobre y libre, enamorado inoperante y frustrado empedernido que es el auténtico estereotipo de la condición humana occidental en el siglo XXI. (Salinger se mostró muy orgulloso de que su relato fuera publicado en Esquire por Arnold Gingrich, quien había hecho lo propio, cinco años antes, con tres fragmentos autobiográficos de Scott Fitzgerald conocidos bajo el título El crack-up.) Vivimos en la era salingeriana de la indeterminación orgullosa, del lujo sin un duro, del presente nostálgico, del conformismo de la revuelta endeudada. Tenemos una sed infinita de placer, de felicidad, de amor, de reconocimiento, de ternura. Una sed que nunca se verá calmada por el simple consumo ni consolada por la religión. Justin Horgenschlag hace una bella declaración de amor a Shirley Lester, pero antes ¡le ha birlado el bolso! Envía la carta desde la cárcel. Ella no le responde. (En el relato le responde educadamente, pero al final descubrimos que su carta es imaginaria.)

El mundo presente está habitado por seres horrorosamente independientes, acomplejados, insatisfechos; enamorados incapaces de amar, ovejas que se niegan a ser ovejas y aun así pacen, imaginándose al margen del rebaño; en definitiva, unos excelentes clientes para Freud, Buda, Fashion TV y Facebook.”

Frédéric Beigbeder, Oona y Salinger, Anagrama, 2016, p. 65-66

 

“Vi a Salinger en un autobús de la Quinta Avenida de Nueva York. Lo vi, estoy seguro de que era él. Ocurrió hace tres años cuando, al igual que ahora, simulé una depresión y logré que me dieran, por un buen periodo de tiempo, la baja en el trabajo. Me tomé la libertad de pasar un fin de semana en Nueva York. No estuve más días porque obviamente no me convenía correr el riesgo de que me llamaran de la oficina y no estuviera localizable en casa. Estuve sólo dos días y medio en Nueva York, pero no puede decirse que desaprovechara el tiempo. Porque vi nada menos que a Salinger. Era él, estoy seguro. Era el vivo retrato del anciano que, arrastrando un carrito de la compra, habían fotografiado, hacía poco, a la salida de un hipermercado de New Hampshire.
Jerome David Salinger. Allí estaba al fondo del autobús. Parpadeaba de vez en cuando. De no haber sido por eso, me habría parecido más una estatua que un hombre. Era él. Jerome David Salinger, un nombre imprescindible en cualquier aproximación a la historia del arte del No.
Autor de cuatro libros tan deslumbrantes como famosísimos —The Catcher in the Rye (1951), Nine Stories (1953), Franny and Zooey (1961) y Raise High the Roof Beam, Carpenters; Seymour: An Introduction (1963)—, no ha publicado hasta el día de hoy nada más, es decir que lleva treinta y seis años de riguroso silencio que ha venido acompañado, además, de una legendaria obsesión por preservar su vida privada.
Le vi en ese autobús de la Quinta Avenida. Le vi por causalidad, en realidad le vi porque me dio por fijarme en una chica que iba a su lado y que tenía la boca abierta de un modo muy curioso. La chica estaba leyendo un anuncio de cosméticos en el tablero de la pared del autobús. Por lo visto, cuando la chica leía se le aflojaba ligeramente la mandíbula. En el breve instante en que la boca de la chica estuvo abierta y los labios estuvieron separados, ella —por decirlo con una expresión de Salinger— fue para mí lo más fatal de todo Manhattan.
Me enamoré. Yo, un pobre español viejo y jorobado, con nulas esperanzas de ser correspondido, me enamoré. Y aunque viejo y jorobado, actué desacomplejado, actué como lo haría cualquier hombre repentinamente enamorado, quiero decir que lo primero de todo que hice fue mirar si la acompañaba algún hombre. Entonces fue cuando vi a Salinger y me quedé de piedra: dos emociones en menos de cinco segundos.
De pronto, me había quedado dividido entre el enamoramiento repentino que acababa de sentir por una desconocida y el descubrimiento —al alcance de muy pocos— de que estaba viajando con Salinger. Quedé dividido entre las mujeres y la literatura, entre el amor repentino y la posibilidad de hablarle a Salinger y con astucia averiguar, en primicia mundial, por qué él había dejado de publicar libros y por qué se ocultaba del mundo.
Tenía que elegir entre la chica o Salinger. Dado que él y ella no se hablaban y por lo tanto no parecía que se conocieran entre ellos, me di cuenta de que no tenía demasiado tiempo parar elegir entre uno u otro. Debía obrar con rapidez. Decidí que el amor tiene que ir siempre por delante de la literatura, y entonces planeé acercarme a la chica, inclinarme ante ella y decirle con toda sinceridad:
—Perdone, usted me gusta mucho y creo que su boca es lo más maravilloso que he visto en mi vida. Y también creo que, aquí donde me ve, jorobado y viejo, yo podría, a pesar de todo, hacerla muy feliz. Dios, cómo la amo. ¿Tiene algo que hacer esta noche?
Me vino a la memoria de pronto un cuento de Salinger, The Heart of a Broken Story (El corazón de una historia quebrada), en el que alguien planeaba en un autobús, al ver a la chica de sus sueños, una pregunta casi calcada a la que había yo en secreto formulado. Y recordé el nombre de la chica del cuento de Salinger: Shirley Lester. Y decidí que provisionalmente llamaría así a mi chica: Shirley.
(…)
Se me ocurrió acercarme a Salinger y decirle:
—Dios, cómo le amo, Salinger. ¿Podría decirme por qué lleva tantos años sin publicar nada? ¿Existe un motivo esencial por el que se deba dejar de escribir?
(…)
Decidí acercarme a él y preguntarle:
—Señor Salinger, soy un admirador suyo, pero no he venido a preguntarle por qué no publica desde hace más de treinta años, yo lo que quisiera saber es su opinión acerca de ese día en el que Lord Chandos se percató de que el inabarcable conjunto cósmico del que formamos parte no podía ser descrito con palabras. Quisiera que me dijera si es que a usted le ocurrió otro tanto y por eso dejó de escribir.
Finalmente, tampoco me acerqué para preguntarle todo eso.
(…)
Por otra parte, pedirle un autógrafo tampoco era una idea brillante.
—Señor Salinger, ¿sería tan amable de estamparme su legendaria firma en este papelito? Dios, cómo le admiro.
—Yo no soy Salinger —me habría contestado. Para algo llevaba treinta y tres años preservando férreamente su intimidad.
(…)
Me encontraba ya desesperado y cada vez más empapado de sudor en aquel autobús de la Quinta Avenida cuando de pronto vi que Salinger y Shirley se conocían. El le dio un breve beso en la mejilla al tiempo que le indicaba que debían bajarse en la siguiente parada. Se pusieron los dos de pie al unísono, hablando tranquilamente entre ellos. Seguramente Shirley era la amante de Salinger. La vida es horrorosa, me dije. Pero inmediatamente pensé que aquello ya no lo cambiaba nadie y que era mejor no perder el tiempo buscándole adjetivos a la vida. Viendo que se acercaban a la puerta de salida, me acerqué yo también a ella. No me gusta recrearme en las contrariedades, siempre trato de sacarles algún provecho a los contratiempos. Me dije que, a falta de nuevas novelas o cuentos de Salinger, lo que le oyera a él decir en aquel autobús podía leerlo como una nueva entrega literaria del escritor. Como digo, sé sacarles provecho a los contratiempos. Y pienso que los futuros lectores de estas notas sin texto me lo agradecerán, pues quiero imaginarles encantados en el momento de descubrir que las páginas de mi cuaderno contienen nada menos que un breve inédito de Salinger, las palabras que le escuché decir aquel día.
Llegué a la puerta de salida del autobús poco después de que la pareja hubiera descendido por ella. Bajé, agucé el oído, y lo hice algo emocionado, iba a tener acceso a material inédito de un escritor mítico.
—La llave —le oí decir a Salinger—. Ya es hora de que la tenga yo. Dámela.
—¿Qué? —dijo Shirley.
—La llave —repitió Salinger—. Ya es hora de que la tenga yo. Dámela.
—Dios mío —dijo Shirley—. No me atrevía a decírtelo… La perdí.
Se detuvieron junto a una papelera. Parándome a un metro y medio de ellos, hice como que buscaba una cajetilla de cigarrillos en uno de los bolsillos de mi americana.
De repente, Salinger abrió los brazos y Shirley, sollozando, se fue hacia ellos.
—No te preocupes —dijo él—. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Se quedaron allí inmóviles, y yo tuve que seguir andando, no podía por más tiempo quedarme tan quieto a su lado y delatar que les espiaba. Di unos cuantos pasos, y jugué con la idea de que estaba cruzando una frontera, algo así como una línea ambigua y casi invisible en la que se esconderían los finales de los cuentos inéditos. Luego volví la vista atrás para ver cómo seguía todo aquello. Se habían apoyado en la papelera y estaban más abrazados que antes, los dos ahora llorando. Me pareció que, entre sollozo y sollozo, Salinger no hacía más que repetir lo que de él ya había oído antes:
—No te preocupes. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Seguí mi camino, me alejé. El problema de Salinger era que tenía cierta tendencia a repetirse.”

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, 1999

 

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Salinger en Nueva York

22/03/2019 Comentarios desactivados en Salinger en Nueva York

TRAS LOS PASOS DE HOLDEN CAULFIELD

Texto: Bernardo Atxaga

Fotografías: José Manuel Navia

(El País Semanal)

Holden Caulfield, el adolescente infeliz de ‘El guardián entre el centeno’, de J. D. Salinger, conoció un Nueva York lleno de farsantes y de hipócritas. En este viaje, Bernardo Atxaga rastrea lo que queda de aquella ciudad reflejada en una novela legendaria. La figura de Caulfield, el James Dean de la literatura, resurge entre las neblinas del tiempo.

El caso era complicado. Se trataba de seguir los pasos de Holden Caulfield, el protagonista de una novela legendaria. Título de la novela: The catcher in the rye (El guardián entre el centeno). Autor: J. D. Salinger, el escritor huraño por antonomasia, un hombre que detesta toda referencia a su persona o a su obra y que, según dicen, vive en una cabaña de Connecticut sin apenas contacto con el resto de los humanos. ¿Cómo hablar de un héroe juvenil, de una especie de James Dean de la literatura, sin herir la sensibilidad de los lectores que, por decirlo así, siempre lo llevan en su corazón? ¿Cómo no perder el hilo cuando, por el mutismo del autor, ni siquiera existe la posibilidad de una cita? Sí, el caso era complicado. No era un trabajo que pudiera hacer yo solo.

Al igual que otras veces, convoqué a los únicos ayudantes que puede tener alguien que debe redactar un texto de 10 folios, es decir, convoqué a las letras del alfabeto, primero a la A y luego a todas las demás, en estricto orden, hasta la Zeta. Afortunadamente, acudieron muchas, 27: las 26 que en este momento siguen en activo y la pobreci­ta Ch, siempre bienvenida a nuestras reuniones.

Tengo un trabajo que hacer —les dije—. Quizá recordéis la no­vela de Salinger El guardián entre el centeno.

—Recuerdo que su protagonista era un tal Holden —dijo la H

—Caulfield. Holden Caulfield —añadió la C.

—¿Era negro? —preguntó la N.

—¿Negro? Todo lo contrario. Era lo que se llama un WASP —le respondió la W—. Un blanco de buena familia. Un adolescente que estudiaba en uno de los colegios de mayor prestigio en Nueva York.

—Pencey —dijo la P—. El colegio se llamaba Pencey.

—Pero no estaba exactamente en Nueva York. Estaba a una hora de tren de la ciudad, en Agerstown —añadió la A.

Estados Unidos, Nueva York. Metropolitan Museum.USA, New York. Metropolitan Museum.© Navia


No me gustaría parecer fatua —dijo la F hablando con su finu­ra acostumbrada-, pero yo sí recuerdo la historia de Holden Caul­field. No era muy feliz y se sentía furioso con todo: furioso con sus fofos profesores, furioso con sus forzudos compañeros de clase, furio­so con los que sólo piensan en follar y escriben la palabra fuck en las paredes de los colegios de chicas, furioso con la vida en general y con los que él denominaba phoneys, farsantes.

—Era un adolescente que no quería dejar de serlo —atajó la A.

—¿Una especie de Peter Pan? —preguntó la P.

—Así es. Un Peter Pan de 16 años.

—Sea como fuere —continuó la F—, la cuestión es que HC deci­dió fugarse de Pencey y volver a Nueva York tres días antes del co­mienzo de las vacaciones de Navidad. Unas vacaciones que, por otra parte, iban a resultarle bastante largas, ya que acababa de ser expulsa­do del colegio. Lo que podemos leer en la novela de Salinger es preci­samente eso: lo que le ocurre al adolescente HC durante el tiempo que va desde su fuga hasta la vuelta definitiva al hogar familiar.

—Su particular travesía por el desierto —dijo la T mirando a la D.

—Su particular travesía por la selva, diría yo —aseguró la S—. Lo digo por algo que leí sobre los ritos de paso a la madurez en ciertas sociedades africanas. Para acceder a la categoría de guerrero, el joven debe hacer una travesía por la selva, andar por ella en solitario duran­te tres días y tres noches. Si supera la prueba, es decir, si se aguanta el miedo y triunfa sobre todos los enemigos que le salen al paso, entra a formar parte de la casta dirigente de la sociedad. En caso contrario, no. Es una buena metáfora de lo que cuenta la novela, ¿no? Si consi­deramos que la selva a la que se enfrenta HC es la ciudad de Nueva York…

—Hablando de Nueva York —dije yo—, mañana salgo hacia allí. Voy a seguir los pasos de HC. Recorreré todos los sitios que se citan en la novela y en el mismo tiempo.

—¿Con qué objeto? —me preguntó la O.

—En primer lugar, quiero conocer de primera mano esos sitios y ver cuánto han cambiado desde la época en que Salinger los describió. En segundo lugar, me gustaría desvelar el secreto de la novela.

—Qué secreto? —inquirió la S.

—Todas las novelas tienen un secreto, un núcleo invisible a partir del cual han crecido y se han formado. Tengo la esperanza de que, analizando el itinerario de HC en El guardián entre el centeno, podré llegar a ese núcleo.

—Entonces llévate esto —me dijo la P acercándoseme con un pla­no. Una de sus partes estaba llena de puntos—. Debes salir de aquí, que es donde debe de estar Agerstown. Luego te bajas aquí, en Penn Station, y localizas el hotel de mala muerte donde HC tuvo aquella desagradable experiencia con la prostituta y su chulo…

—Edmont -dijo la E—. El hotel se llamaba Edmont.

—Es el único punto que te puede dar problemas, porque los hote­les de esa clase suelen cambiar frecuentemente de nombre —prosiguió la P—. En cambio, los otros no te van a resultar dificiles de localizar. Aquí, en Broadway, tienes el teatro Biltmore; aquí, entre la Sexta y la 51, tienes Radio City; un poco más adelante, Central Park…

—Vas a hacer el itinerario de un turista —comentó la T.

—Caulfleld apenas si se alejó del centro -dijo la C.

Veinticuatro horas más tarde ya estaba alojado en un hotel de la avenida Lexington, en pleno Manhattan. Allí iba a estar mi centro de operaciones durante la investigación. Y la investigación comenzó, aunque no muy bien.

Estados Unidos, Nueva York. Central Park, patinadores.USA, New York. Central Park, skaters.© Navia

No existía en Pennsylvania ningún pueblo con el nombre de Agerstown, así como tampoco existía ningún Pencey Prep. Ambos lugares eran puramente literarios, meros trasuntos de los lugares —pueblo y colegio— donde estudió o deseó estudiar el propio Salin­ger, y estaban hechos de esa tierra inefable que nadie puede pisar. Renuncié, pues, a la idea quizá excesivamente ceremoniosa de em­prender la investigación de la misma manera que HC había empren­dido su huida, es decir, a última hora de la tarde y a pie.

Era demasiado tarde para llamar a un taxi, así que hice todo el tra­yecto hasta la estación andando. No era muy lejos, pero hacía mucho frío. La nieve dificultaba el andar y las maletas me golpeaban las pier­nas. A pesar de todo, resultaba agradable estar al aire libre….

Mientras daba una vuelta por los alrededores de la estación de Trenton —segundo punto del itinerario, el primer lugar real que se cita en el libro—, pensaba sobre todo en aquella nieve que había pisa­do HC y en un poema que leí en mi juventud: Los copos de nieve se arremolinan en el foco de la farola, y parecen mariposas, las mismas mariposas de aquel lugar al que me prometí marchar…. ¿Habría influi­do la nieve en la decisión de HC? Paseando por las calles de Trenton, yo tendía a creer que sí, aunque en el caso de HC la cuestión no fuera marcharse, sino regresar. Regresar a Nueva York, regresar a Central Park para ver si se había helado el estanque de los patos; regresar, sobre todo, donde su hermana, la pequeña y maravillosa Phoebe.

Trenton me pareció un lugar pobre. Visité un mercadillo en el que se recaudaban fondos para ayudas sociales y lo más lujoso que encon­tré fue la tarta de manzana que había aportado una de las vecinas. Más tarde, ya en el andén de la estación, vi un yonqui que parecía haberse quedado dormido con el teléfono portátil en el oído, y junto a él, sin prestarle la mínima atención, un grupo de parados cuya dieta, a juzgar por sus abultados estómagos y las manchas que casi todos te­nían en la piel, no era —no podía ser— la debida. Había más gente en el andén: adolescentes que jugaban a hacerse llaves de judo, trabaja­dores que iban a la ciudad para el turno de noche, mujeres de la lim­pieza que, como luego me di cuenta, trabajaban en el cercano aero­puerto de Newark.

¿Y en los tiempos de HC? Pues en aquella época debía de ser una zona residencial, elegante.

De pronto, una mujer se subió en Trenton y se sentó a mi lado. Lleva­ba con ella unas orquídeas, como si viniera de una gran fiesta….

Al igual que esos insectos que quedan atrapados en las gotas de ámbar, las orquídeas de la elegante señora quedarán para siempre en una de las páginas de El guardián entre el centeno como un recuerdo de otro tiempo. Viajando desde Trenton a Nueva York, una escena como aquélla resultaba dificil de imaginar. Mis compañeros de viaje hubieran rimado bien con un periódico deportivo, un libro de Sidney Sheldon o un par de agujas de hacer punto, pero no con un ramo de flores de a tres dólares la unidad. Con todo, el paisaje que se veía al otro lado de la ventanilla —los lugares donde vivía aquella gente—tenía un aspecto agradable. La mayoría de las casas eran unifamilia­res y con porche, y en los campos de hierba que cruzábamos de vez en cuando pastaban caballos y vacas, las vacas más blancas que yo haya visto jamás. Luego, a medida que el tren se acercaba a Nueva York, el paisaje fue perdiendo lirismo y las estaciones por las que pasábamos parecían adosadas a los aparcamientos al aire libre con capacidad para miles de vehículos. Una nota curiosa: en la ladera de una colina, a unos cincuenta metros uno de otro y como haciendo equilibrios, había dos autobuses de la Baptist Church de color azul cielo. Otra cosa curiosa: en el muro de ladrillos de una antigua fábrica alguien había escrito, con letras de tres metros de altura, la palabra Jesús,

Cuando llegué a Penn Station lo primero que hice fue meterme en una cabina telefónica. Quería llamar a alguien. Dejé las maletas fuera de la cabina, de manera que las pudiera ver, pero nadie me venía a la mente. Mi hermano DB estaba en Hollywood. Mi hermanita Phoebe se acostaba a eso de las nueve y no la podía llamar. A ella no le hubiera importado que la despertara, pero el problema era que no sería ella la que cogiera el teléfono. Lo cogerían mis padres. Así que no podía hacer aquello. Luego pensé en llamar a la madre de Jane Gallagher….

Penn Station fue el último de los edificios históricos que se derriba­ron en Nueva York. En la actualidad ocupa los sótanos del gran edifi­cio moderno —acero y cristaleras negras— donde, entre otros pabe­llones, se asienta el Madison Square Garden.

La sala de la estación, una mezcla de tiendas y taquillas, poco tenía que ver con la que HC había podido ver a través de los cristales de la cabina telefónica, y enseguida me alejé de allí. Tenía la esperanza de que después de los dos intentos fallidos —un co­legio que no existía, una estación que tampoco existía— lograría tomar contacto con la geografía real de El guardián entre el centeno. En la práctica, ello suponía encontrar el tercer punto del plano que me había proporcionado la P, es decir, llegar a aquel hotel Edmont donde su pro­tagonista había tenido el incidente con la prosti­tuta y el chulo.

El taxista al que le di el nombre puso cara rara.

—¿Edmont? Es la primera vez que oigo el nombre de ese hotel —me dijo en un inglés pro­nunciado a la francesa. Era haitiano.

—¿Conoce un night club llamado El Salón azul?

Era el club en el que Holden Caulfield había estado bailando con unas chicas un poco palurdas de Seattle. La novela lo situaba en los sótanos del hotel.

El taxista meneó la cabeza y llamó por radio. La respuesta fue negativa. Ni el hotel ni el club existían, Cogí el plano de la P y taché el punto que los representaba.

—Entonces, lléveme al cruce de la avenida Lexington con la 47. Pero, si no le importa, me gustaría dar un rodeo y cruzar Central Park. Nunca lo he visto de noche.

—Es como de día, pero sin niños.

En las ciudades grandes, la palabra normal suele abarcar mu­chísimo y el taxista no parecía preocupado por llevar en el coche a un tipo que preguntaba por lugares inexistentes o le pedía algo parecido a un capricho infantil. Reía con algo que decía el locutor de radio y luego, de vez en cuando, daba golpecitos en el volante al ritmo de las canciones que iban poniendo en el programa. Decidí dar un paso más y preguntarle lo mismo que HC preguntaba a todos los taxistas que se cruzaban en su camino.

—Oiga, ¿conoce los patos que hay en el lago de Central Park South? Sabe dónde le digo, ¿no? En el lago pequeño. ¿Sabe por casua­lidad adónde se van esos patos cuando el lago se hiela? ¿Lo sabe, por casualidad?

El taxista reaccionó igual que el primero de los que aparecen en el libro.

—¿Me está tomando el pelo? —dijo volviéndose hacia mí.

—En absoluto. Estoy interesado en esas cosas.

También esta respuesta pertenecía a HC, aunque no creo que yo la diera con la convic­ción que él había empleado. Una idea cruzó por mi mente. ¿Cómo podía tener tantos admirado­res una novela cuyo protagonista hacía pregun­tas tan tontas?

—No creo que vayan a ningún lado. La gente les da de comer —me dijo el taxista. Advertí por su tono que ya estaba alcanzando la fronte­ra de lo normal y no volví a abrir la boca hasta que llegamos a mi hotel en Lexington. Era un hotel real, confortable, probablemente de buena fama; y me quedé dormido mientras intentaba repasar todos los fracasos de la jornada. ¿Existi­rían los demás lugares de la novela? ¿Quedaría algún punto de mi plano sin tachar? En fin, ya se vería. Todavía me quedaban dos días para intentarlo.

Estados Unidos, Nueva York. Central Park.USA, New York. Central Park.© Navia

Resumo lo que ocurrió durante aquellos dos días. La mayoría de los otros lugares de la novela sí existían, y además, a lo grande, con la clase de existencia necesaria para figurar en todas las guias turísticas. Así ocurría, por ejemplo, con todos los puntos que en mi plano figu­raban dentro o cerca del rectángulo de Central Park y representaban lugares como el zoo, el tiovivo, el Museo de Arte o el edificio de Ra­dio City, con su pista de patinaje sobre hielo. Sin embargo, y debido precisamente a su gran entidad, ninguno de ellos me sugería nada.

Con todo, hubo una excepción: el teatro Biltmore de Broadway, el lugar donde HC se cita con Sally Hayes.

Cuando llegué al museo me di cuenta de que no entraría allí ni por un millón de dólares. Si mi hermanita Phoebe hubiera estado allí me habría quedado a verlo, pero ella no estaba allí. Así que cogí un taxi y me fui al Biltmore. No tenía muchas ganas de ir, pero tenía aquella maldita cita con Sally.

El Biltmore ya no es lo que era cuando Salinger escribió la novela. Lleva cerrado muchos años, sin otra dignidad que la que, por contras­te, le confiere la vulgaridad reinante en Broadway. Da la impresión, cuando se le mira con buenos ojos, de que no ha querido adaptarse a los nuevos tiempos, tan ramplones, tan deudores de la televisión, tan ajenos al género teatral.

—¿Qué pasó con el reloj que había ahí, en la entrada del Biltmore? —pregunté en la taquilla del teatro de enfrente. El empleado me res­pondió con una de las palabras que tanto daño hacían a HC. En épocas de crisis, lo primero que se pierde es el buen humor.

Después de recorrer Broadway intenté buscar el Wickers, el bar de perverts donde HC se cita con un antiguo compañero de estudios para acabar agarrándose una gran borrachera en solitario. Pero no existía, o al menos yo no lo encontré en la guía telefónica. Y lo mismo ocurría con la casa de Mr. Antolini, el ex profesor que acoge a HC en su casa con intenciones aparentemente tan perverts como las de cualquier cliente del Wicker.

De cara a mi propósito inicial —seguir los pasos de HC, llegar al núcleo invisible de El guardián entre el centeno—, el segundo día fue casi tan decepcionante como el primero. Pero, aparte de eso, no me fue mal del todo. Tuve un encuentro. Ocurrió cuando volvía a mi hotel en Lexington, cerca de Radio City, en un bar de la Diamond Street. El camarero era un mexicano de mediana edad.

—Si me permite la confidencia —le dije en español—, hay algo que me ha llamado la atención. Cuando he pasado por aquí esta ma­ñana, las tiendas estaban repletas de diamantes. Ahora, en cambio, están absolutamente vacías. Han recogido todos los diamantes, los de dentro y los de los escaparates. Yo pensaba que sólo retiraban los de los escaparates.

Yo le había hablado casi en broma, pero el camarero pareció en­tristecerse con la historia. Luego se puso a hablar como para sí mismo.

—Yo le digo muchas veces a mi esposa que esto no puede ser así, que luego Dios nos compensará a los pobres. Que no puede ser que esta gente gane 4.000 dólares en 10 minutos porque le compran bara­to a un compadre que viene con su diamantito de Colombia o de Brasil, que no sabe de precios ni sabe inglés, y luego lo venden 20 veces más caro. Pero ella me dice que no, que Dios no nos compen­sará.

Nueva York. Habitación de hotel en la calle 44.New York. Hotel room at 44 street.© Navia

Inesperadamente, se puso a sollozar. No supe qué hacer y me esca­pé del bar balbuceando algunas palabras de ánimo. Durante la noche, mis pensamientos giraron en tomo a la naturaleza de los problemas. No, los problemas de HC no eran como los del camarero mexicano. Claro, que también HC sufría, pero su sufrimiento parecía más pasa­jero, es decir, más banal.

El último día que pasé en la ciudad no hice nada especial. Me dediqué a caminar a la deriva. Me dí cuenta de que hay tres cosas que son dificiles en Nueva York: pasar un minuto sin ver un taxi amarillo; pasar dos sin rechazar o recoger un prospecto publicitario; pasar tres sin ver un rostro que nos traiga a la memoria no sé qué país, quizá Polonia, o Turquía, o Corea, o Filipinas.

No volví a pensar en El guardián entre el centeno hasta que me monté en el avión de vuelta. O quizá sería más exacto decir que me encontré pensando en la novela mientras contemplaba el envés de las nubes que había entre el Atlántico y nosotros. Poco a poco, las impre­siones que había acumulado durante aquellos tres días fueron cogien­do su puesto, ordenándose, uniéndose entre sí hasta formar un dibujo bastante distinto al que figuraba en el plano de la P.

Nada más llegar a casa convoqué la segunda mesa redonda. Esta­ba ansioso de ofrecer el resultado de mis elucubraciones.

—¿Has dado con el núcleo de El guardián entre el centeno?—me preguntó la N en cuanto nos sentamos.

—Si me lo hubiérais preguntado ayer, mi respuesta habría sido negativa. Pero ahora no. De verdad, creo que entiendo esa novela —respondí.

—Explícate —dijo la E.

—No te cortes —insistió la C en el tono que mejor cuadraba con el espíritu informal con que la mayoría de las letras se habían presenta­do en la reunión. La B, por ejemplo, iba con bermudas y la G llevaba gorro y gafas de sol.

—Tenemos tiempo —dijo la T.

—Es verano. Estamos de vacaciones —añadió la V.

Visto el ambiente, me prometí ser muy breve. Cogí las notas que había escrito en el avión y me puse a hablar.

—Pensaréis que es un juego de palabras, pero, en mi opinión, el centro de la novela es Central Park. Cuando HC llega a Penn Station y coge un taxi, se equívoca al dar la dirección y acaba en Central Park. Y también acaba en Central Park el día de la cita con Sally o la noche en que el profesor Antolini le asusta con sus caricias. Por otra parte, la historia finaliza precisamente allí, cuando él se junta con su hermanita Phoebe y los dos marchan hacia el tiovivo que hay junto al famoso estanque de los patos. Por definirlo con una imagen, yo diría que el parque actúa como un imán y que, como virutas de metal, todas las acciones que HC lleva a cabo tienden a moverse en esa dirección. Ahora bien, ¿por qué Central Park y no cualquier otro sitio?

—Buena pregunta —dijo la P aceptando un zumo que le ofrecía la Z.

—Pues porque es el lugar de la infancia. Cuando yo pasé por allí vi niños en todas partes, en el zoo, en la pista de patinaje, en el tiovivo, en los museos, en los campillos de voleibol o de béisbol, en todas partes. Si dentro de 30 ó 40 años alguien pregunta a uno de esos niños sobre su infancia, es muy probable que el tal niño hable de los mo­mentos felices que pasó en Central Park. Pues bien, esto que es cierto para cualquier neoyorquino, lo es aún más en el caso de HC. Al fin y al cabo, él había crecido muy cerca de allí y sus visitas al parque ha­bían sido diarias. De donde se deduce que el imán que tira de él a lo largo de toda la novela es la infancia. Cuando él corre a refugiarse en Central Park, cuando busca por allí a su hemanita Phoebe, lo que hace en realidad es retroceder hacia su infancia.

Miré a los otros participantes de la mesa redonda en busca de una mirada interrogante o un gesto de aprobación. Pero ni lo uno ni lo otro. La mayoría de las letras parecían dormidas y las pocas que toda­vía estaban despiertas se quejaban del calor y rodeaban a la H en demanda de un helado.

—Os preguntaréis por la razón de ese retroceso —continué, ha­ciéndome el sordo y el ciego—. Pues la razón es el sexo. ¡El sexo!

Ante aquel grito mío, las letras volvieron a su ser y pusieron cara de atención.

—¿De qué hablas? —preguntó la X.

—Os lo explico muy brevemente —dije—. Supongo que estaréis de acuerdo en que para llegar a la madurez, a la madurez en general, hay que lograr antes la madurez sexual y afectiva. Una persona sexual o afectivamente inmadura jamás accederá del todo a un estado más complejo que el de la infancia o la adolescencia. Pues bien, HC no acaba de dar el primer paso. Como las personas que tienen vértigo y se ponen de cuclillas en cuanto se ven a un metro del suelo, él recula ante todas y cada una de las invitaciones sexuales. Recula hacia Cen­tral Park, recula hacia su hemianita Phoebe. Así las cosas, yo no creo que la novela trate, como se ha dicho, de un héroe que odia a los phoneys o de un rebelde que no quiere integrarse en una sociedad hipócrita, superficial y materialista. Yo creo que eso es un barniz, la mancha de tinta con la que HC quiere ocultar su verdadero sentir. La única duda que me queda es si Salinger participa en esa maniobra, aunque tengo la sospecha de que él se parece bastante a su personaje.

Volví a mirar a mis contertulios y me encontré con un panorama aún más descorazonador que la anterior vez. Salvo la vigilante V y la insomne I, todas las letras dormían.

—Por vuestra parte, ¿habéis hecho algo?, ¿habéis mirado en las bibliotecas? —les pregunté sin mucha esperanza.

—¡Imposible! —gritó la I—. ¡Imposible implicarse en las ilusorias iniciativas de un imberbe!

Lo intenté una y otra vez, pero ninguna de las letras había consul­tado la obra de Salinger durante mi ausencia. El calor, dijeron todas, les quitaba las ganas de trabajar. Cuando ya iba a desistir, se oyó la vocecita de la Ch.

—Yo quiero hablar de Chapman —dijo.

—¿Qué Chapman?

—Chapman, el que mató a John Lennon.

—Pues tú dirás.

—Cuando la policía acudió al edificio Dakota se encontró con que Chapman, el asesino, se había quedado allí leyendo un li­bro. El libro era The catcher in the rye y lle­vaba una dedicatoria que decía: “De Holden Caulfield a Holden Caulfield”. Cuando lle­gó el día del juicio, Chapman declaró que él era el Holden Caulfield de esta época y que había matado a Lennon por dos razones: porque Lennon se había convertido en un phoney y porque quería promocionar la no­vela de Salinger.

—Te agradezco muchísimo la información— dije sorprendido—. Pensaré en lo que me acabas de decir. Me ayudará a profun­dizar en el tema de la mesa redonda.

Contento por aquel inesperado final, fui donde la H y le pedí dos helados. Uno para mi y otro para la Ch, una letra que nunca debió ser separada del alfabeto.

Franny y Zooey

21/03/2019 Comentarios desactivados en Franny y Zooey

J. D. Salinger, Franny y Zooey, Traducción de Maribel de Juan, Alianza Editorial, 2011.

Todo lo que hace la gente es tan…, no sé…, no es malo, ni siquiera mezquino, tampoco estúpido necesariamente. Simplemente tan minúsculo e insignificante, y… deprimente. Y lo peor es que, si te vuelves bohemio o algo así de loco, sigues siendo tan conformista como los demás, sólo que de un modo diferente…

No hay nadie en ninguna parte que no sea la Señora Gorda de Seymour…

En esta ocasión es el turno de los dos hijos más pequeños de la familia Glass. Salinger escribe desde la lejanía. Aunque escriba en primera persona, siempre escribe de lejos, estableciendo una distancia inconmensurable entre quien habla y los hechos o las personas de las que habla. Esta distancia que establece Salinger forma parte de la impostura y de las estrategias de camuflaje que siempre utiliza Salinger.

Como en el resto de cuentos y novelas de Salinger, sus personajes son seres desvalidos y desamparados en medio de una gran ciudad en la que todo les es ajeno. Frente al desamparo, buscan escapatorias en la espiritualidad y en la huida de la realidad. Nada tiene sentido y por tanto el único sentido que pueden encontrar a sus existencias es hacerlo todo por la Señora Gorda.

Nunca es explícito, pero el que siempre escribe sobre la familia Glass es el segundo de sus hijos, Buddy, quien tiene exactamente la misma edad que Salinger y formas de vida similares a éste: vive alejado del mundo en una cabaña en medio del bosque sin luz eléctrica y sin teléfono y es el escritor de la familia. En los dos relatos que componen este volumen, aunque parece evidente que quien los escribe también es Buddy, queda deliberadamente camuflado:

“Dentro de un momento veremos al más joven de los Glass leyendo una carta desmesuradamente larga (que será reproducida aquí íntegramente, puedo prometerlo) enviada por el mayor de sus hermanos vivos, Buddy Glass. El estilo de la carta, me aseguran, tiene un parecido mucho más que casual con el estilo, o manierismos de escritura, de este narrador, y el lector corriente se precipitará, sin duda, a llegar a la excitante conclusión de que el autor de la carta y yo somos la misma persona. Eso supondrá, y me temo que hará bien. Sin embargo, en adelante dejaremos a este Buddy Glass en la tercera persona. Yo, al menos, no veo ninguna buena razón para sacarle de ella.”

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Ligera Rebelión en Madison

19/03/2019 Comentarios desactivados en Ligera Rebelión en Madison

J. D. Salinger, «Ligera Rebelión en Madison», The New Yorker, 21 de Diciembre de 1946

Es el primero de los relatios que J. D. Salinger publicó en The New Yorker. Tanto el protagonista de este relato, Holden Caufield, como algunos de sus temas y de sus escenas serán reutilizados posteriormente en su novela El guardián entre el centeno.

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Hapsworth 16, 1924

18/03/2019 Comentarios desactivados en Hapsworth 16, 1924

J. D. Salinger, «Hapsworth 16, 1924«, The New Yorker, 19 de Junio de 1965

 

Para tener la dudosa satisfacción de poder afirmar que algo en este hermoso y enloquecedor mundo es un hecho inexpugnable y respetable, estamos obligados, como prisioneros obedientes, a confiar en la información dudosa ofrecida de buena fe por nuestros ojos, manos, oídos y simples, conmovedores cerebros. ¿Llaman a esto un soberbio criterio? ¡Yo no!

 

Este relato, en el que se transcribe una larguísima carta escrita por Seymour Glass cuando contaba con siete años de edad, es el último publicado por Salinger. Es una especie de recopilación de todos los temas que preocupaban al autor expuestos por un niño precoz y superdotado que desconfía del conocimiento, que tiene una visión pesimista de la humanidad en general y preocupado por la idea de Dios e influenciado por las religiones y la espiritualidad oriental

 

Algunos fragmentos:

Yo, personalmente, viviré por lo menos tanto como un poste de teléfonos bien conservado, algo así como unos generosos treinta (30) años o más, lo que ciertamente no es algo de que burlarse. Se alegrarán de saber que vuestro hijo Buddy vivirá aún más.

«¡La maldición abraza, la bendición relaja!» gritó el espléndido William Blake.

 

Para tener la dudosa satisfacción de poder afirmar que algo en este hermoso y enloquecedor mundo es un hecho inexpugnable y respetable, estamos obligados, como prisioneros obedientes, a confiar en la información dudosa ofrecida de buena fe por nuestros ojos, manos, oídos y simples, conmovedores cerebros. ¿Llaman a esto un soberbio criterio? ¡Yo no!

 

¡En este mundo, la cómica lujuria por ser aristócrata es infinita! Pensándolo mejor, en un último análisis no tiene nada de gracioso. Algún día tranquilo de lluvia, cuando tengan ganas, examinen en detalle cualquier revolución efectiva desde el comienzo de la historia: profundamente, en el corazón de cada reformador importante, si no encuentran envidia personal, celos y hambre por ser aristócrata en un disfraz nuevo e inteligente, junto con un deseo de tener más comida y ser menos pobre, con gusto responderé ante Dios por mi cínica actitud. Desafortunadamente, no veo ningún remedio a este problema en lo inmediato.

Un día perfecto para el pez plátano

18/03/2019 Comentarios desactivados en Un día perfecto para el pez plátano

J. D. Salinger, «Un día perfecto para el pez plátano», Nueve cuentos

Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.

 

El 31 de enero de 1948 se publicaba en The New Yorker este breve relato de Salinger. Era el segundo relato que publicó Salinger. El primero, que fue publicado, también en The New Yorker, el 21 de diciembre de 1946 fue «Ligera Rebelión en Madison«. «Un día perfecto para el pez plátano» es el porimer relato en el que aparece Seymour Glass, el hijo mayor de la familia Glass en torno a la cual Salinger escribió posteriormente varios de sus relatos. En cuanto al personaje de Seymour Glass, Salinger empieza por el final, ya que en este ralato cuenta la forma en la que Seymour acabó con su vida de un  tiro en la sien en la habitación de un hotel de Florida, a los 31 años de edad. Posteriormente, el 19 de noviembre de 1955, se publicó el relato «Levantad, carpinteros, la viga del tejado«, en el que Buddy, el hermano menor de Seymour, narra su participación en el incidente que protagonizó Seymour el día de su propia boda, unos pocos años antes de su suicidio. En «Seymour: Una introducción«, publicado el 6 de junio de 1959, Buddy trata de recomponer la imagen de su hermano Seymour algunos años después de su suicidio. Finalmente, el 19 de junio de 1965, también en The New Yorker, Salinger publicó su último relato, «Hapworth 16, 1924«. En él Buddy transcribe una carta que le había mostrado su madre escrita por Seymour desde un campamento en el verano de 1924, cuando tenía 7 años de edad.

La reseña de Javier Avilés

Levantad, carpinteros, la viga del tejado

01/03/2019 Comentarios desactivados en Levantad, carpinteros, la viga del tejado

J. D. Salinger, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción. Traducción de Aurora Bernárdez, Edhasa, 1986.

Título original: Rise High the Roof Beam, Carpenters, Seymour: an Introduction (1955)

Levantad, carpinteros, la viga del tejado (¡Himeneo!)
Como Ares llega el novio (¡Himeneo!)
mucho más alto que un hombre alto (¡Himeneo!)

Safo de Mitilene

Desde que el novio se retiró definitivamente de la escena, no he conocido a nadie a quien pueda encomendarle que salga a buscar un caballo en su lugar.

“Levantad, carpinteros, la viga del tejado…” Así comienza un breve poema de Safo de Mitilene. Se trata de un epitalamio, canto nupcial, que los acompañantes de la novia entonaban dirigiéndose a Hymen, el dios del matrimonio. Salinger, sitúa este relato en el día 4 de junio de 1942, día de la boda de Seymour Glass, el mayor de los hermanos Glass, del que sabemos, gracias al cuento “Un día perfecto para el pez plátano” que se suicidó en un hotel de Florida, junto a su esposa, en 1948. El propio Salinger, en “Seymour: una introducción”, dice sobre este relato: “aparecido en 1955, es un relato sumamente amplio del día de su boda, en 1942. Los detalles están presentados de la manera más completa posible, al punto casi de que lo único que falta es regalarle al lector el molde en crema helada de la huella del pie de todos y cada uno de los invitados a la boda, para que se lo lleve a su casa de recuerdo, pero el propio Seymour -el tema principal- en realidad no hace su aparición física en ningún momento.”

“Seymour: una introducción” es un texto extravagante en el que Buddy Glass, alter ego de Salinger, habla de su hermano Seymour, y de sus recuerdos sobre él durante la infancia, adolescencia y juventud. Salinger construye, a partir de sí mismo unos personajes que construyen a partir de sí mismos otros personajes… ¿Se trata de la ficción dentro de la ficción que se encuentra dentro de la realidad? o más bien… ¿de la realidad dentro de la realidad que se encuentra dentro de la ficción?

El Tao y la espiritualidad oriental están presentes en ambos textos desde el mismo comienzo con la lectura que Seymour hizo a su hermana Franny de un cuento taoísta.

El protagonista de ambos textos está ausente.

 

Reseña de David Pérez Vega

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El guardián entre el centeno

23/02/2019 Comentarios desactivados en El guardián entre el centeno

J. D. Salinger, El guardián entre el centeno, Traducción de Carmen Criado, Edhasa, 2007

Título original: The Catcher in the Rye (1945)

 

«La gente mundana toma la misantropía por arrogancia»

Frédéric Beigbeder, Oona y Salinger

 

Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno.

 

Una vez más, releo esta inquietante novela. Una vez más lo hago como consecuencia de otras lecturas. Esta vez ha sido la novela de A. G. Porta Las dimensiones finitas la que me ha llevado de nuevo a Salinger.

Salinger fue un misántropo que hizo de su vida una huida constante del resto de la humanidad. Holden Caulfield, el protagonista de su primera novela, es un misántropo. La forma en la que se aproxima a los demás es la de alguien que tiene miedo. De ahí sus extraños comportamientos, sus sueños de huir al oeste a vivir en una cabaña, de desaparecer, de esconderse, su aparente frialdad, su lucha contra la hipocresía… y su aparente cinismo.

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Las dimensiones finitas

22/02/2019 Comentarios desactivados en Las dimensiones finitas

A. G. Porta, Las dimensiones finitas, Acantilado, 2015

“Usted me preguntó cómo hago para salir de las dimensiones finitas cuando quiero. Desde luego, no empleo la lógica cuando lo hago. La lógica es lo primero que hay que dejar de lado.”
J. D. Salinger, Teddy

Así, sin trampas, con amor y sordidez.

“Si de verdad consideran que puede interesarles esta historia, espero que no les importe que el tono de algunos pasajes, la voz o lo que sea, les recuerde el tono, la voz o lo que sea de una de las novelas más conocidas de la segunda mitad del siglo XX”. Así empieza esta novela. Con las mismas o muy parecidas palabras que El guardián entre el centeno de J. D. Salinger (“If you really want to hear about it, the first thing you’ll probably want to know…”). Novela y autor a los que se hacen varias referencias a lo largo de sus páginas. Estamos, al parecer, ante un homenaje a Salinger… Quizá, esta novela podría haberse titulado algo así como Consejos de un discípulo de Bolaño a un fanático de Salinger… aunque éste no es ninguno de los posibles títulos de los que se habla en las últimas páginas: Salinger è morto, Al norte del norte o Albertine ha muerto

Puede parecer una novela de amor pero, en realidad, es una novela de enamoramiento, quizá de deslumbramiento. Bruno, el protagonista de esta novela, “un rookie de nada”, cuyo nombre sólo aparece una vez, exactamente en la página 121, no es capaz de dejar de lado la lógica y por eso no puede escapar de las dimensiones finitas, es incapaz de trascender el enamoramiento, esa extraña “enajenación mental transitoria”, para llegar al amor. Lo único que busca constantemente es ser admirado y querido.

Todo le sirve a Bruno para que los demás le admiren y le quieran, pero él es incapaz de querer a nadie. Salinger es el hilo conductor de la historia, pero no de la historia de Bruno, sino de la historia de A. G. Porta. Bruno es el Holden Caulfield de A. G. Porta que, tal como avisa en el primer párrafo, emplea un tono, una voz, que nos lo recuerda constantemente, porque, en este caso también, “el meollo del asunto no sólo está en lo que pasa sino en cómo cuenta el autor lo que pasa”.

“¡Bendito internet!, pienso mientras escribo, porque, en cualquier otra época anterior aquel despliegue hubiera resultado imposible”. Si no fuera por internet, tampoco hubiera sido posible el despliegue de este particular dietario de la lectura, o “diario de horas” que viene a continuación. Hago en él lo contrario que su protagonista, quien a partir de su diario de horas redacta sus recuerdos y los innumerables datos, nombres y referencias que considera importantes de recordar. A continuación intentaré reconstruir aquel diario a partir del relato.

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Teddy

16/02/2019 Comentarios desactivados en Teddy

J. D. Salinger, «Teddy«, Nueve cuentos

 

Los poetas se toman siempre el tiempo tan a pecho. Siempre están metiendo sus emociones en cosas que no tienen ninguna emoción.

 

Traspasando los límites del conocimiento… Todo lo que “sabemos” sólo sirve para que no podamos saber por nosotros mismos. El conocimiento nos impone límites que no somos capaces de traspasar porque no somos capaces de prescindir de la razón, de la lógica, pero tampoco de las emociones.

Salinger sorprende por su estilo. En su escritura pone la misma distancia emocional que exigen sus personajes para aproximarse al conocimiento.

 

“Los poetas se toman siempre el tiempo tan a pecho. Siempre están metiendo sus emociones en cosas que no tienen ninguna emoción.”

“… parece que no pueden querernos tal como somos. Parece que no pueden querernos si no intentan cambiarnos un poquito. Quieren sus motivos para querernos tanto como nos quieren a nosotros, y a veces más.”

“Usted me preguntó cómo hago para salir de las dimensiones finitas cuando quiero. Desde luego, no empleo la lógica cuando lo hago. La lógica es lo primero que hay que dejar de lado.”

“Pero yo querría que ellos empezaran con las verdaderas formas de mirar las cosas y no mirándolas como hacen todos los otros comedores de manzanas.”

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