Angosta

07/07/2021 Comentarios desactivados en Angosta

Héctor Abad Faciolince, Angosta, Alfaguara, 2020

Primera edición: Editorial Planeta Colombiana, 2003

Salvo el clima, que es perfecto, todo en Angosta está mal. Podría ser el paraíso, pero se ha convertido en un infierno.

Ni ciencia-ficción, ni ficción apocalíptica, ni distopía… No es una metáfora, ni una caricatura… es un retrato. Un retrato del mundo actual, especialmente de la sociedad colombiana, que es como un espejo de feria en el que todo se amplía y se exagera. Lo sorprendente es que fue escrita hace casi veinte años y muchas de las situaciones que se plantean son más actuales que hace veinte años, cuando todavía podían parecer de ciencia-ficción.

Es un relato descarnado de las sociedades hipócritas en las que vivimos, en las que el discurso oficial habla de sostenibilidad, ecología y derechos humanos, mientras organiza el terrorismo de estado y financia la corrupción a los niveles más altos. Un mundo en el que el mercado y el dinero tienen todo el poder. Es el capitalismo.

Bibliografía:

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Traiciones de la memoria

02/06/2021 Comentarios desactivados en Traiciones de la memoria

Héctor Abad Faciolince, Traiciones de la memoria, Alfaguara, 2010

Imagen de la cubierta: Guillermo Roux, «El lector» (1973)

Guilermo Roux, «El lector» (1973)

había detalles que no coincidían exactamente, pero así son la memoria y el olvido. Son los mentirosos quienes dicen recordar con precisión, sin cambiar nunca un ápice lo que recuerdan.

La memoria siempre nos traiciona, pero algunas veces más que otras, porque los recuerdos suelen ser reelaboraciones sobre recuerdos anteriores y siempre están, como dice el autor de este libro, “salpicados de olvidos o de deformaciones del recuerdo que no se reconocen como tales”. En este libro se agrupan tres textos relacionados con la memoria, con el olvido e incluso con la memoria del futuro, porque el pasado es tan irreal como el futuro. El primero de ellos, y el más extenso de los tres, es el titulado “Un poema en el bolsillo”, en el que se sigue la ruta de otro texto, el soneto atribuido a Borges que el autor encontró en un papel doblado y escrito a mano en un bolsillo de la ropa de su padre cuando cayó asesinado en el centro de Medellín por unos paramilitares el 25 de agosto de 1987.

Los dos textos que acompañan a este… parecen colocados para que el libro tenga unas pocas páginas más.

«Un poema en el bolsillo» es la investigación sobre la autoría del soneto, que nos conduce por los vericuetos de la memoria, del olvido y de la impostura. Héctor Abad Faciolince sigue los pasos de un poema “delirante”, es decir, “sembrado fuera del surco”, y que, por eso mismo, tardaría tanto en germinar. Si en la novela que lleva como título parte del primer verso de este poema, el autor trató de rescatar del olvido a su propio padre, asesinado en 1987 por paramilitares con la connivencia del poder político y económico, en este trabajo, trata de rescatar del olvido un soneto sobre el olvido, y a su autor, que en el mismo soneto escribió: “pienso con esperanza en aquel hombre que no sabrá que fui sobre la tierra”.

artículos:

El olvido que seremos

02/06/2021 Comentarios desactivados en El olvido que seremos

Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos, Alfaguara, 2017

Primera edición: 2006

Fotografía de la cubierta: Marta Cecilia Abad Faciolince (fotografía del autor)

AQUÍ. HOY

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y del término, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

J.L.B.

«Los hijos de padres cuya vida fue interrumpida por una muerte violenta estamos condenados (también podría decir salvados) a conversar con ellos, en silencio, en la imaginación, el resto de nuestras vidas. Su voz ausente de algún modo resuena y palpita dentro de las paredes del cráneo, viva todavía.»

Héctor Abad Faciolince, “El sufragio de las almas

casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra.

Lo que hemos vivido, lo que hemos conocido, lo que ha ocurrido, la historia, las historias, el pasado, acontecimientos felices y sucesos desgraciados… todo desaparece en el olvido, aunque la memoria se esfuerce a veces en rescatarlo. Rescatar del olvido la vida de una persona y las vidas de su familia es lo que hace Héctor Abad Faciolince en esta novela. No hay duda de que lo importante no es la historia, lo que ocurrió exactamente (que por otro lado es imposible saber), sino la forma de contarlo, lo que el autor pone de sí mismo en ello, y los motivos que tiene para hacerlo. Héctor Abad Faciolince emprende una batalla contra el olvido que seremos para dejar constancia por escrito de sus recuerdos, y lo hace de forma magistral. La misma historia ha sido llevada a la pantalla recientemente por Fernando Trueba, con un resultado deplorable. Sin embargo, no hay mal que por bien no venga, ya que una mala película puede tener como consecuencia el descubrimiento de una buena novela y de un magnífico escritor.

Hay que destacar que la hija del escritor, Daniela Abad, hizo un documental, “Carta a una sombra”, basado en este libro que, sin las pretensiones del gran mercado cinematográfico ni el renombre de directores y actores consagrados por ese mismo mercado, logró no sólo contar la historia sino plasmar en ella algo del espíritu y el tono que podemos encontrar en la novela.

¿Por qué es tan mala la película de Fernando Trueba? Quizá sirva para entenderlo la reflexión que hace el mismo Héctor Abad Faciolince sobre por qué es tan malo Paulo Coelho

Mi padre era doctor y olía a limpio.
Me gustaba el recuerdo de su olor
sobre la almohada
cuando se iba de viaje,
y miraba hechizado
cuando estaba  en la casa
su brocha de afeitar.
Con sus cuchillas,
para tocarlas,
por medirles el filo que raspaba sus mejillas,
me corté muchas veces
las yemas de los dedos.
¡Esa sangre tan roja entre mis manos!
Por la mañana amaba
las huellas de sus pies en las baldosas
y los rollitos de los calcetines
dejados en el suelo,
y sus muchas corbatas en el clóset
tras el frasco de agua de colonia,
Roger Gallet, que alguna vez regué.
Nunca consideré
si era feo o buenmozo
por mucho que los otros mencionaran
su nariz de rabino y su cabeza calva.
No lo consideré,
pero cuando mis ojos veían su semblante
para mí era la calma.
Yo tocaba tambor en su barriga
y desde sus rodillas
en las lentas mañanas del domingo
rodaba
piernas abajo por las espinillas.
Mi hermana un día
lo hizo desmayar con un abrazo,
y él siempre a todos nos dejó aturdidos
con la ventosa enorme de sus besos
y con el viento de sus carcajadas.
Mi padre recitaba poemas de memoria
y me leía en voz alta el Martín Fierro
bajo un árbol umbroso de Rionegro.
Todos los sábados se ponía un sombrero
y en su rosal se hacía jardinero.
“Nací en el siglo XIII y campesino,
no tengo otro abolengo”.
Como era liberal,
se decía cristiano y comunista
porque amaba a los pobres,
porque sufría con el sufrimiento.
Mi padre vacunaba por las selvas,
daba horas y horas y más horas de clase
en la universidad y también en las cárceles,
participaba en marchas de protesata
empuñando con  furia sus pañuelos blancos
y publicaba artículos en los periódicos
diciendo el nombre de los torturadores,
“capitán tal, sargento hijo de tal”,
denunciando secuestros,
asesinatos y desapariciones.
Yo lo quería tanto que, de niño,
había decidido morir si él moría.
No lo cumplí de grande, hace unos años,
cuando no se murió sino que lo mataron.
Aunque era manso,
tal vez porque era manso lo mataron.
También era valiente y no envalentonado,
era manso y valiente
porque estaba en peligro y no sentía miedo
y su única arma eran las teclas
de una Olivetti azul
o el azul de la tinta de un bolígrafo.
Eso ha tenido un nombre: resistencia.
Nunca entendimos que lo hubieran matado
ni que el traje con sangre
que me entregaron en el anfiteatro
pudiera ser su traje con su sangre.
¡Nunca sangre tan roja entre mis dedos!
Había en sus bolsillos un poema
de Borges, “Aquí, hoy”,
una lista de muerte con su nombre,
y una bala incrustada
en el forro del cuello.
La bala fue una de las seis que lo mataron
y no la conservamos;
los nombres de la lista
fueron siendo borrados,
en los meses siguientes,
por los asesinos.
El poema decía:
“Ya somos el olvido que seremos”.
Y es verdad. A veces lo olvidamos.
Yo voy a recordarlo el día que me muera

Héctor Abad Faciolince, “Memento

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El olvido que seremos

17/05/2021 Comentarios desactivados en El olvido que seremos

Nunca un título tan hermoso sirvió para encabezar tanta basura. El título de la película es el mismo que el del libro que escribió Héctor Abad Faciolince sobre su padre el médico y profesor colombiano Héctor Abad Gómez. Está sacado de un soneto, atribuido a Jorge Luis Borges, que supuestamente el escritor halló en un bolsillo de la chaqueta de su padre, tras ser éste asesinado por unos paramilitares, en el año 1987, en Medellín.

No he leído el libro, pero quisiera creer que no es la basura en la que se ha convertido al llevarlo a la pantalla por los hermanos Trueba, Fernando como director y David como guionista.

La película es como un anuncio largo… más bien larguísimo. Un anuncio melodramático que despierta emociones que abren el camino hacia los más profundo del subconsciente de los espectadores para llenárselo de basura. Debían de tener prisa por estrenarla, porque la película, entre otras cosas, es una apología de las vacunas que salvan vidas. En un momento de la película, el doctor Abad le inyecta a su hijo, sin pedirle permiso, una vacuna contra la polio diciéndole que poniéndosela a él salvará la vida de miles de niños…

La película es una apología de la bondad, del heroísmo y de la medicina… Los niños pobres no se mueren por culpa de una sociedad injusta sino porque no están vacunados… El protagonista no sólo es un ser de bondad angelical, sino que alcanza la categoría de héroe que va por el mundo regalando piernas ortopédicas y visitando barrios marginales para comprobar por sí mismo lo que todos sabíamos. ¡Qué buenos son los buenos!

La película es para lo que es y para algunas cosas más. Es decir, es una película para ganar dinero. Pero de paso se aprovecha el tirón para llegar a un público amplio necesitado de refuerzos emocionales positivos hacia las vacunas experimentales contra la enfermedad que milagrosamente ha logrado acabar con la gripe en el mundo. Que es una película para ganar dinero no cabe la menor duda. Para empezar, el papel protagonista se le da a un actor taquillero, que no es para nada el más apropiado. ¿Es que no hay actores colombianos para hacer el papel de un colombiano y que sepa hablar como los colombianos? Para contar una historia como la que cuenta la película no hacía falta tanto presupuesto en coches de época, mansiones, complicados rodajes en exteriores, etc… Con mucho menos dinero se podría haber hecho una buena película sobre el doctor Abad Gómez, en lugar de hacer una mala y grotesca caricatura.

Tampoco era necesario que tuviéramos que escuchar el canto del cucu mientras el doctor Abad cultivaba sus rosas en un ambiente idílico, porque en América nunca se oye cantar al cucu. Un bello título nos ha engañado, igual que el cucu cuando pone sus huevos en el nido de otros pájaros.

Ya somos el olvido que seremos. 
El polvo elemental que nos ignora 
y que fue el rojo Adán y que es ahora 
todos los hombres, y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas 
del principio y el término. La caja, 
la obscena corrupción y la mortaja, 
los triunfos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra 
al mágico sonido de su nombre. 
Pienso con esperanza en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra. 
Bajo el indiferente azul del cielo, 
esta meditación es un consuelo.

JLB

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