El corazón de una historia quebrada

22/03/2019 Comentarios desactivados en El corazón de una historia quebrada

J. D. Salinger, “The Heart of a Broken Story”, Esquire, September 1941

J. D. Salinger, «El corazón de una historia quebrada«, [1941] en Poesía, nº 29, otoño-invierno de 1987, traducción de Javier Marías.

 

… la mejor manera de describirme es decir que he sido uno de los millares de jóvenes de Nueva York que se limitan a existir.

 

El drama de los personajes de Salinger es ser personas solitarias y anodinas, que se limitan a existir, en un mundo que les exige ser triunfadores…

Referencias a este relato en obras de otros autores:

“Es en ‘El corazón de una historia quebrada’ donde Salinger inventa su estilo de tierno autoescarnio y el personaje de chico extraviado, romántico y patético que seducirá a los lectores del mundo entero en los años cincuenta. Antes de la guerra, Salinger ya alberga la idea del individuo abandonado en la gran ciudad, del eterno adolescente desamparado y perdido, egocéntrico y lúcido, pobre y libre, enamorado inoperante y frustrado empedernido que es el auténtico estereotipo de la condición humana occidental en el siglo XXI. (Salinger se mostró muy orgulloso de que su relato fuera publicado en Esquire por Arnold Gingrich, quien había hecho lo propio, cinco años antes, con tres fragmentos autobiográficos de Scott Fitzgerald conocidos bajo el título El crack-up.) Vivimos en la era salingeriana de la indeterminación orgullosa, del lujo sin un duro, del presente nostálgico, del conformismo de la revuelta endeudada. Tenemos una sed infinita de placer, de felicidad, de amor, de reconocimiento, de ternura. Una sed que nunca se verá calmada por el simple consumo ni consolada por la religión. Justin Horgenschlag hace una bella declaración de amor a Shirley Lester, pero antes ¡le ha birlado el bolso! Envía la carta desde la cárcel. Ella no le responde. (En el relato le responde educadamente, pero al final descubrimos que su carta es imaginaria.)

El mundo presente está habitado por seres horrorosamente independientes, acomplejados, insatisfechos; enamorados incapaces de amar, ovejas que se niegan a ser ovejas y aun así pacen, imaginándose al margen del rebaño; en definitiva, unos excelentes clientes para Freud, Buda, Fashion TV y Facebook.”

Frédéric Beigbeder, Oona y Salinger, Anagrama, 2016, p. 65-66

 

“Vi a Salinger en un autobús de la Quinta Avenida de Nueva York. Lo vi, estoy seguro de que era él. Ocurrió hace tres años cuando, al igual que ahora, simulé una depresión y logré que me dieran, por un buen periodo de tiempo, la baja en el trabajo. Me tomé la libertad de pasar un fin de semana en Nueva York. No estuve más días porque obviamente no me convenía correr el riesgo de que me llamaran de la oficina y no estuviera localizable en casa. Estuve sólo dos días y medio en Nueva York, pero no puede decirse que desaprovechara el tiempo. Porque vi nada menos que a Salinger. Era él, estoy seguro. Era el vivo retrato del anciano que, arrastrando un carrito de la compra, habían fotografiado, hacía poco, a la salida de un hipermercado de New Hampshire.
Jerome David Salinger. Allí estaba al fondo del autobús. Parpadeaba de vez en cuando. De no haber sido por eso, me habría parecido más una estatua que un hombre. Era él. Jerome David Salinger, un nombre imprescindible en cualquier aproximación a la historia del arte del No.
Autor de cuatro libros tan deslumbrantes como famosísimos —The Catcher in the Rye (1951), Nine Stories (1953), Franny and Zooey (1961) y Raise High the Roof Beam, Carpenters; Seymour: An Introduction (1963)—, no ha publicado hasta el día de hoy nada más, es decir que lleva treinta y seis años de riguroso silencio que ha venido acompañado, además, de una legendaria obsesión por preservar su vida privada.
Le vi en ese autobús de la Quinta Avenida. Le vi por causalidad, en realidad le vi porque me dio por fijarme en una chica que iba a su lado y que tenía la boca abierta de un modo muy curioso. La chica estaba leyendo un anuncio de cosméticos en el tablero de la pared del autobús. Por lo visto, cuando la chica leía se le aflojaba ligeramente la mandíbula. En el breve instante en que la boca de la chica estuvo abierta y los labios estuvieron separados, ella —por decirlo con una expresión de Salinger— fue para mí lo más fatal de todo Manhattan.
Me enamoré. Yo, un pobre español viejo y jorobado, con nulas esperanzas de ser correspondido, me enamoré. Y aunque viejo y jorobado, actué desacomplejado, actué como lo haría cualquier hombre repentinamente enamorado, quiero decir que lo primero de todo que hice fue mirar si la acompañaba algún hombre. Entonces fue cuando vi a Salinger y me quedé de piedra: dos emociones en menos de cinco segundos.
De pronto, me había quedado dividido entre el enamoramiento repentino que acababa de sentir por una desconocida y el descubrimiento —al alcance de muy pocos— de que estaba viajando con Salinger. Quedé dividido entre las mujeres y la literatura, entre el amor repentino y la posibilidad de hablarle a Salinger y con astucia averiguar, en primicia mundial, por qué él había dejado de publicar libros y por qué se ocultaba del mundo.
Tenía que elegir entre la chica o Salinger. Dado que él y ella no se hablaban y por lo tanto no parecía que se conocieran entre ellos, me di cuenta de que no tenía demasiado tiempo parar elegir entre uno u otro. Debía obrar con rapidez. Decidí que el amor tiene que ir siempre por delante de la literatura, y entonces planeé acercarme a la chica, inclinarme ante ella y decirle con toda sinceridad:
—Perdone, usted me gusta mucho y creo que su boca es lo más maravilloso que he visto en mi vida. Y también creo que, aquí donde me ve, jorobado y viejo, yo podría, a pesar de todo, hacerla muy feliz. Dios, cómo la amo. ¿Tiene algo que hacer esta noche?
Me vino a la memoria de pronto un cuento de Salinger, The Heart of a Broken Story (El corazón de una historia quebrada), en el que alguien planeaba en un autobús, al ver a la chica de sus sueños, una pregunta casi calcada a la que había yo en secreto formulado. Y recordé el nombre de la chica del cuento de Salinger: Shirley Lester. Y decidí que provisionalmente llamaría así a mi chica: Shirley.
(…)
Se me ocurrió acercarme a Salinger y decirle:
—Dios, cómo le amo, Salinger. ¿Podría decirme por qué lleva tantos años sin publicar nada? ¿Existe un motivo esencial por el que se deba dejar de escribir?
(…)
Decidí acercarme a él y preguntarle:
—Señor Salinger, soy un admirador suyo, pero no he venido a preguntarle por qué no publica desde hace más de treinta años, yo lo que quisiera saber es su opinión acerca de ese día en el que Lord Chandos se percató de que el inabarcable conjunto cósmico del que formamos parte no podía ser descrito con palabras. Quisiera que me dijera si es que a usted le ocurrió otro tanto y por eso dejó de escribir.
Finalmente, tampoco me acerqué para preguntarle todo eso.
(…)
Por otra parte, pedirle un autógrafo tampoco era una idea brillante.
—Señor Salinger, ¿sería tan amable de estamparme su legendaria firma en este papelito? Dios, cómo le admiro.
—Yo no soy Salinger —me habría contestado. Para algo llevaba treinta y tres años preservando férreamente su intimidad.
(…)
Me encontraba ya desesperado y cada vez más empapado de sudor en aquel autobús de la Quinta Avenida cuando de pronto vi que Salinger y Shirley se conocían. El le dio un breve beso en la mejilla al tiempo que le indicaba que debían bajarse en la siguiente parada. Se pusieron los dos de pie al unísono, hablando tranquilamente entre ellos. Seguramente Shirley era la amante de Salinger. La vida es horrorosa, me dije. Pero inmediatamente pensé que aquello ya no lo cambiaba nadie y que era mejor no perder el tiempo buscándole adjetivos a la vida. Viendo que se acercaban a la puerta de salida, me acerqué yo también a ella. No me gusta recrearme en las contrariedades, siempre trato de sacarles algún provecho a los contratiempos. Me dije que, a falta de nuevas novelas o cuentos de Salinger, lo que le oyera a él decir en aquel autobús podía leerlo como una nueva entrega literaria del escritor. Como digo, sé sacarles provecho a los contratiempos. Y pienso que los futuros lectores de estas notas sin texto me lo agradecerán, pues quiero imaginarles encantados en el momento de descubrir que las páginas de mi cuaderno contienen nada menos que un breve inédito de Salinger, las palabras que le escuché decir aquel día.
Llegué a la puerta de salida del autobús poco después de que la pareja hubiera descendido por ella. Bajé, agucé el oído, y lo hice algo emocionado, iba a tener acceso a material inédito de un escritor mítico.
—La llave —le oí decir a Salinger—. Ya es hora de que la tenga yo. Dámela.
—¿Qué? —dijo Shirley.
—La llave —repitió Salinger—. Ya es hora de que la tenga yo. Dámela.
—Dios mío —dijo Shirley—. No me atrevía a decírtelo… La perdí.
Se detuvieron junto a una papelera. Parándome a un metro y medio de ellos, hice como que buscaba una cajetilla de cigarrillos en uno de los bolsillos de mi americana.
De repente, Salinger abrió los brazos y Shirley, sollozando, se fue hacia ellos.
—No te preocupes —dijo él—. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Se quedaron allí inmóviles, y yo tuve que seguir andando, no podía por más tiempo quedarme tan quieto a su lado y delatar que les espiaba. Di unos cuantos pasos, y jugué con la idea de que estaba cruzando una frontera, algo así como una línea ambigua y casi invisible en la que se esconderían los finales de los cuentos inéditos. Luego volví la vista atrás para ver cómo seguía todo aquello. Se habían apoyado en la papelera y estaban más abrazados que antes, los dos ahora llorando. Me pareció que, entre sollozo y sollozo, Salinger no hacía más que repetir lo que de él ya había oído antes:
—No te preocupes. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Seguí mi camino, me alejé. El problema de Salinger era que tenía cierta tendencia a repetirse.”

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, 1999

 

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Oona y Salinger

08/06/2016 Comentarios desactivados en Oona y Salinger

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Frédéric Beigbeder, Oona y Salinger, Traducción de Francesc Rovira, Anagrama, 2016

«Nuestras vidas no tienen importancia, se hunden en el fondo del tiempo, pero hemos existido y eso nada lo puede impedir: por muy líquidas que sean, nuestras alegrías no se evaporan nunca»

Así termina esta novela de «facción». Sin embargo no parece que sea una afirmación sincera. Una vez más, el autor muestra su cinismo. Es verdad que nuestras vidas no tienen importancia y que se hunden en el fondo del tiempo, pero para Frédéric Beigbeder no parece ser así. Para él lo único que tiene importancia es su vida, es él, y aunque sabe que se hundirá en el fondo del tiempo, se empeña en que salga a flote todo lo que sea posible. Beigbeder siempre que escribe, escribe sobre sí mismo. Está encantado de conocerse. Sabe que es un niño grande, un adolescente inmaduro y eterno, rico y pija, producto de un mundo que se dedica a construir individuos como él, inmaduros, narcisistas y ególatras. No sólo lo sabe, sino que nos lo explica con cinismo.

Escribe bien y, en este caso, redondea una historia que, tal como nos explica en la introducción, «no es una ficción», sino que es «pura facción», es decir una ficción que tiene como base hechos reales y personas reales. Los protagonistas de esta historia son, aparte de él y su joven pareja, Oona O’Neill, Salinger y Charles Chaplin. Un ménage a cinq. Ernest Hemingway también ocupa un pequeño rincón.

Pero además de escribir sobre estos personajes, escribe sobre la guerra. Y lo hace muy bien. Escribe sobre la guerra y sobre la forma en la que la guerra destroza a las personas a las que no mata, convirtiéndolas en naturalezas muertas, tal como lo hace con aquellas a las que mata y cuyos cráneos quedan abiertos como floreros.

 

Reseña de Eugenio Sánchez Bravo

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