Búnker

10/07/2021 Comentarios desactivados en Búnker

Toteking, Búnker. Memorias de encierro, rimas y tiburones blancos, Prólogo de Enrique Vila-Matas, Blackie Books, 2020.

Cuando vomito todo ese odio que me ciega, no me creas. Solo estoy pidiendo a gritos que me quieras.

Y le digo que hoy me he dado cuenta de que lo que más odio en el mundo son las teorías. Las teorías y el absurdo manual de instrucciones que nos dieron cuando llegamos aquí.

Un viaje a los recuerdos de un misántropo que no quiere esquivar peleas, ya que “viajar a tus recuerdos es buscar pelea”. Un viaje a su vida pasada, a sus lecturas (muchísimas!), a sus músicas, a sus películas favoritas con una honestidad difícil de encontrar en un personaje más o menos público. Toteking escribe desde su búnker, y no se hace trampas al solitario… Un libro apadrinado por Vila-Matas… Un libro que sale y que llega a los lectores con el prestigio de su padrino. Un prestigio que puede ser perjudicial porque sitúa el listón muy alto desde el prólogo y, como consecuencia, provoca cierta decepción al principio. Para un lector como éste que escribe ahora y que del rap sólo tiene una imagen de jóvenes moviendo sus manos y gritando rimas inconexas, este libro es un gran descubrimiento en muchos sentidos. El “jodido” del Toteking escribe realmente bien.

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El reino

16/02/2020 Comentarios desactivados en El reino

Gonçalo M. Tavares, El reino. Traducción del portugués por Rita da Costa. Prólogo de Enrique Vila-Matas. Seix Barral, 2018.

 

… un gesto que pertenece a su reino más profundo, el reino al que ha jurado lealtad, el reino de quien ataca y de quien sabe que hay elementos que se preparan para atacarlo.

El reino es el polo opuesto a El barrio, porque si éste es una cartografía de lo local, de las pequeñas comunidades en las que todos se conocen, y en las que todos colaboran, aquella es una cartografía del mundo global, una cartografía del horror, de la maldad y del miedo. Cuatro novelas constituyen El reino, la tetralogía del mal de Gonçalo M. Tavares.

Tavares escribe con aforismos y definiciones, que siempre son metáforas, aparentemente simples, y que contienen dentro de sí toda la complejidad del mundo…

PRÓLOGO
QUÉ NOS SUCEDE POR TENER LITERATURA
Enrique Vila-Matas

p. 8-9:
Cuando los conceptos, en cambio, son ordenados con complejidad comenzamos a pasearnos por el Reino, el polo opuesto al Barrio. Entran en acción entonces las sombras y la Historia se repite cada vez más peligrosamente. […] La zona oscura, pensé. Esa temible zona pertenece al Reino y se halla en clara oposición al Barrio, espacio amigable, donde todos se conocen y se sienten seguros. El Reino, en cambio, es un lugar extenso, lleno de miedo, de terror puro y duro, donde las personas no se conocen y donde campa a sus anchas la bestialidad de la trastienda.

p. 10:
¿Qué nos sucede por tener literatura?
Tal vez lo que nos sucede para que podamos escribir es que desde un lejano paraje nos fabrican una infinitud plena de mortalidad y de inutilidad. Pero quién sabe, quizá una infinitud se abre ahí a la posibilidad de convertir lo negativo en un cierto orden de existencia.

p. 12:
… no dormirse nunca felices con los logros alcanzados por la civilización y tener en cuenta en todo momento que la Historia tiende a una repetición del mal, cada vez con mayores medios técnicos.

p. 13:
Vista desde el ámbito filosófico, la percepción es “aprehensión psíquica de una realidad objetiva, distinta de la sensación y de la idea”. Y ésta no sólo es una buena definición, sino que convierte en más atractiva, si cabe, a la percepción, pues nos sobran “las sensaciones” y también -si me apuran- las ideas, porque un alto porcentaje de ellas ya están en manos de irresponsables.

 

Las cuatro novelas que componen El reino, son:

Un hombre: Klaus Klump /La maldad y las pasiones/

La máquina de Joseph Walser /La maldad y las máquinas/

Jerusalén /La maldad y la locura/

Aprender a rezar en la era de la técnica /La maldad y el miedo/

 

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Me llamo Vila-Matas, como todo el mundo

15/11/2019 Comentarios desactivados en Me llamo Vila-Matas, como todo el mundo

A. G. Porta, Me llamo Vila-Matas, como todo el mundo, Acantilado, Barcelona, 2019

Le confieso que estoy enfermo de literatura y que me escondo a plena luz en una representación teatral.

Teatro del absurdo… personajes en busca de autor… autores buscando personajes… Vladimir y Estragón esperando a Godot… el escritor que representa el papel de un escritor que escribe la obra de teatro en la que actúa… El escritor que no escribe… el escritor que escribe sobre un escritor que escribe o que no escribe… Vila-Matas, como todo el mundo, claro!

p. 13:
Le confieso que estoy enfermo de literatura y que me escondo a plena luz en una representación teatral.

p. 22:
Entonces ya estamos en ese lugar común donde alguien escribe una obra que contiene otra.

p. 42:
Como el actor que representa al escritor que a la vez es el autor de lo que se dice en el escenario.

El día señalado

31/05/2019 Comentarios desactivados en El día señalado

Enrique Vila-Matas, El día señalado, Ilustraciones de Anuska Allepuz, Nórdica libros, 2015.

Publicado por primera vez incluido en Exploradores del abismo, Anagrama, 2007.

incluso en los casos extremos en los que todo está en juego, se sigue viviendo como si no pasara nada.

Un relato del Vila-Matas más kafkiano en el que se asoma al abismo de la fatalidad, de las profecías y de un destino que nos aguarda inexorable. ¿Somos marionetas del destino?

 

Así comienza:

«Isabelle Dumarchey tenía diez años cuando una gitana le pronosticó que moriría sedienta y de pie, tal vez bailando, en un día de invierno muy lluvioso, de un año imposible de determinar. Sus padres no le dieron mayor importancia a esas palabras»

 

Las ilustraciones de Anuska Allepuz consiguen, mediante luces y sombras, crear el ambiente visual adecuado para acompañar la lectura.

p. 61:
“No te preocupes tanto de lo que pueda suceder. Ya estás suficientemente nerviosa preocupándote por lo que sucede.”

p. 62:
“Decidió que se movería en las fronteras del vacío, probaría a ver qué sucedía si se asomaba al abismo.”

p. 68:
“La muerte es agradable. Nos libra del pensamiento de la muerte.”

p. 69:
“Me gusta la soledad, incluso cuando estoy sola.”

p. 76:
“… incluso en los casos extremos en los que todo está en juego, se sigue viviendo como si no pasara nada.”

Esta bruma insensata

29/05/2019 Comentarios desactivados en Esta bruma insensata

Enrique Vila-Matas, Esta bruma insensata, Seix Barral, 2019.

 

Esta bruma insensata en la que se agitan sombras, ¿cómo podría esclarecerla?
Raymond Queneau

para mí vivir era construir ficciones

la situación política, que, por un bando y otro, se había asfixiado tanto en la propaganda y en las falsedades que producía el mismo efecto que la bruma sobre el río: impedía ver lo que era real, aunque sólo hasta el mismo momento en que esa bruma insensata se levantaba.

 

Lo que se puede decir, lo que se puede escribir… es tan poco; es tanta la distancia entre el mundo y la palabra… es tan grande el vacío, el hueco, la energía de la ausencia… Vila-Matas vuelve aquí a sus indagaciones sobre la escritura y sobre la literatura.

Se trata de un particular viaje al “corazón de las tinieblas”, apuntes a mano alzada de pensamientos sobre la ficción de la realidad, sobre la realidad de la ficción, sobre las sensaciones de infinito que evoca la media luz de una mañana entre brumas, sobre la ausencia y su energía, sobre la ocultación, la desaparición, la impostura y el camuflaje…

Este es un relato que se escribe a sí mismo, desde la lejanía etérea del espacio inacabable de la media luz de una mañana naciente, de lo que vivió su protagonista durante tres “días históricos” en Cataluña, los tres días vulgares y aburridos de un simple infeliz ayudante de escritor y recopilador de citas, a finales de octubre de 2017, entre “borrosas y danzantes figuras del infinito”. Una novela intertextual que teoriza sobre la intertextualidad.

Los protagonistas son dos hermanos que se tratan como desconocidos: uno de ellos, un “artista citador”, “un recalcitrante anotador de lo ajeno y maniático de las citas, el último sobreviviente de la literatura”, que podría ser el propio Vila-Matas; y el otro, el impostor escondido, “una vergonzosa imitación de Salinger”, que escribe lo que otros ya han escrito, que se camufla en la escritura de otro escritor tan invisible como él, y que también podría ser el propio Vila-Matas.

Como en todas sus obras, Vila-Matas escribe sobre literatura, sobre la escritura tan necesaria y tan superflua… Escribe sobre la escritura desde “esta bruma insensata en la que se agitan sombras”, en la que se difumina la realidad y en la que proliferan existencias menores y la energía de ausencia que dejan quienes desaparecen.

La declaración de independencia de Cataluña proclamada el día 27 de octubre de 2017 es el marco real-ficticio en el que se desenvuelve la historia en la que la relación entre realidad y ficción y el papel de la literatura en ello son, como siempre en Vila-Matas, los principales protagonistas.

 

Bebelia, El País, 29/4/2019

 

Y dado que se trata de un libro sobre el arte de citar y teniendo en cuenta que la mía también podría ser “la vida de un adorador de las frases sueltas, de un intertextual siempre al borde de un acantilado…”:

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El corazón de una historia quebrada

22/03/2019 Comentarios desactivados en El corazón de una historia quebrada

J. D. Salinger, “The Heart of a Broken Story”, Esquire, September 1941

J. D. Salinger, «El corazón de una historia quebrada«, [1941] en Poesía, nº 29, otoño-invierno de 1987, traducción de Javier Marías.

 

… la mejor manera de describirme es decir que he sido uno de los millares de jóvenes de Nueva York que se limitan a existir.

 

El drama de los personajes de Salinger es ser personas solitarias y anodinas, que se limitan a existir, en un mundo que les exige ser triunfadores…

Referencias a este relato en obras de otros autores:

“Es en ‘El corazón de una historia quebrada’ donde Salinger inventa su estilo de tierno autoescarnio y el personaje de chico extraviado, romántico y patético que seducirá a los lectores del mundo entero en los años cincuenta. Antes de la guerra, Salinger ya alberga la idea del individuo abandonado en la gran ciudad, del eterno adolescente desamparado y perdido, egocéntrico y lúcido, pobre y libre, enamorado inoperante y frustrado empedernido que es el auténtico estereotipo de la condición humana occidental en el siglo XXI. (Salinger se mostró muy orgulloso de que su relato fuera publicado en Esquire por Arnold Gingrich, quien había hecho lo propio, cinco años antes, con tres fragmentos autobiográficos de Scott Fitzgerald conocidos bajo el título El crack-up.) Vivimos en la era salingeriana de la indeterminación orgullosa, del lujo sin un duro, del presente nostálgico, del conformismo de la revuelta endeudada. Tenemos una sed infinita de placer, de felicidad, de amor, de reconocimiento, de ternura. Una sed que nunca se verá calmada por el simple consumo ni consolada por la religión. Justin Horgenschlag hace una bella declaración de amor a Shirley Lester, pero antes ¡le ha birlado el bolso! Envía la carta desde la cárcel. Ella no le responde. (En el relato le responde educadamente, pero al final descubrimos que su carta es imaginaria.)

El mundo presente está habitado por seres horrorosamente independientes, acomplejados, insatisfechos; enamorados incapaces de amar, ovejas que se niegan a ser ovejas y aun así pacen, imaginándose al margen del rebaño; en definitiva, unos excelentes clientes para Freud, Buda, Fashion TV y Facebook.”

Frédéric Beigbeder, Oona y Salinger, Anagrama, 2016, p. 65-66

 

“Vi a Salinger en un autobús de la Quinta Avenida de Nueva York. Lo vi, estoy seguro de que era él. Ocurrió hace tres años cuando, al igual que ahora, simulé una depresión y logré que me dieran, por un buen periodo de tiempo, la baja en el trabajo. Me tomé la libertad de pasar un fin de semana en Nueva York. No estuve más días porque obviamente no me convenía correr el riesgo de que me llamaran de la oficina y no estuviera localizable en casa. Estuve sólo dos días y medio en Nueva York, pero no puede decirse que desaprovechara el tiempo. Porque vi nada menos que a Salinger. Era él, estoy seguro. Era el vivo retrato del anciano que, arrastrando un carrito de la compra, habían fotografiado, hacía poco, a la salida de un hipermercado de New Hampshire.
Jerome David Salinger. Allí estaba al fondo del autobús. Parpadeaba de vez en cuando. De no haber sido por eso, me habría parecido más una estatua que un hombre. Era él. Jerome David Salinger, un nombre imprescindible en cualquier aproximación a la historia del arte del No.
Autor de cuatro libros tan deslumbrantes como famosísimos —The Catcher in the Rye (1951), Nine Stories (1953), Franny and Zooey (1961) y Raise High the Roof Beam, Carpenters; Seymour: An Introduction (1963)—, no ha publicado hasta el día de hoy nada más, es decir que lleva treinta y seis años de riguroso silencio que ha venido acompañado, además, de una legendaria obsesión por preservar su vida privada.
Le vi en ese autobús de la Quinta Avenida. Le vi por causalidad, en realidad le vi porque me dio por fijarme en una chica que iba a su lado y que tenía la boca abierta de un modo muy curioso. La chica estaba leyendo un anuncio de cosméticos en el tablero de la pared del autobús. Por lo visto, cuando la chica leía se le aflojaba ligeramente la mandíbula. En el breve instante en que la boca de la chica estuvo abierta y los labios estuvieron separados, ella —por decirlo con una expresión de Salinger— fue para mí lo más fatal de todo Manhattan.
Me enamoré. Yo, un pobre español viejo y jorobado, con nulas esperanzas de ser correspondido, me enamoré. Y aunque viejo y jorobado, actué desacomplejado, actué como lo haría cualquier hombre repentinamente enamorado, quiero decir que lo primero de todo que hice fue mirar si la acompañaba algún hombre. Entonces fue cuando vi a Salinger y me quedé de piedra: dos emociones en menos de cinco segundos.
De pronto, me había quedado dividido entre el enamoramiento repentino que acababa de sentir por una desconocida y el descubrimiento —al alcance de muy pocos— de que estaba viajando con Salinger. Quedé dividido entre las mujeres y la literatura, entre el amor repentino y la posibilidad de hablarle a Salinger y con astucia averiguar, en primicia mundial, por qué él había dejado de publicar libros y por qué se ocultaba del mundo.
Tenía que elegir entre la chica o Salinger. Dado que él y ella no se hablaban y por lo tanto no parecía que se conocieran entre ellos, me di cuenta de que no tenía demasiado tiempo parar elegir entre uno u otro. Debía obrar con rapidez. Decidí que el amor tiene que ir siempre por delante de la literatura, y entonces planeé acercarme a la chica, inclinarme ante ella y decirle con toda sinceridad:
—Perdone, usted me gusta mucho y creo que su boca es lo más maravilloso que he visto en mi vida. Y también creo que, aquí donde me ve, jorobado y viejo, yo podría, a pesar de todo, hacerla muy feliz. Dios, cómo la amo. ¿Tiene algo que hacer esta noche?
Me vino a la memoria de pronto un cuento de Salinger, The Heart of a Broken Story (El corazón de una historia quebrada), en el que alguien planeaba en un autobús, al ver a la chica de sus sueños, una pregunta casi calcada a la que había yo en secreto formulado. Y recordé el nombre de la chica del cuento de Salinger: Shirley Lester. Y decidí que provisionalmente llamaría así a mi chica: Shirley.
(…)
Se me ocurrió acercarme a Salinger y decirle:
—Dios, cómo le amo, Salinger. ¿Podría decirme por qué lleva tantos años sin publicar nada? ¿Existe un motivo esencial por el que se deba dejar de escribir?
(…)
Decidí acercarme a él y preguntarle:
—Señor Salinger, soy un admirador suyo, pero no he venido a preguntarle por qué no publica desde hace más de treinta años, yo lo que quisiera saber es su opinión acerca de ese día en el que Lord Chandos se percató de que el inabarcable conjunto cósmico del que formamos parte no podía ser descrito con palabras. Quisiera que me dijera si es que a usted le ocurrió otro tanto y por eso dejó de escribir.
Finalmente, tampoco me acerqué para preguntarle todo eso.
(…)
Por otra parte, pedirle un autógrafo tampoco era una idea brillante.
—Señor Salinger, ¿sería tan amable de estamparme su legendaria firma en este papelito? Dios, cómo le admiro.
—Yo no soy Salinger —me habría contestado. Para algo llevaba treinta y tres años preservando férreamente su intimidad.
(…)
Me encontraba ya desesperado y cada vez más empapado de sudor en aquel autobús de la Quinta Avenida cuando de pronto vi que Salinger y Shirley se conocían. El le dio un breve beso en la mejilla al tiempo que le indicaba que debían bajarse en la siguiente parada. Se pusieron los dos de pie al unísono, hablando tranquilamente entre ellos. Seguramente Shirley era la amante de Salinger. La vida es horrorosa, me dije. Pero inmediatamente pensé que aquello ya no lo cambiaba nadie y que era mejor no perder el tiempo buscándole adjetivos a la vida. Viendo que se acercaban a la puerta de salida, me acerqué yo también a ella. No me gusta recrearme en las contrariedades, siempre trato de sacarles algún provecho a los contratiempos. Me dije que, a falta de nuevas novelas o cuentos de Salinger, lo que le oyera a él decir en aquel autobús podía leerlo como una nueva entrega literaria del escritor. Como digo, sé sacarles provecho a los contratiempos. Y pienso que los futuros lectores de estas notas sin texto me lo agradecerán, pues quiero imaginarles encantados en el momento de descubrir que las páginas de mi cuaderno contienen nada menos que un breve inédito de Salinger, las palabras que le escuché decir aquel día.
Llegué a la puerta de salida del autobús poco después de que la pareja hubiera descendido por ella. Bajé, agucé el oído, y lo hice algo emocionado, iba a tener acceso a material inédito de un escritor mítico.
—La llave —le oí decir a Salinger—. Ya es hora de que la tenga yo. Dámela.
—¿Qué? —dijo Shirley.
—La llave —repitió Salinger—. Ya es hora de que la tenga yo. Dámela.
—Dios mío —dijo Shirley—. No me atrevía a decírtelo… La perdí.
Se detuvieron junto a una papelera. Parándome a un metro y medio de ellos, hice como que buscaba una cajetilla de cigarrillos en uno de los bolsillos de mi americana.
De repente, Salinger abrió los brazos y Shirley, sollozando, se fue hacia ellos.
—No te preocupes —dijo él—. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Se quedaron allí inmóviles, y yo tuve que seguir andando, no podía por más tiempo quedarme tan quieto a su lado y delatar que les espiaba. Di unos cuantos pasos, y jugué con la idea de que estaba cruzando una frontera, algo así como una línea ambigua y casi invisible en la que se esconderían los finales de los cuentos inéditos. Luego volví la vista atrás para ver cómo seguía todo aquello. Se habían apoyado en la papelera y estaban más abrazados que antes, los dos ahora llorando. Me pareció que, entre sollozo y sollozo, Salinger no hacía más que repetir lo que de él ya había oído antes:
—No te preocupes. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Seguí mi camino, me alejé. El problema de Salinger era que tenía cierta tendencia a repetirse.”

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, 1999

 

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La camisa

25/02/2018 Comentarios desactivados en La camisa

 

La camisa del hombre feliz

Leon Tolstoi

Había una vez un rey cuya riqueza y poder eran tan inmensos, como eran de inmensas su tristeza y desazón.
-Daré la mitad de mi reino a quien consiga ayudarme a sanar las angustias de mis tristes noches- dijo un día.
Quizás más interesados en el dinero que podían conseguir que en la salud del Rey, los consejeros de la corte decidieron ponerse en campaña y no detenerse hasta encontrar la cura para el sufrimiento real. Desde los confines de la tierra mandaron traer a los sabios más prestigiosos y a los magos más poderosos de entonces, para ayudarles a encontrar el remedio buscado.
Pero todo fue en vano, nadie sabía cómo curar al monarca.
Una tarde, finalmente, apareció un viejo sabio que les dijo: -si encontráis en el reino un hombre completamente feliz, podréis curar al rey. Tiene que ser alguien que se sienta completamente satisfecho, que nada le falte y que tenga acceso a todo lo que necesita.
-Cuando lo halléis- siguió el anciano- pedidle su camisa y traedla a palacio. Decidle al rey que duerma una noche entera vestido solo con esa prenda. Os aseguro que mañana despertará curado.
Los consejeros se abocaron de lleno y con completa dedicación a la búsqueda de un hombre feliz, aunque ya sabían que la tarea no resultaría fácil.
En efecto, el hombre que era rico, estaba enfermo; el que gozaba de buena salud, era pobre. Aquel, rico y sano, se quejaba de su mujer y ésta, de sus hijos.
Todos los entrevistados coincidían en que algo les faltaba para ser totalmente felices aunque nunca se ponían de acuerdo en aquello que les faltaba.
Finalmente, una noche, muy tarde, un mensajero llegó al palacio. Habían encontrado al hombre tan interesantemente buscado. Se trataba de un humilde campesino que vivía al norte en la zona más árida del reino. Cuando el monarca fue informado del hallazgo. Éste se llenó de alegría e inmediatamente mandó que le trajeran la camisa de aquel hombre, a cambio de la cual deberían darle al campesino cualquier cosa que pidiera.
Los envidos se presentaron a toda prisa en la casa de aquel hombre para comprarle la camisa y, si era necesario –se decían- se la quitarían por la fuerza…
El rey tardó mucho en sanar en sanar de su tristeza. De hecho su mal se agravó bastante cuando de que el hombre más feliz de su reino, quizás el único totalmente feliz, era tan pobre, tan pobre… que no tenía ni siquiera una camisa.

 

El deseo

Walter Benjamin

Una tarde, al finalizar el sabbat, los judíos de una aldea chasídica estaban reunidos en una mísera taberna. Todos eran vecinos de la localidad, salvo uno al que nadie conocía, triste y andrajoso, que permanecía en cuclillas junto a la estufa. Los temas de conversación habían ido languideciendo, cuando surgió la cuestión de lo que cada cual pediría si le fuese concedido un único deseo. Este de acá querría dinero, aquél, un buen yerno, el tercero, un nuevo banco de carpintero, y así sucesivamente.
Todos habían manifestado ya sus deseos y el mendigo seguía acurrucado al calor de la estufa. De mala gana y pausadamente dio también su respuesta:
—Querría ser un poderoso rey, señor de un gran país, y que una noche, mientras durmiese en palacio, los enemigos cruzasen la frontera y, antes de que alboreara, sus huestes se abrieran paso hasta el castillo sin encontrar resistencia, que me arrancaran del sueño, no me dieran tiempo ni para vestirme, y, en camisón, tuviese que emprender la fuga. Me acosasen sin piedad por montes y valles, a través de bosques y peñascales, sin darme respiro, día y noche hasta verme a salvo sentado en este banco junto a vosotros. Esto pediría.
Los demás se miraron unos a otros sin entender.
—Y en resumidas cuentas, ¿qué conseguirías?
—¡Un camisón!—fue la respuesta.
Enrique Vila-Matas, recoge esta leyenda jasídica, que al parecer también gustaba mucho a Kafka, al menos en dos de sus obras. En 1988 publicó Una casa para siempreEn esta novela hay un relato titulado «La fuga en camisa». En él, leemos:
Me acordé de un cuento que no hacía mucho que había leído. El héroe era alguien muy distinto a mí, pues encarnaba la gloria sin fama, la grandeza sin brillo, la dignidad sin sueldo, el prestigio propio. Me dije que haría todo lo que hacía él en el cuento. Para empezar, me burlaría del brillo de la grandeza y sentiría que no estaban hechas para mí las fatigas y groseros esfuerzos que se precisan para ser alguien en la vida. Sería un vagabundo, un músico ambulante, y buscaría a los míos junto a los vertederos de los hoteles del puerto.

En los días que siguieron me fui dejando crecer la barba, sometí mi voz a un duro correctivo y la degeneré, compré un viejo organillo, fui ensayando ante el espejo una leve cojera, arruiné mis trajes, me dediqué a esconder coñac barato debajo del hornillo y a cocinar en éste los más pésimos manjares. Y la noche en que supe que ya era el vagabundo del cuento encaminé mis pasos hacia el puerto, hacia el vertedero de basuras del hotel Atlanta, allí donde había yo localizado una hoguera y unos vagabundos que recordaban a los del relato que pretendía yo protagonizar.

Una vez junto a ellos, me senté en el rincón más oscuro, entre envases de cartón y restos de verdura. Allí permanecí en silencio escuchándoles. Hablaban de la vida, y sus voces eran míseras, tan míseras como sus vidas.

Fantaseaban en el vacío, torpemente, hasta que de pronto el más anciano del grupo quiso reconducir la conversación. Eso era algo idéntico a lo que sucedía en el cuento, y francamente me animé. El más anciano les preguntó cuál sería el deseo que formularían si supieran que éste se haría realidad. Con voz ronca habló uno de ellos y dijo que nada le haría más dichoso que recuperar la zapatería que le había pertenecido. Habló mucho y sólo le escuche a ráfagas.

Me interesaban más las sombras que forjaba el fuego de la hoguera en las paredes del Atlanta, más allá del cual, a la luz del machete de plata que era la luna, podía verse el malecón ruinoso, las pilastras del puente viejo y, al fondo de todo, más allá de la ciudad, el fracaso general de la noche. Como en el cuento.

Después habló otro que quería dinero. Un tercero buscaba a una hija desaparecida, el cuarto quería también dinero, y así a lo largo del círculo. Cuando ya habían hablado todos, aún quedaba yo, acuclillado en mi rincón oscuro. Cuando me preguntaron, contesté así, de mala gana y vacilando:

– Quisiera ser un rey poderoso y reinar en un vasto país, y hallarme una noche durmiendo en mi palacio y que desde las fronteras irrumpiese el enemigo y que antes del amanecer los caballeros estuviesen frente a mi castillo y que no hubiera resistencia y que yo, despertado por el terror, sin tiempo siquiera para vestirme, hubiese tenido que emprender la fuga en camisa y que, perseguido por montes y valles, por bosques y colinas, sin dormir ni descansar, hubiera llegado sano y salvo hasta este rincón. Eso querría.

Desconcertados, se miraron entre ellos. Tras un breve silencio, el más anciano del grupo se aproximó a mi rincón para preguntarme qué habría ganado con ese deseo.

– Una camisa -dije.

En el año 2017, publicó su última novela hasta ahora, Mac y su contratiempoEn uno de los relatos del libro de su vecino, concretamente y precisamente en el que lleva como título El vecino, que Mac toma como punto de partida para la escritura de su propio libro, se narra lo que un judío llamado David, que vivía en un pueblo portugués próximo a Évora, les cuenta a sus vecinos de la casa de al lado, una familia de negros angoleños. Lo que David cuenta a los angoleños es una antigua leyenda jasídica: La leyenda decía que, en cierta ocasión, en las afueras de un poblado, unos judíos estaban al final del sabbat, sentados todos en el suelo, en una mísera casa, y eran todos del lugar, salvo uno, a quien nadie conocía: un hombre especialmente mísero, haraposo, que permanecía acuclillado en un ángulo lóbrego… La conversación en la desventurada casa, que había ido hasta entonces girando sobre muchos temas, terminó desembocando en una pregunta que complacía a todos los judíos allí reunidos: ¿cuál sería el deseo que cada uno formularía si supiera que podría verlo realizado? Uno dijo que quería dinero; el otro, un yerno; el tercero, un nuevo banco de carpintería, y así a lo largo del círculo. Después de que hubieran hablado todos, aún faltaba el haraposo acuclillado en su rincón oscuro. De mala gana y vacilando, al ver que insistían tanto en preguntarle, respondió así a los reunidos: «Quisiera ser un rey poderoso y reinar en un vasto país, y hallarme una noche durmiendo en mi palacio y que desde las fronteras irrumpiese el enemigo y que antes del amanecer los caballeros estuviesen frente a mi castillo y que nadie ofreciera resistencia y que yo, despertado por el terror, sin tiempo siquiera para vestirme, hubiese tenido que emprender la fuga en camisa y que, perseguido por montes y valles, por bosques y colinas, sin dormir ni descansar, hubiera llegado sano y salvo hasta este rincón. Eso querría». Los otros se miraron desconcertados y le preguntaron qué hubiera ganado con ese deseo. «Una camisa», respondió. Ahí terminaba la leyenda jasídica y los angoleños, tras unos segundos de perplejidad, sonrieron agradecidos por el extraño consuelo que les había dado su vecino.

Una casa para siempre

25/02/2018 Comentarios desactivados en Una casa para siempre

Enrique Vila-Matas, Una casa para siempre, Anagrama, 1988

Y tuve la impresión de que deseaba legarme la casa de la ficción y la gracia de habitar en ella para siempre. (pag. 140)

No se mueve nunca de allí, vive en una casa para siempre. (pag. 29)

 

Cuando publiqué “Una casa para siempre” pensé que iba a ir mejorando y que este libro malo se transformaría en algo bueno. Como si estuviera viviendo en el futuro.

(Enrique Vila-Matas. 13/6/2017, entrevista realizada por JC Ramírez Figueroa en luchalibro)

 

Una novela hecha de retales de relatos, de astillas de historias, intercambiables… que en su día configuraron lo que desde entonces es para Vila-Matas y para sus lectores Una casa para siempre… una casa, la casa de la ficción, en la que nos sentimos como en nuestra propia casa para siempre.

Una novela con resonancias de Borges, de Tolstoi (El zar y la camisa), de Philip Roth (La visita al maestro) y de tantos otros.

Una novela que pone en marcha los mecanismos del ventrílocuo, la sombrilla de Java, el barbero sevillano de Triana… todos los contratiempos que sirven a Vila-Matas para llegar hasta su última, por ahora, novela, Mac y su contratiempo.

 

Jean Patchett. Fotografiada por Irving Penn, c. 1951

Alta, vistiendo siempre jerseys negros, un chal en torno al largo cuello de gacela…

Enrique Vila-Matas. Fotografía de la solapa interior

¿Se parece Vila-Matas a Jean Patchett? ¿o es Jean Patchett la que se parece a Vila-Matas?

… y es que nada, pensaba yo, tranquiliza tanto como una máscara.

 

Mi pasado podía resumirse en unas escasas láminas de vida, algunas de ellas banales y las otras absurdas, en todo caso unas contadas láminas que se salvaban del olvido. En cuanto al resto de láminas, las que se hundieron en el olvido, no las veías yo más que como páginas de un calendario en el que (…) estaba y no estaba yo; apenas guardaba nada de esas páginas, salvo imágenes confusas que en su momento los sentidos percibieron pero que muy pronto volaron como hojas de calendario, como voló también mi vida que, a su vez, pasó volando y la perdí.

… porque quieren que siga hablando como la lluvia, es decir, haciendo rimas que desconocen.

… una única y definitiva fe: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.

 

Bibliografía:

– Sorina SIMION, «Enrique Vila-Matas y la búsqueda en Una casa para siempre»

 

Reseñas:

Mercedes Monmany, La Vanguardia, 14/10/1988, p. 45

Leopoldo Azancot, El País, 9 de octubre de 1988

Tatiana Maillard, «Tan excéntrico como México», Emeequis, 17/11/2014

En otra entrevista, Vila-Matas dijo que la crítica de Azancot fue «una venganza porque en mi editorial no le habían querido publicar su libro».

No fue esta la primera ocasión en que Leopoldo Azancot utilizaba la expresión «fantasía irresponsable». Lo hizo también en una crítica que hizo en las páginas del ABC (ABC del 30 de marzo de 1986) a la novela Flor de sal del menorquí Pau Faner.

 

 

 

Cuando estoy solo, no estoy.
Maurice Blanchot

Recuerdo que mientras escribía Una casa para siempre estuve oyendo días y días, obsesivamente, una canción de Tom Waits [Blow wind blow] que creía que tenía que ver con un ventrílocuo, porque en el videoclip aparecía uno. Fuera verdad o no, yo quería que el tono de la canción fuera el del libro; la utilicé como fondo permanente para que el libro tuviera unidad…

Enrique Vila-Matas, entrevista en la revista Quimera

El zafarrancho aquel de via Merulana

19/01/2018 Comentarios desactivados en El zafarrancho aquel de via Merulana

Carlo Emilio Gadda, El zafarrancho aquel de via Merulana, Traducción del italiano y nota de Juan Ramón Masoliver, Planeta, 1999.

Título original: Quer pasticciaccio brutto de via Merulana

Publicado por Garzanti Editore, 1957

Semejante arruga negra vertical entre las dos cejas de la ira, en el rostro blanquísimo de la muchacha, lo paralizó, le indujo a reflexión: a arrepentirse, o poco menos.

Con estas palabras concluye Gadda su novela y nos deja, a los lectores que hemos llegado hasta ellas haciendo el enorme esfuerzo de entenderle, paralizados, induciéndonos a reflexión: ¿deberemos arrepentirnos de haber dedicado tanto tiempo a leer algo con tanto esfuerzo para terminar así?

No me arrepiento. En las primeras páginas estuve a punto de abandonar, pero el barroquismo de las descripciones y de la forma de explicar situaciones cotidianas confiere tal irracionalidad a la racionalidad que pronto quedé sometido a las leyes de la narración que impone Gadda en su novela. Gratamente sometido.

Según Vila-Matas:

Gadda, fue un escritor del No muy a pesar suyo. «Todo es falso, no hay nadie, no hay nada», dice Beckett. Y en el otro extremo de esta visión extrema encontramos a Gadda empeñado en que nada es falso y empeñado también en decir que hay mucho -muchísimo- en el mundo y que nada es falso y todo real, lo que le conduce a una desesperación maniática en su pasión por abarcar el ancho mundo, por conocerlo todo, por describirlo todo. (Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, 72)

Bibliografía:

– Marla Jacarilla, «Multiplicidad«

Bartleby y compañía

15/12/2017 Comentarios desactivados en Bartleby y compañía

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, Anagrama, 2000

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía. La pregunta de Florencia, Seix Barral, 2015

 

La actitud realmente seria es aquella que interpreta el arte como un «medio» para lograr algo que quizá sólo se puede alcanzar cuando se abandona el arte…

Otra aplicación más del silencio: suministra tiempo para continuar el pensamiento o explorarlo. Notablemente, la palabra pone punto final al pensamiento.

Susan Sontag, «La estética del silencio«

 

Por eso a veces insisto en que Bartleby y compañía, contrariamente a lo que se cree, no habla exactamente de escritores que dejan de escribir, sino de personas que viven y un día mueren, de gente que lee y de gente que un día deja de leer y de gente que muere sin haber leído nada y de gente que ama y deja de amar o ama sin ser amada, de oleadas y oleadas incesantes de seres inútiles y malolientes que vienen desde el fondo de los tiempos a hundirse, a hundirse aquí, que es a lo que venimos a este mundo, donde el instinto silencioso, el instinto de muerte, no necesita ni compañía, de tanta que tiene.

Enrique Vila-Matas, La pregunta de Florencia

 

Es el miedo al silencio que el le hace escribir a Vila-Matas un libro sobre los escritores que no escriben, y sobre los escritores que escriben y dejan de escribir. Los primeros son los que no han escrito nunca. Los segundos los que habiendo escrito algo algua vez, dejan de escribir, a veces porque ya no saben que decir, otras veces porque no saben como decir lo que quieren decir, otras porque creen que ya está todo dicho… y la mayoría de las veces, porque se mueren.

Si el lenguaje no sirve para nada, o si solo sirve para decir mentiras, o para hablar por hablar, para Vila-Matas el lenguaje y su escritura constituye una fuente inagotable de reflexiones y una demostración de su erudición literaria. Escribe sobre escritores reales o ficticios y copia textos de otros escritores, licencia que se permite a sí mismo con la disculpa de que no está escribiendo un texto, sino las notas a un texto que no existe: «notas sin texto».

Por este libro singular desfilan autores, la mayoría reales, y obras literarias, pero también algunos músicos y artistas plásticos. En el siguiente enlace he recogido todos los autores y obras mencionados en este libro: Bartleby y compañía: notas a un libro de notas

 

¿Dónde estoy?

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