La camisa

25/02/2018 Comentarios desactivados en La camisa

 

La camisa del hombre feliz

Leon Tolstoi

Había una vez un rey cuya riqueza y poder eran tan inmensos, como eran de inmensas su tristeza y desazón.
-Daré la mitad de mi reino a quien consiga ayudarme a sanar las angustias de mis tristes noches- dijo un día.
Quizás más interesados en el dinero que podían conseguir que en la salud del Rey, los consejeros de la corte decidieron ponerse en campaña y no detenerse hasta encontrar la cura para el sufrimiento real. Desde los confines de la tierra mandaron traer a los sabios más prestigiosos y a los magos más poderosos de entonces, para ayudarles a encontrar el remedio buscado.
Pero todo fue en vano, nadie sabía cómo curar al monarca.
Una tarde, finalmente, apareció un viejo sabio que les dijo: -si encontráis en el reino un hombre completamente feliz, podréis curar al rey. Tiene que ser alguien que se sienta completamente satisfecho, que nada le falte y que tenga acceso a todo lo que necesita.
-Cuando lo halléis- siguió el anciano- pedidle su camisa y traedla a palacio. Decidle al rey que duerma una noche entera vestido solo con esa prenda. Os aseguro que mañana despertará curado.
Los consejeros se abocaron de lleno y con completa dedicación a la búsqueda de un hombre feliz, aunque ya sabían que la tarea no resultaría fácil.
En efecto, el hombre que era rico, estaba enfermo; el que gozaba de buena salud, era pobre. Aquel, rico y sano, se quejaba de su mujer y ésta, de sus hijos.
Todos los entrevistados coincidían en que algo les faltaba para ser totalmente felices aunque nunca se ponían de acuerdo en aquello que les faltaba.
Finalmente, una noche, muy tarde, un mensajero llegó al palacio. Habían encontrado al hombre tan interesantemente buscado. Se trataba de un humilde campesino que vivía al norte en la zona más árida del reino. Cuando el monarca fue informado del hallazgo. Éste se llenó de alegría e inmediatamente mandó que le trajeran la camisa de aquel hombre, a cambio de la cual deberían darle al campesino cualquier cosa que pidiera.
Los envidos se presentaron a toda prisa en la casa de aquel hombre para comprarle la camisa y, si era necesario –se decían- se la quitarían por la fuerza…
El rey tardó mucho en sanar en sanar de su tristeza. De hecho su mal se agravó bastante cuando de que el hombre más feliz de su reino, quizás el único totalmente feliz, era tan pobre, tan pobre… que no tenía ni siquiera una camisa.

 

El deseo

Walter Benjamin

Una tarde, al finalizar el sabbat, los judíos de una aldea chasídica estaban reunidos en una mísera taberna. Todos eran vecinos de la localidad, salvo uno al que nadie conocía, triste y andrajoso, que permanecía en cuclillas junto a la estufa. Los temas de conversación habían ido languideciendo, cuando surgió la cuestión de lo que cada cual pediría si le fuese concedido un único deseo. Este de acá querría dinero, aquél, un buen yerno, el tercero, un nuevo banco de carpintero, y así sucesivamente.
Todos habían manifestado ya sus deseos y el mendigo seguía acurrucado al calor de la estufa. De mala gana y pausadamente dio también su respuesta:
—Querría ser un poderoso rey, señor de un gran país, y que una noche, mientras durmiese en palacio, los enemigos cruzasen la frontera y, antes de que alboreara, sus huestes se abrieran paso hasta el castillo sin encontrar resistencia, que me arrancaran del sueño, no me dieran tiempo ni para vestirme, y, en camisón, tuviese que emprender la fuga. Me acosasen sin piedad por montes y valles, a través de bosques y peñascales, sin darme respiro, día y noche hasta verme a salvo sentado en este banco junto a vosotros. Esto pediría.
Los demás se miraron unos a otros sin entender.
—Y en resumidas cuentas, ¿qué conseguirías?
—¡Un camisón!—fue la respuesta.
Enrique Vila-Matas, recoge esta leyenda jasídica, que al parecer también gustaba mucho a Kafka, al menos en dos de sus obras. En 1988 publicó Una casa para siempreEn esta novela hay un relato titulado “La fuga en camisa”. En él, leemos:
Me acordé de un cuento que no hacía mucho que había leído. El héroe era alguien muy distinto a mí, pues encarnaba la gloria sin fama, la grandeza sin brillo, la dignidad sin sueldo, el prestigio propio. Me dije que haría todo lo que hacía él en el cuento. Para empezar, me burlaría del brillo de la grandeza y sentiría que no estaban hechas para mí las fatigas y groseros esfuerzos que se precisan para ser alguien en la vida. Sería un vagabundo, un músico ambulante, y buscaría a los míos junto a los vertederos de los hoteles del puerto.

En los días que siguieron me fui dejando crecer la barba, sometí mi voz a un duro correctivo y la degeneré, compré un viejo organillo, fui ensayando ante el espejo una leve cojera, arruiné mis trajes, me dediqué a esconder coñac barato debajo del hornillo y a cocinar en éste los más pésimos manjares. Y la noche en que supe que ya era el vagabundo del cuento encaminé mis pasos hacia el puerto, hacia el vertedero de basuras del hotel Atlanta, allí donde había yo localizado una hoguera y unos vagabundos que recordaban a los del relato que pretendía yo protagonizar.

Una vez junto a ellos, me senté en el rincón más oscuro, entre envases de cartón y restos de verdura. Allí permanecí en silencio escuchándoles. Hablaban de la vida, y sus voces eran míseras, tan míseras como sus vidas.

Fantaseaban en el vacío, torpemente, hasta que de pronto el más anciano del grupo quiso reconducir la conversación. Eso era algo idéntico a lo que sucedía en el cuento, y francamente me animé. El más anciano les preguntó cuál sería el deseo que formularían si supieran que éste se haría realidad. Con voz ronca habló uno de ellos y dijo que nada le haría más dichoso que recuperar la zapatería que le había pertenecido. Habló mucho y sólo le escuche a ráfagas.

Me interesaban más las sombras que forjaba el fuego de la hoguera en las paredes del Atlanta, más allá del cual, a la luz del machete de plata que era la luna, podía verse el malecón ruinoso, las pilastras del puente viejo y, al fondo de todo, más allá de la ciudad, el fracaso general de la noche. Como en el cuento.

Después habló otro que quería dinero. Un tercero buscaba a una hija desaparecida, el cuarto quería también dinero, y así a lo largo del círculo. Cuando ya habían hablado todos, aún quedaba yo, acuclillado en mi rincón oscuro. Cuando me preguntaron, contesté así, de mala gana y vacilando:

– Quisiera ser un rey poderoso y reinar en un vasto país, y hallarme una noche durmiendo en mi palacio y que desde las fronteras irrumpiese el enemigo y que antes del amanecer los caballeros estuviesen frente a mi castillo y que no hubiera resistencia y que yo, despertado por el terror, sin tiempo siquiera para vestirme, hubiese tenido que emprender la fuga en camisa y que, perseguido por montes y valles, por bosques y colinas, sin dormir ni descansar, hubiera llegado sano y salvo hasta este rincón. Eso querría.

Desconcertados, se miraron entre ellos. Tras un breve silencio, el más anciano del grupo se aproximó a mi rincón para preguntarme qué habría ganado con ese deseo.

– Una camisa -dije.

En el año 2017, publicó su última novela hasta ahora, Mac y su contratiempoEn uno de los relatos del libro de su vecino, concretamente y precisamente en el que lleva como título El vecino, que Mac toma como punto de partida para la escritura de su propio libro, se narra lo que un judío llamado David, que vivía en un pueblo portugués próximo a Évora, les cuenta a sus vecinos de la casa de al lado, una familia de negros angoleños. Lo que David cuenta a los angoleños es una antigua leyenda jasídica: La leyenda decía que, en cierta ocasión, en las afueras de un poblado, unos judíos estaban al final del sabbat, sentados todos en el suelo, en una mísera casa, y eran todos del lugar, salvo uno, a quien nadie conocía: un hombre especialmente mísero, haraposo, que permanecía acuclillado en un ángulo lóbrego… La conversación en la desventurada casa, que había ido hasta entonces girando sobre muchos temas, terminó desembocando en una pregunta que complacía a todos los judíos allí reunidos: ¿cuál sería el deseo que cada uno formularía si supiera que podría verlo realizado? Uno dijo que quería dinero; el otro, un yerno; el tercero, un nuevo banco de carpintería, y así a lo largo del círculo. Después de que hubieran hablado todos, aún faltaba el haraposo acuclillado en su rincón oscuro. De mala gana y vacilando, al ver que insistían tanto en preguntarle, respondió así a los reunidos: «Quisiera ser un rey poderoso y reinar en un vasto país, y hallarme una noche durmiendo en mi palacio y que desde las fronteras irrumpiese el enemigo y que antes del amanecer los caballeros estuviesen frente a mi castillo y que nadie ofreciera resistencia y que yo, despertado por el terror, sin tiempo siquiera para vestirme, hubiese tenido que emprender la fuga en camisa y que, perseguido por montes y valles, por bosques y colinas, sin dormir ni descansar, hubiera llegado sano y salvo hasta este rincón. Eso querría». Los otros se miraron desconcertados y le preguntaron qué hubiera ganado con ese deseo. «Una camisa», respondió. Ahí terminaba la leyenda jasídica y los angoleños, tras unos segundos de perplejidad, sonrieron agradecidos por el extraño consuelo que les había dado su vecino.

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Una casa para siempre

25/02/2018 Comentarios desactivados en Una casa para siempre

Enrique Vila-Matas, Una casa para siempre, Anagrama, 1988

Y tuve la impresión de que deseaba legarme la casa de la ficción y la gracia de habitar en ella para siempre. (pag. 140)

No se mueve nunca de allí, vive en una casa para siempre. (pag. 29)

 

Cuando publiqué “Una casa para siempre” pensé que iba a ir mejorando y que este libro malo se transformaría en algo bueno. Como si estuviera viviendo en el futuro.

(Enrique Vila-Matas. 13/6/2017, entrevista realizada por JC Ramírez Figueroa en luchalibro)

 

Una novela hecha de retales de relatos, de astillas de historias, intercambiables… que en su día configuraron lo que desde entonces es para Vila-Matas y para sus lectores Una casa para siempre… una casa, la casa de la ficción, en la que nos sentimos como en nuestra propia casa para siempre.

Una novela con resonancias de Borges, de Tolstoi (El zar y la camisa), de Philip Roth (La visita al maestro) y de tantos otros.

Una novela que pone en marcha los mecanismos del ventrílocuo, la sombrilla de Java, el barbero sevillano de Triana… todos los contratiempos que sirven a Vila-Matas para llegar hasta su última, por ahora, novela, Mac y su contratiempo.

 

Jean Patchett. Fotografiada por Irving Penn, c. 1951

Alta, vistiendo siempre jerseys negros, un chal en torno al largo cuello de gacela…

Enrique Vila-Matas. Fotografía de la solapa interior

¿Se parece Vila-Matas a Jean Patchett? ¿o es Jean Patchett la que se parece a Vila-Matas?

… y es que nada, pensaba yo, tranquiliza tanto como una máscara.

 

Mi pasado podía resumirse en unas escasas láminas de vida, algunas de ellas banales y las otras absurdas, en todo caso unas contadas láminas que se salvaban del olvido. En cuanto al resto de láminas, las que se hundieron en el olvido, no las veías yo más que como páginas de un calendario en el que (…) estaba y no estaba yo; apenas guardaba nada de esas páginas, salvo imágenes confusas que en su momento los sentidos percibieron pero que muy pronto volaron como hojas de calendario, como voló también mi vida que, a su vez, pasó volando y la perdí.

… porque quieren que siga hablando como la lluvia, es decir, haciendo rimas que desconocen.

… una única y definitiva fe: la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de una ficción y, sabiéndolo, creer en ella.

 

Bibliografía:

– Sorina SIMION, “Enrique Vila-Matas y la búsqueda en Una casa para siempre

 

Reseñas:

Mercedes Monmany, La Vanguardia, 14/10/1988, p. 45

Leopoldo Azancot, El País, 9 de octubre de 1988

Tatiana Maillard, “Tan excéntrico como México”, Emeequis, 17/11/2014

En otra entrevista, Vila-Matas dijo que la crítica de Azancot fue “una venganza porque en mi editorial no le habían querido publicar su libro”.

No fue esta la primera ocasión en que Leopoldo Azancot utilizaba la expresión “fantasía irresponsable”. Lo hizo también en una crítica que hizo en las páginas del ABC (ABC del 30 de marzo de 1986) a la novela Flor de sal del menorquí Pau Faner.

 

 

 

Cuando estoy solo, no estoy.
Maurice Blanchot

Recuerdo que mientras escribía Una casa para siempre estuve oyendo días y días, obsesivamente, una canción de Tom Waits [Blow wind blow] que creía que tenía que ver con un ventrílocuo, porque en el videoclip aparecía uno. Fuera verdad o no, yo quería que el tono de la canción fuera el del libro; la utilicé como fondo permanente para que el libro tuviera unidad…

Enrique Vila-Matas, entrevista en la revista Quimera

El zafarrancho aquel de via Merulana

19/01/2018 Comentarios desactivados en El zafarrancho aquel de via Merulana

Carlo Emilio Gadda, El zafarrancho aquel de via Merulana, Traducción del italiano y nota de Juan Ramón Masoliver, Planeta, 1999.

Título original: Quer pasticciaccio brutto de via Merulana

Publicado por Garzanti Editore, 1957

Semejante arruga negra vertical entre las dos cejas de la ira, en el rostro blanquísimo de la muchacha, lo paralizó, le indujo a reflexión: a arrepentirse, o poco menos.

Con estas palabras concluye Gadda su novela y nos deja, a los lectores que hemos llegado hasta ellas haciendo el enorme esfuerzo de entenderle, paralizados, induciéndonos a reflexión: ¿deberemos arrepentirnos de haber dedicado tanto tiempo a leer algo con tanto esfuerzo para terminar así?

No me arrepiento. En las primeras páginas estuve a punto de abandonar, pero el barroquismo de las descripciones y de la forma de explicar situaciones cotidianas confiere tal irracionalidad a la racionalidad que pronto quedé sometido a las leyes de la narración que impone Gadda en su novela. Gratamente sometido.

Según Vila-Matas:

Gadda, fue un escritor del No muy a pesar suyo. “Todo es falso, no hay nadie, no hay nada”, dice Beckett. Y en el otro extremo de esta visión extrema encontramos a Gadda empeñado en que nada es falso y empeñado también en decir que hay mucho -muchísimo- en el mundo y que nada es falso y todo real, lo que le conduce a una desesperación maniática en su pasión por abarcar el ancho mundo, por conocerlo todo, por describirlo todo. (Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, 72)

Bibliografía:

– Marla Jacarilla, “Multiplicidad

Bartleby y compañía

15/12/2017 Comentarios desactivados en Bartleby y compañía

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, Anagrama, 2000

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía. La pregunta de Florencia, Seix Barral, 2015

 

La actitud realmente seria es aquella que interpreta el arte como un “medio” para lograr algo que quizá sólo se puede alcanzar cuando se abandona el arte…

Otra aplicación más del silencio: suministra tiempo para continuar el pensamiento o explorarlo. Notablemente, la palabra pone punto final al pensamiento.

Susan Sontag, “La estética del silencio

 

Por eso a veces insisto en que Bartleby y compañía, contrariamente a lo que se cree, no habla exactamente de escritores que dejan de escribir, sino de personas que viven y un día mueren, de gente que lee y de gente que un día deja de leer y de gente que muere sin haber leído nada y de gente que ama y deja de amar o ama sin ser amada, de oleadas y oleadas incesantes de seres inútiles y malolientes que vienen desde el fondo de los tiempos a hundirse, a hundirse aquí, que es a lo que venimos a este mundo, donde el instinto silencioso, el instinto de muerte, no necesita ni compañía, de tanta que tiene.

Enrique Vila-Matas, La pregunta de Florencia

 

Es el miedo al silencio que el le hace escribir a Vila-Matas un libro sobre los escritores que no escriben, y sobre los escritores que escriben y dejan de escribir. Los primeros son los que no han escrito nunca. Los segundos los que habiendo escrito algo algua vez, dejan de escribir, a veces porque ya no saben que decir, otras veces porque no saben como decir lo que quieren decir, otras porque creen que ya está todo dicho… y la mayoría de las veces, porque se mueren.

Si el lenguaje no sirve para nada, o si solo sirve para decir mentiras, o para hablar por hablar, para Vila-Matas el lenguaje y su escritura constituye una fuente inagotable de reflexiones y una demostración de su erudición literaria. Escribe sobre escritores reales o ficticios y copia textos de otros escritores, licencia que se permite a sí mismo con la disculpa de que no está escribiendo un texto, sino las notas a un texto que no existe: “notas sin texto”.

Por este libro singular desfilan autores, la mayoría reales, y obras literarias, pero también algunos músicos y artistas plásticos. En el siguiente enlace he recogido todos los autores y obras mencionados en este libro: Bartleby y compañía: notas a un libro de notas

 

B. Traven

14/12/2017 Comentarios desactivados en B. Traven

“Escritor esquivo donde los haya, Traven utilizó, tanto en la ficción como en la realidad, una apabullante variedad de nombres para encubrir el verdadero: Traven Torsvan, Arnolds, Través Torsvan, Barker, Traven Torsvan Torsvan, Berick Traven, Traven Torsvan Croves, B. T. Torsvan, Ret Marut, Rex Marut, Robert Marut, Traven Robert Marut, Fred Maruth, Fred Mareth, Red Marut, Richard Maurhut, Albert Otto Max Wienecke, Adolf Rudolf Feige Kraus, Martínez, Fred Gaudet, Otto Wiencke, Lainger, Goetz Ohly, Antón Riderschdeit, Robert BeckGran, Arthur Terlelm, Wilhelm Scheider, Heinrich Otto Baker y Otto Torsvan.

Tuvo menos nacionalidades que nombres, pero tampoco anduvo corto en este aspecto. Dijo ser inglés, nicaragüense, croata, mexicano, alemán, austriaco, norteamericano, lituano y sueco.”

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, 84

 

Rosa Elena Luján y Miguel Donoso Pareja, “Marut y Traven: de la praxis al servicio de la ideología a la ideología como praxis

Ponta Delgada

12/12/2017 Comentarios desactivados en Ponta Delgada

A causa de la luz azul y de las azaleas que separan los campos unos de otros, las Azores son azules. La lejanía es sin duda el embrujo de Ponta Delgada, ese extraño lugar en el que, un día, descubrí en un libro de Raúl Brandao, en Las islas desconocidas, el paisajhe al que irán a parar, cuando llegue su hora, las últimas palabras; descubrí el paisaje azul que acogerá al último escritor y la última palabra del mundo, la que morirá íntimamente en él: “Aquí acaban las palabras, aquí finaliza el mundo que conozco…”

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, 76

Los merengues

05/12/2017 Comentarios desactivados en Los merengues

Julio Ramón Ribeyro (1929-1994)

Julio Ramón Ribeyro -escritor peruano, walseriano en su discreción, siempre escribiendo como de puntillas para no tropezar con su pudor o no tropezar, porque nunca se sabe, con Vargas Llosa- albergó siempre la sospecha, que fue haciéndose convicción, de que hay una serie de libros que forman parte de la historia del No, aunque no existan.

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, 52

 

El merengue

Julio Ramón Ribeyro

 

Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, contó una por una las monedas -había aprendido a contar jugando a las bolitas- y constató, asombrado, que había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había simulado dormir para espiar a su mamá. Ahora tenía lo suficiente para realizar su hermoso proyecto. Después no faltaría una excusa. En esos callejones de Santa Cruz, las puertas siempre están entreabiertas y los vecinos tienen caras de sospechosos. Ajustándose los zapatos, salió desalado hacia la calle.

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