Invitado a una decapitación

21/08/2021 Comentarios desactivados en Invitado a una decapitación

Vladimir Nabokov, Invitado a una decapitación, Traducción de Lydia de García Díaz, Anagrama, 2021.

Edición original: Invitation to a Beheading, Weidenfeld & Nicolson, London, 1960.

Una novela kafkiana que, como su autor confiesa en el “prefacio”, no tiene nada que ver con Kafka. También, an algunos aspectos, puede considerarse como grouchomarxiana, sin tener nada que ver tampoco con Groucho Marx, aunque hay diálogos en la novela que podrían estar perfectamente en alguna de sus películas.

Cincinnatus, acusado del más terrible de los crímenes, ha sido condenado a muerte, por decapitación. Su crimen es la “depravación gnóstica, algo tan extraño e inenarrable que era necesario usar circunloquios tales como «impenetrabilidad», «opacidad», «oclusión»…”. Cincinnatus espera en su celda. Sabe que va a morir, como todo el mundo; no sabe cuándo ocurrirá, como todo el mundo, aunque él sabe que será pronto; y sabe cómo va a morir… esto es lo que le diferencia de la mayoría de las personas.

Lucius Quinctius Cincinnatus fue un patricio romano del siglo V a.C., reconocido a través de la historia como un arquetipo de la honradez, la integridad y otras virtudes, como la frugalidad rústica y la falta de ambición personal.

algunos fragmentos:

prefacio:
Los críticos emigrados, a quienes confundió pero gustó, creyeron distinguir en la novela cierto aire “kafkiano”, ignorando que yo no sabía alemán, desconocía absolutamente la literatura germana moderna y no había leído aún ninguna traducción inglesa o francesa de la obra de Kafka. Sin duda, existen ciertos lazos estilísticos entre este libro y, digamos, mis primeras obras (o la ya posterior Barra siniestra), pero no entre este y El castillo o El proceso. Las afinidades espirituales no tienen lugar en mi concepto de crítica literaria, pero si tuviera que elegir un alma gemela, sería por cierto aquel gran artista antes que G. H. Orwell o cualquier otro abastecedor popular de ideas ilustradas y ficción publicitaria.

p. 91:
Pero ya me había acostumbrado yo al pensamiento de que lo que nosotros llamamos sueños es una semirrealidad, una promesa de realidad, una visión anticipada, un soplo de ella; es decir, ellos contienen, en un estado muy vago y diluido, una realidad más genuina que nuestra jactanciosa vida de vigilia, que a su vez está semidormida; una somnolencia aciaga donde los sonidos y las visiones del mundo real fluctúan más allá de la periferia de la mente, como cuando uno escucha durante el sueño una espantosa historia terror porque una rama rasca el cristal de la ventana, o se ve a sí mismo hundido en la nieve porque la manta se ha resbalado.

p. 95:
Cuando era todavía niño, viviendo aún en una casa grande, fría, color amarillo canario, donde me preparaban, a mí y a cientos de otros niños, para una segura no-existencia como muñecos adultos, donde todos mis coetáneos se transformaban sin esfuerzo…

p. 134:
Recuerdo, por ejemplo, que cuando yo era niña había unos objetos llamados “nonnons” que eran muy populares, y no solo entre los niños, sino también entre los adultos, y, ¿sabes?, con ellos venía un espejo especial, no simplemente torcido, sino completamente distorsionado. No se sacaba nada en limpio al mirarlo, era todo confusión y, sin embargo, su forma no había sido deformada al azar, sino calculada de tal manera que… o, mejor aún, para combinar con su deformación, habían hecho…, no, espera, me explico mal. Mira, uno tenía uno de esos espejos locos y toda una colección de distintos “nonnons”, objetos totalmente absurdos, sin forma, abigarrados, llenos de agujeritos y nudos; pero el espejo que distorsionaba completamente los objetos ordinarios ahora conseguía resultados maravillosos, es decir, que cuando colocabas uno de estos objetos incomprensibles y monstruosos de modo que se reflejara en el incomprensible y monstruoso espejo, ocurría algo maravilloso: menos por menos era igual a más, todo quedaba restaurado, todo estaba bien, y la informe mancha se transformaba en el espejo en una imagen maravillosa y concreta: flores, un barco, una persona, un paisaje. Uno podía hacerse preparar su propio retrato así, te entregaban algo que parecía una pesadilla y aquello eras tú, pero la clave para revelarlo la tenía solo el espejo.

p. 139:
Estoy dispuesto a admitir que son también una mentira, pero ahora creo tanto en ellos que los lleno de verdad.

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