Museo animal

02/07/2021 Comentarios desactivados en Museo animal

Carlos Fonseca, Museo animal, Anagrama, Barcelona, 2017

Ilustración de la cubierta: Ekaterina Panikanova, “Giochi dall’interno” (2016)

Lo absolutamente inútil es lo que me interesa revelar. No conduce a nada, aquello que nunca ha conducido a nada. Si acaso intercambios por los pasillos del túnel, saltos entre pretendidas imágenes arquetípicas. Pero es irrelevante la pretendida trascendencia de todo esto. Solo un fosco humito, al final. El fosco humito que reporta. Nada.

Lorenzo García Vega

«Estamos fuera de la ley, nadie lo sabe y sin embargo todo el mundo nos trata conforme a ello.»

Franz Kafka, Diarios. Cuaderno segundo

Una intuición luminosa le dice que en el futuro las novelas serán algo así: almanaques ilustrados, catálogos enormes, gabinetes de curiosidades sobre los cuales los autores, meros copistas, escribirán comentarios.

… algo que solo saben los que participan en la gran marcha de los insomnes: que para un obsesivo no hay nada que tranquilice más que una obsesión compartida.

Un carnavalesco juego de máscaras que le hizo pensar que la historia era una gran farsa animada por una secta de artistas locos.

Estos «apuntes sobre la belleza y la destrucción» son una “hipótesis de lectura” insomne y obsesiva sobre desapariciones, identidades múltiples, plagios, anonimatos. Para ello el autor escribe una historia natural del camuflaje y de la destrucción, en la que convergen varias voces con las que crea una realidad subterránea. Si el arte, como se dice en algún punto de la novela, consiste en compartir obsesiones, nos encontramos ante una obra de arte. Más que una novela, esta “gran marcha de los insomnes” quizá sea una reflexión enciclopédica… o una enciclopedia reflexionada. El lector, al menos el que esto escribe, se siente en la necesidad de deconstruir todo lo que el autor ha ido construyendo a lo largo de más de cuatrocientas páginas…

algunas reseñas:

la deconstrucción del lector:

p. 15:
Como dice Tancredo, todo perro tendrá su hora.

p. 19:
… me comentó que un tal Thomas Browne, un tipo melancólico que nació y murió en el barroco siglo XVII, había postulado en una obra póstuma que la naturaleza y la cultura se encontraban en la repetición de una forma de cinco puntos llamada quincunce.

p. 48:
Recuerdo entonces que durante aquellos meses empecé una libreta de escenarios posibles en donde esbozaba distintas explicaciones de la escena que había visto en el bar: era una libreta de cuero rojiza, como la de Tancredo y la de Giovanna, donde daba rienda suelta a la imaginación y ubicaba a la lectora de periódicos dentro de historias más amplias. Había bautizado la libreta en la primera página con un título juguetón: Hipótesis de lectura.
[…]
Era un poco una libreta de historias para el insomnio, de narraciones patinando sobre el vacío…

p. 59:
… había llegado […] para reemplazar obsesiones. Había visto que yo era un obsesivo y se había propuesto cambiarme la obsesión.

p. 63: ¿ERRATAS?
… reconocía la figura del Subcomandante Marcos, esa especie de bandolero en las postrimerías del siglo XXI…

(¿postrimerías del siglo XXI?)

(Unas líneas más abajo aparece escrito Giovanni, en lugar de Giovanna)

p. 66:
… me contaría la historia de una isla en la que un grupo de insomnes se juegan la vida por ser otros.

p. 71:
… y a mí me llega a la mente un cuadro en donde el solitario mundo de los otros nos robaba los ojos para verse a sí mismo.

p. 72:
El tema era fijo: la máscara.

p. 73:
… algo que solo saben los que participan en la gran marcha de los insomnes: que para un obsesivo no hay nada que tranquilice más que una obsesión compartida.

p. 74:
… sus palabras tocaron algo en mí y me hicieron rememorar ese inmenso mural de Diego Rivera que de pequeño había visto en el Palacio Nacional: esa especie de historia abreviada de México dentro de la cual las formas parecían confundirse como si hubiesen sido trazadas por el mismo ciclón insomne.

Diego Rivera, Mural en el Palacio Nacional

p. 75:
Entonces lo vi: un cuadro insípido entre otros cuadros insulsos, un cuadro geométrico y simple hasta más no poder, que sin embargo se volvía complejo si uno lo miraba con cierto detenimiento. No es que el cuadro fuese un juego óptico. Nada menos cierto. Muy por el contrario, todo en aquel cuadro parecía ser exactamente lo que era: un hombre pálido sentado en su escritorio de trabajo mirando por una ventana. Y sin embargo, cuando se lo miraba detenidamente, el cuadro empezaba a ganar cierta densidad: aparecía la terrible soledad del hombre en esa ciudad ficticia que apenas se insinuaba en el breve fragmento de edificio citadino que manchaba la esquina inferior de la imagen. De otra manera el cuadro era eso: un hombre pálido sentado entre ventanas, mirando el cielo despejado de una ciudad cualquiera. Algo, entonces, empezaba a mutar: aparecía esa segunda ventana que era en sí la nuestra, la ventana desde la cual el observador miraba al hombre mirando. Recuerdo que busqué el título y hallé en él la misma literalidad plana de la imagen: Office in a Small City , 1953. El nombre del pintor, Edward Hopper, me sonó conocido pero no llegué a hacerme una imagen exacta de su obra. […] Y de repente lo vi claro: aquella imagen era la encarnación del insomnio. No importaba que en aquella ciudad ficticia, tan frágil y leve, el cielo estuviese despejado y el hombre apareciese iluminado por la luz. Aquella era la imagen de un hombre que en pleno día se soñaba insomne, doblado por ventanas, ajeno al tiempo real.

Edward Hopper, «Office in a Small City» (1953)

p. 77:
Lo primero que me había chocado en los cuadros de Edward Hopper había sido su sencillez apabullante, esa literalidad total detrás de la cual, poco a poco, algo sin embargo parecía retraerse. Algo parecía erizarse dentro de eso que, de otro modo, habría parecido un mero panorama de postal. […] Hopper es el gran paisajista del insomnio americano, me dije, pero el accidental juego lingüístico me pareció vulgar. Preferí una cita que aparecía en la contraportada del libro: «Hopper is simply a bad painter, but if he were a better one, hewould probably not be such a great artist. » Me gustó esa idea de que en el fondo se tratase de un pintor malo, de un pintor anacrónico que en plena modernidad, mientras sus compatriotas se dedicaban a esparcir pintura sobre el lienzo, se hubiese dado a la tarea de retratar paisajes. El gran acierto de Hopper era ese: retratar la intimidad del paisaje que apenas se insinúa. Pasando las páginas llegué a otro cuadro. Se titulaba Morning Sun y estaba fechado en 1952. En él una mujer en camisón yace sentada en la cama, de perfil y con las piernas recogidas. El cuadro está marcado por la luz que atraviesa el cuarto e ilumina el rostro de la mujer, que a su vez parece observar con una paciencia total ese mundo que apenas se insinúa detrás de la ventana. Detrás del marco de la ventana apenas se muestra muy poco: los últimos despuntes de un edificio citadino de ladrillo rojo. Mirando ese cuadro, me dije que eso era lo que hacía de Hopper el gran paisajista americano: la forma en que invertía la lógica del género. Mostrarnos al insomne que mira y no al paisaje.

Edward Hopper, «Morning Sun» (1952)

p. 80:
Saqué entonces mi pequeña libreta de apuntes y, allí donde hasta entonces decía Hipótesis de lectura, escribí un título que me pareció más adecuado: La frontera invisible.

p. 83:
Sentí una alegría infantil al decirme que La frontera invisible sería eso: una enorme exposición sobre la mirada animal, un enorme desfile de ojos.

p. 87:
… pretende disolver lo real en una enorme red de alusiones disparatadas.

p. 92:
Entonces lo había visto emerger lentamente: ya no meramente el animal dentro del paisaje, sino el animal-paisaje, el animal que era en sí el paisaje dentro del cual nosotros habíamos intentado buscarlo. Me había vuelto para mirar el nombre tal y como lo presentaba la pequeña placa: «Mula del Diablo, Costa Rica». Más abajo, en un aparte que quedó grabado en mí por mucho tiempo, se leía: «Fásmido». Había visto emerger a ese pequeño fásmido con la impresión de que no se trataba de un camuflaje típico, sino de algo más siniestro: un animal que poco a poco devoraba el paisaje con la secreta ambición de convertirse en paisaje. Años más tarde encontraría en el libro de un filósofo francés los conceptos necesarios para pensar lo que allí meramente ocurría: la copia devoraba el modelo.

Mula del Diablo

p. 118:
La historia se la ha narrado su abuelo a lo largo de numerosas veladas, en fragmentos dispersos a través de un sinnúmero de sabbats. Es una historia que según lo que ha escuchado comienza precisamente allí, en Toledo, una tarde cualquiera en la que Yusef Abenxuxen, hijo del más hábil ministro financiero de Alfonso VIII de Castilla, se empeña en que será él quien logrará convencer al rey de que la plegaria de los suyos también merece casa. Será él quien convencerá a la corona de que Toledo necesita una sinagoga. Se acerca el siglo XII y una nueva ola de antisemitismo ha levantado la ansiedad de los judíos toledanos. Usando sus influencias, contrariando a su padre, Abenxuxen consigue una cita con el consejero del rey. En una tarde lluviosa, sentado frente a un hombre que no parece escucharlo, intenta explicar la necesidad de ese templo que imagina, bajo los conceptos de las sagradas escrituras, como un espacio de silencio, plegaria y ley. Al cabo de una hora, cansado de lidiar con la retórica de ese joven entusiasta, el consejero lo despacha asegurándole que llevará sus protestas al rey, aunque duda que la reacción sea positiva. Así que dos días más tarde, cuando la respuesta alcanza a Abenxuxen en plena cena, la sorpresa no es menor: el rey ha aceptado. El problema es otro: no abundan arquitectos judíos. El edificio, subraya el mensajero, tendrá que ser diseñado por arquitectos moros. Yusef no desespera. Joven, pragmático, sabe que lo importante es tener la fortaleza en pie. El problema recae en otra parte: convencer a los viejos rabinos. No tarda en vislumbrar una nueva salida. Recuerda a un amigo suyo al que siempre se le ve dibujando, concentrado en diseños arquitectónicos que sin embargo nunca ejecuta. Se le ocurre que de convencer a ese arquitecto aficionado, de lograr que forme parte del grupo de arquitectos moros, los rabinos aceptarán. Ese arquitecto original, le ha contado su abuelo, es el primero del linaje familiar. Se llama Yosef Ben Shotan…

Jenaro Pérez Villaamil, Primera Sinagoga de Toledo (1842)

p. 121:
Una intuición luminosa le dice que en el futuro las novelas serán algo así: almanaques ilustrados, catálogos enormes, gabinetes de curiosidades sobre los cuales los autores, meros copistas, escribirán comentarios.

p. 138:
… en las callejuelas oscuras del Bowery, esa zona de prostitución y fiesta que ha visto retratada en las fotografías sociales de Arthur Fellig, mejor conocido como Weegee.

Weegee, «Cheers”

p. 139:
… con tres boricuas acabados de llegar a eso que ellos, con su picardía usual, se limitan a llamar “Loisaida”.

p. 140:
… en él, la idea de la fotografía como un arte de negativos convive con la imagen del Gaspard-Félix Tournachon adentrándose en las catacumbas parisinas, dispuesto a retratar, desde dentro, el subsuelo parisino.

Nadar, Autorretrato en las catacumbas de París (1861)

p. 149:
… recuerda haber esbozado sus ideas en una pequeña libreta de cuero rojizo en cuya página titular había rayado un título memorable: Apuntes sobre la belleza y la destrucción.

p. 154:
Escucho las anécdotas del viejo y me digo que contar historias, como jugar al ajedrez, es proponer falsos futuros. Como el ajedrecista, el narrador es aquel que produce falsas expectativas.

p. 155:
Aprender a narrar es proponer naufragios…

p. 156:
Le sigue una travesía latinoamericana que es una suerte de reverso negativo de aquellas grandes travesías clásicas de los grandes viajeros. Allí donde Humboldt encontró la imagen de una América silvestre y sublime, ellos encuentran la imagen de una naturaleza ruinosa, repleta de basura. Allí donde William Walker encontró la ausencia total de estado, ellos encuentran residuos del poder estatal por todas partes. Allí donde Franz Boas encontró la naturaleza de lo desconocido, ellos parecen encontrar un siniestro espejo de sí mismos.

p. 156-157:
… apunta en la libreta de su esposa dos fragmentos del diario de uno de sus filósofos favoritos. Dos sueños que, según él, sugieren que al final de todo viaje no hay más que una risa de desilusión. El primero, que Toledano subraya con tinta roja, se titula “Embajada mexicana” y dice así:

He soñado que estaba en México, como miembro de una expedición científica. Tras cruzar una selva virgen de altos árboles, llegamos a un sistema de cuevas a flor de tierra en la montaña, donde desde los tiempos de los primeros misioneros continuaba la labor de conversión entre los nativos. En una gruta central inmensa y rematada en punta a la manera gótica se estaba celebrando un servicio divino según el más antiguo rito. Entramos y presenciamos su fase culminante: ante un busto de madera de Dios Padre que se mostraba instalado a gran altura en alguna parte de una pared de la cueva, un sacerdote alzaba un fetiche mexicano. Entonces la cabeza divina se movió tres veces de derecha a izquierda.

p. 164:
La herencia es algo así: una carta escrita desde el pasado que nunca llega al presente.

p. 168:
… consideraba que todo aquello formaba parte de su obra artística y que el arte, como se sabe desde los griegos, es un régimen soberano, más allá del bien y del mal, más allá de la moral y del juicio legal. […] Para apoyar esa defensa preliminar había decidido citar, como antecedente, una obra en concreto: la obra Happening para un jabalí difunto producida en 1966 por los artistas argentinos Raúl Escari, Roberto Jacoby y Eduardo Costa, en la que los artistas habían logrado que los medios populares reprodujeran un acontecimiento que nunca había ocurrido, un falso reportaje de lo que pudo ser pero nunca sucedió.

p. 169:
En internet encontré un manifiesto en donde los tres artistas hacían un llamado a imaginar un arte nuevo, basado en la forma en que la sociedad de masas producía el sentido a través de la circulación de información. Un acontecimiento, decían ellos, no era ya simplemente el evento mismo sino la imagen que los medios producían del acontecimiento. Tocaba mostrarle al mundo que un evento inexistente podía perfectamente existir si los medios querían. Me gustó la idea. […] Se me ocurrió que tal vez la historia universal era algo así: una gran mentira que los historiadores habían confabulado en contra nuestra, hilando pequeños desvíos. Una gran mentira de la que despertaríamos demasiado tarde.

p. 177:
El primero, compuesto por ciento setenta y cuatro cuadernos, se titulaba El arte en juicio y exploraba una serie de casos en los que el arte había sido llevado ante los ojos de la justicia. Con una caligrafía frágil pero altiva, se detallaban allí más de quinientos casos en los que distintos artistas habían sido llevados a corte. Se pasaba del juicio renacentista contra Paolo Veronese al juicio contra Constantin Brancusi, del juicio contra Benjamin Vandergucht al famoso juicio Whistler vs. Ruskin. No se trataba, sin embargo, de un libro propiamente dicho. Parecía aquello más bien un gran archivo de casos, sobre los cuales la autora se había limitado a esbozar, en los márgenes, algunas anotaciones teóricas. El segundo proyecto, bosquejado en tinta roja sobre los restantes setenta y tres cuadernos, se titulaba El gran Sur y trazaba una teoría escatológica en torno a la historia del anarquismo milenarista. Se trataba nuevamente, según la especialista, de una serie de casos puntuales sobre los cuales la autora construía una conclusión feroz y arbitraria: el apocalipsis vendría del sur y su signo sería una gran ola de fuegos.

p. 186-187:
Le pareció sorprendente el nivel de detalle: la forma en la que los cuerpos se mezclaban entre sí sin perder por eso la forma ni la postura, cada cual congelado en una pose distinta. Algunas imágenes le llamaron la atención: una oreja enorme desde la cual un pequeño diablo oscuro parecía jalar de las orejas a un hombrecito desnudo, el dibujo de un naufragio sobre el cual hombres y animales parecían patinar plácidamente, un gran huevo roto dentro del cual un conjunto de hombres animalizados jugaban a las cartas. En la parte superior de esa pared Burgos descubrió, dibujado, un cielo apocalíptico sumido entre tinieblas catastróficas: volcanes, fuegos y guerras que le hicieron recordar los tatuajes que marcaban la piel del tartamudo. Tampoco se detuvo en ese recuerdo. Prosiguió a la segunda pared del mural, adornada por una pintura igualmente abigarrada pero más clara, una suerte de versión lúcida de la pintura anterior, sobre la cual aparecían las mismas figuritas humanas, esta vez dotadas de una ingravidez extraña.

El Bosco, «El jardín de las delicias» (c. 1500)

p. 188-189:
El cuento se titulaba «Breve relación de la ciega construcción», y narraba las vicisitudes de un pueblo cuya ambición arquitectónica conducía a sus habitantes hasta los límites de la locura. La construcción, pensó mientras leía, del infierno tan temido. Burgos se limitó a leer aquella extraña historia hasta llegar a un párrafo que le pareció bellísimo. Un párrafo que él, que hacía más de diez años que no había leído un libro, leyó tres veces, en un intento de comprender qué se escondía detrás de aquellas líneas:

Aunque hace ya tiempo que partí del pueblo, han vuelto a hostigarme las pesadillas. Cosas simples y contradictorias, mis pesadillas. Algunas veces sueño con un desierto, un largo y silencioso desierto que extiende sus brazos de arena cubriéndolo todo. Otras veces sueño con una extensión indeterminada y verde, un innombrado prado donde nace, ante mis ojos, la rosa más roja que jamás he visto. Luego, igual de roja e intensa, nace otra, y otra, hasta que todo el terreno queda habitado de rosas que cubren todo el verdor, como si el terreno mismo se convirtiera en una inmensa rosa carmesí. Cuando despierto, grito a flor de piel, no me explico por qué un sueño que hasta podría describirse como hermoso me causa tanto horror.

No encontró respuesta alguna a su fascinación, pero algo en él se dijo que la verdadera belleza era algo así: una flor que crecía sobre un desierto inmenso hasta convertirse en pesadilla. Volvió entonces a releer el texto y, sin saber explicar exactamente qué historia era aquella, sintió que era una historia de violencia: una historia alarmante e imposible como la testaruda fuerza de las hormigas. Una historia inútil y utópica, pensó. Sobre la esquina inferior derecha de la página, con la misma caligrafía ovalada, alguien había escrito los datos bibliográficos: Bruno Soreno, Breviario , 2002. Burgos repitió el nombre como se repiten las cosas extrañas, con cierto desasosiego y confusión. Soreno : el apellido no era común en la isla. Bruno : el nombre le sonaba a perro gringo, a duque austriaco, pero no a nombre boricua. Bajo el nombre, un pequeño dibujito parecía retratar una muralla muy larga, una muralla que a Burgos le recordó las fábulas sobre la muralla china que en su infancia su padre le contaba. Se dijo que todo era así: que la vida era un proyecto que los hombres tomaban para gastar el tiempo, para esconder el hecho de que los trabajos de los hombres son inútiles, magníficos pero inútiles como las bellas plumas de un faisán.

p. 193:
… explicando cómo en 1926 el escultor rumano Constantin Brancusi había enviado desde París su pieza Bird in Space para una exposición dedicada a su obra que debía tener lugar en la galería Brummer de Nueva York. A medio camino, la aduana neoyorquina había detenido la pieza, argumentando que al no parecerse al pájaro que su título sugería, esta no calificaba como arte y por ende caía bajo la sección de objetos útiles, sobre los cuales había un impuesto de importación de un cuarenta por ciento. Brancusi, furioso e incapaz de comprender cómo su pieza había terminado en la sección de artículos de cocina, decidió llevar la situación a corte.

Constantin Brancusi, Bird in Space (1923)

p. 196:
Hasta ese momento juraba que ni siquiera su mentora había leído aquella monografía sobre John Reid, un personaje ficcional que había encontrado leyendo un libro del antropólogo Michael Taussig. Según se comentaba allí, de pasada, el artista australiano John Reid, luego de vender por una millonada la granja familiar, había imaginado un proyecto singular. Tal vez envuelto en un impresionante tedio, había imaginado un enorme collage sobre los desaparecidos latinoamericanos, un collage que habría sido otro mural más de no ser por el material con el que Reid había pensado construirlo. Inmerso en su megalomanía tardía, el australiano había decidido que su entrada en el mundo del arte sería grandiosa: el collage lo construiría con recortes de dinero. Meses más tarde, cuando el escuadrón de fraude de la policía federal australiana llegó a su casa, Reid no pudo sino argumentar que aquella enorme mutilación monetaria era su gran obra maestra.

p. 197:
El arte moderno no es sino la historia del arte. La obra moderna no es sino la construcción del marco desde el cual un objeto se vuelve comprensible para el público como arte.

p. 199:
«Alguien como usted, capaz de ver las resonancias conceptuales del trabajo de Jacoby, Escari y Costa sobre el trabajo del belga Francis Alÿs, será capaz de comprender la tradición dentro de la cual se inscribe mi proyecto, un proyecto que ahora mismo me tiene encarcelada, a punto de sobrellevar un terrible juicio…» Luego, la carta volvía a discutir algunas de las obras principales del belga, obras como El coleccionista, El rumor o Doppelgänger; obras que, según la acusada, «ponían a circular falsas ficciones dentro del circuito de las ficciones oficiales».

Francis Alys, Cuando la fe mueve montañas

p. 206:
… el rumor del arte era capaz de destrozar las respetables certezas de la ley.

p. 208:
Las obsesiones son siempre privadas, pensó, mientras se adentraba en la noche.

p. 212:
La verdadera locura, pensó, era que hubiera dos locos con la misma obsesión.

p. 214:
… animales que en plena selva tropical jugaban al camuflaje.

p. 221:
Comentó que durante el primer año después de su llegada a la torre la gringa parecía estar obsesionada con un evento en específico: la muerte, ocurrida el 22 de marzo de 1978, del famoso funambulista Karl Wallenda. El insigne patriarca de la familia de trapecistas más famosa del mundo había caído a su muerte esa tarde, víctima de un vendaval inesperado mientras caminaba por la cuerda floja entre dos edificios en El Condado, la zona turística más conocida de la isla.

p. 224:
Baudelaire, Flaubert, Wilde, Joyce, Pound, Brecht, Burroughs, Nabokov, Brodsky, Onetti, Pasolini, Bernhard. En cada uno de los casos, la literatura ante el juez. También allí, en la literatura, hay una disputa entre el oficio y la ley. Recordar siempre al joven Kafka, que a los veintisiete años escribe en su diario: «Estamos fuera de la ley, nadie lo sabe y sin embargo todo el mundo nos trata conforme a ello.» Siempre recordar a Kafka, el gran soltero de las parábolas imposibles.

p. 225:
Pensó que si algún día se animaba a escribir esa historia, ya tenía incluso el título preciso: La conspiración Wallenda.

p. 233:
“Así como el sueño es el punto álgido de la relajación corporal, el aburrimiento lo es de la relajación espiritual. El aburrimiento es el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia. Basta el susurro de las hojas del bosque para ahuyentarlo.”

p. 234:
Obsesivo, aburrido, insomne.

p. 237:
“No hacer absolutamente nada es la cosa más difícil del mundo, la más difícil y la más intelectual.” Esta vez la cita sí venía firmada. La firmaba un tal Oscar Wilde…

p. 246:
Muy recientemente un escritor español había sido llevado a juicio por la viuda de un reconocido autor al intentar reescribir, en clave cómica, uno de los libros menos conocidos de su marido.

p. 249:
… le recordó las famosas máquinas de Rube Goldberg que tanto le fascinaban de chico. El recuerdo de aquellas máquinas abismales le hizo pensar que tal vez todo el enigma se trataba de algo muy sencillo…

p. 250:
B. Traven, Hart Crane, Ambrose Bierce, Arthur Cravan: desaparecer en el temible Sur. Convertir la desaparición en la propia obra. Antonin Artaud, Malcolm Lowry, William Burroughs, Jack Kerouac: desaparecer entre los infiernos y regresar, como Dante, para contar la historia. La única verdadera obra es la desaparición misma.

p. 251:
Buscó en internet datos relevantes sobre la vida de B. Traven, primer nombre en la lista. Lo primero que le sorprendió fue la foto que encabezaba el perfil de Wikipedia, un montaje doble donde aparecía el escritor de perfil y de frente, con una pose y cara que le hicieron pensar más en un mugshot que en cualquier otra cosa. Un bigote saltarín y cierta mueca de seriedad, acompañadas por una boina de cuadros, le hicieron pensar que el hombre que allí aparecía retratado se reía de la cámara. Aquel hombre, pensó, tenía cara de perro, de uno de esos perros buena gente y leales que sin embargo terminan por burlarse de nosotros. Todo, pensó, parecía un chiste, el marco de entrada para una de esas irónicas películas posmodernas que de vez en cuando le gustaba ver junto a su novia. La historia que leyó entonces no lo defraudó. Era aquella una compleja historia de desapariciones y anonimatos, una picaresca trasatlántica que a él le pareció extrañamente similar a la de su cliente. Un carnavalesco juego de máscaras que le hizo pensar que la historia era una gran farsa animada por una secta de artistas locos.

B. Traven

p. 257:
Traven, pensó Esquilín, había sido tantos para finalmente poder ser ninguno.

p. 259:
… la silueta maciza y gris del fiscal […] la pose arrogante que gana la ley conforme pasan los años, los rizos grises y decadentes de la mediocridad, los gestos pausados y complacientes de los que han llegado a confundir la verdad con el poder.

p. 260:
… pensó que la ley no era otra cosa más que una jerga privada que los letrados habían inventado para burlarse del resto de los civiles. Un idioma incomprensible y vacío detrás del cual se escondía la temible verdad de que la ley es, al fin y al cabo, un asunto totalmente arbitrario.

p. 263:
… como parte de una banda de circo experimental que partía de las premisas del teatro del oprimido de Augusto Boal.

p. 264:
… el arte no era sino su propia historia, aquella que llevaba al momento presente y que pedía, a gritos, la irrupción de lo nuevo. A esa iluminación le seguirían años de labor intensa, años de apuntes y lecturas, que terminarían la tarde en la que, flotando sobre las ventosas aguas del lago de Atitlán, la imagen del volcán Panajachel terminó por regalarle la pieza que le faltaba: todo arte implica un juicio. El arte era la historia del juicio sobre el arte, se dijo entonces, como si de un trabalenguas se tratara.

p. 267:
… pequeñas colonias anarquistas que una manada de locos había construido hacía casi dos siglos, durante la fiebre del socialismo utópico.

Topolobampo (1886-1894)

Colônia Cecília (1890-1893)

Canudos (1893-1897)

Nueva Australia (1893-1894)

Nueva Germania

p. 272-273:
… sacó el libro de Vallejo y se puso a leer un poema cuyo título, “Epístola a los transeúntes”, le pareció apropiado para la situación […] Releyó el poema tres veces, hasta sentir las siluetas de una imagen clara: creyó ver, en una calle italiana, a un pequeño hombre de imponentes bigotes abrazar a un caballo que acababa de ser castigado. […] Recordó la levedad de los caminantes de Giacometti, la elegante fragilidad de los caballos, los contornos de los fuegos que tanto le atraían.

Alberto Giacometti, Horse (1951)

p. 274:
… encontró un título y un nombre: Tierra arrasada, Óscar Farfán.

Óscar Farfán, «Tierra arrasada»

p. 275:
La política de tierra quemada o de tierra arrasada es una táctica militar consistente en destruir absolutamente todo lo que pudiera ser de utilidad al enemigo cuando una fuerza avanza a través de un territorio o se retira del mismo. El origen histórico del término tierra quemada proviene seguramente de la práctica de quemar los campos de cereales durante las guerras y conflictos en la antigüedad. Sin embargo, no se limita en absoluto a cosechas o víveres, sino que incluye cualquier tipo de refugio, transporte o suministro al enemigo.

[…]
… asociaba la táctica de la tierra arrasada con las estrategias militares del general William Sherman y su famosa Marcha hacia el Mar. […] se mencionaba que la táctica de la tierra arrasada había sido utilizada despiadadamente por las fuerzas militares durante la guerra civil guatemalteca.

F.O.C. Darley, «Sherman’s March to the Sea»

p. 284
Otro amigo, estudiante de arquitectura en Santa Bárbara, sugirió copiar las ideas de un italiano llamado Paolo Soleri, quien llevaba años planificando la construcción de una comuna ecológica a las afueras del desierto de Arizona.

Arcosanti

p. 284:
Una tarde, mientras caminaban drogados por el Hotel Casino de la Selva, entre murales de Meza y Siqueiros, comprendieron que si algo necesitaba aquella colonia era una forma precisa, una geometría que les dijera a los astros que ellos estaban allí para quedarse. Agins propuso la famosa Rosa Polar, descubierta por Luigi Guido Grandi en 1725.

José Reyes Meza, Mural en el Hotel Casino de la Selva (fragmento)

p. 289:
… todas las historias son historias de ruinas.

p. 293:
… aquello que llamaba la poética sociológica del rumor. Todos lo vimos invocar la obra The Rumour , la cual Alÿs había llevado a cabo en 1997 y en la cual el artista había logrado concretar, con la ayuda de tres colaborares locales, la falsa historia de un hombre que un día salía de su hotel a caminar y no regresaba. Con la ayuda de tres miembros de la comunidad de Tlayacapan, Alÿs había logrado diseminar la historia de tal manera que la imaginación local se había encargado de hacer el resto: imaginar una fisionomía para ese personaje ficticio, una edad, un perfil. Tres días más tarde, con las posibles explicaciones sobre su misteriosa desaparición circulando por doquier, la policía había llegado incluso a emitir un afiche con un esbozo tentativo del perfil del individuo. Tal y como explicaba Porras, el asunto era explorar los modos de circulación mediante los cuales se construían las verdades públicas.

p. 298:
… la acusada sugería que todo arte llevaba al juicio, que todo arte era, a fin de cuentas, la puesta en escena de la discrepancia entre la ley del presente y la ley del futuro, entre el lenguaje legal y el lenguaje artístico.

p. 316:
Se trataba de una mención que la acusada hacía de un evento ocurrido durante el año 1646, cuando un judío de nombre Sabbatai Zevi, nacido en la ciudad de Esmirna, se proclamó como el Mesías y profetizó que el final de los tiempos llegaría dos años más tarde, en 1648. […] Lo extraño de aquella historia […] era que, en vez de descartarlo como un mero impostor, era precisamente su fallo lo que disparaba su fama. Desde entonces, se le veía en las plazas públicas, bañado en honores, proclamándose como el Mesías. Incapaz, sin embargo, de profetizar el verdadero final. Un hombre […] viviendo después del final de los tiempos.

Sabbatai Zevi

p. 324:
… la selva no ha hecho sino contradecir sus expectativas. Allí donde esperaban encontrar a los nativos desnudos, han encontrado a hombres vestidos con camisetas de bandas de rock. Allí donde esperaban encontrar la exuberancia natural, han encontrado vertederos de basura. Allí donde esperaban encontrar la ausencia del poder, han encontrado la omnipresencia del Estado. Adondequiera que van encuentran policías, solemnes agentes fronterizos que para batallar el aburrimiento se empeñan en revisar sus documentos de viaje. Lejos de ser el jardín soñado, la selva se empeña en mostrar su cara más moderna: su cara ruinosa de ciudad fronteriza.

p. 326:
Sueña que afuera no hay naturaleza, que la naturaleza es un vacío enorme, un vértigo en donde la historia pierde la razón. Y en el sueño todo es plácido y terrible a la vez.

p. 340:
El fin le pertenece al sur. No hay duda: allá está Davide Lazzaretti, el mesías de Monte Amiata, allá están los braceros andaluces, allá está Piana dei Greci. Aunque los gringos nos los nieguen, no hay otra: la esperanza está en el sur. Se equivocaban los muchachos, sin embargo, al buscar el Sur en Europa. Lo supo bien Aguirre, lo supo mi viejo pariente el loco de Sherman, el verdadero Sur está en América.

Davide Lazzaretti

p. 346:
A todos nos toca afrontar, en algún momento, el legado de una generación que apenas tanteaba en la oscuridad.

p. 349:
… en otros pueblos también hay fuegos, incendios subterráneos que llevan años, décadas, siglos ardiendo en discreto silencio. Un día el muchacho descubre que su pueblo no está solo. Leyendo el reportaje que sobre el pueblo ha escrito un periodista neoyorquino, descubre que la lista es extensa: desde la famosa Burning Mountain australiana hasta el Brennender Berg alemán, desde las estepas de Xinjian hasta las Smoking Hills canadienses, la lista se le presenta como un gesto de solidaridad. Descubre así mismo un dato que le parece aterrador: algunos de estos incendios llevan más de mil años activos. Lee el dato y de repente la imagen le llega clara: imagina que allí, bajo la falsa solidez del suelo, se esconde otra historia, una historia subterránea, con conflictos y resoluciones, con pasiones y tristezas, con tempos y rutinas. Una historia geológica que le hace pensar en el inframundo de los mitos griegos, en el antiguo Hades y en el diligente Caronte. Algo, sin embargo, no encaja. No se trata acá de una historia mítica. Se trata de algo real, duro, terriblemente fugaz pero concreto como lo es el fuego.

Centralia
Brennender Berg (Grabado de Georg Arnould)

p. 355:
Es por esos años cuando comienza a escribir. Sobre pequeñas libretas rojas marca Profile, esboza una serie de apuntes que al cabo de un año decide llamar A Brief History of Destruction . Se trata de una historia de la destrucción, una historia natural del fuego, una travesía por esa historia larga y flaca que lo obsesiona.

p. 359:
Un viaje en el que ve de cerca muchísimas cosas que había jurado que nunca vería: ve morir en plena calle a un hombre negro, ve paisajes desolados y otros magníficos, ve a una prostituta que llora en plena calle, ve a un oso enorme comer peces rojos que caen de una cascada, ve a un migrante mexicano caer rendido a su pies pidiendo ayuda, ve a un hombre ciego tocar el acordeón, ve a un niño de diez años escupir sangre, ve paisajes incendiados y otros en ruinas, ve hombres caer cansados frente al sol,ve hombres partir hacia la guerra y otros regresar muertos, ve a un perro ladrarle al cielo, ve un extraño horizonte color turquesa bajo el cual cree divisar una enorme fila de hombres cansados desfilando hacia el norte mientras él se empeña, testarudo, en abrirse paso hacia el sur.

p. 361:
… recuerda una vieja fotografía del propio Nadar en las catacumbas, sentado frente a un epitafio ilegible, rodeado por botellas como si se tratase de un borracho. Recuerda la imagen de un hombre cargando a sus espaldas una carreta repleta de osamentas. Un hombre pálido y flaco que, según había leído en el mismo libro, no era ni siquiera un hombre, sino una estatua de cera que el propio fotógrafo había creado como modelo, en aquellos tiempos en los que tomar una foto duraba horas.

Nadar, «Catacumbas de París»

p. 368:
… cuenta la historia de cómo Alexander von Humboldt, mientras atravesaba los llanos venezolanos en busca de anguilas eléctricas, encontró a un hombre singular. Halló, en plena llanura, una magnífica máquina eléctrica, con discos cilíndricos y electrómetros, con baterías, todo bien montado, una máquina tan o más completa que aquellas que había visto en Europa. Preguntó Humboldt entonces por el dueño de aquella máquina y unos llaneros ociosos lo dirigieron hasta una cabaña terriblemente sencilla, donde un gordo de bigote impresionante tomaba café. Se llamaba Carlos del Pozo y según él mismo les contó había construido aquella máquina a partir de lo que había leído en dos manuales clásicos: el Traité de Sigaud de la Fond y las Memorias de Franklin. Llanero desde siempre, nunca había salido de aquel vasto territorio, nunca había viajado a Europa ni al norte. Aquella tarde Humboldt la pasó con aquel hombre maravilloso, en cuyos modales toscos no se hallaba rastro alguno de la Europa que recordaba, fascinado por el hecho de que en aquellas vastas soledades, donde los nombres de Volta y de Galvani parecían ser desconocidos, un hombre común hubiese construido una versión exacta de aquella máquina que ponía a los europeos a soñar.

Alexander von Humboldt, Lettres américaines, p 99 (Carta a D Guevara Vasconcellos)

p. 373-374:
Ha recordado entonces la historia que le contó un amigo mexicano: la historia de un pintor, un loco prestigioso, que se había pasado la vida pintando las distintas facetas de un mismo volcán. Le habían llegado rumores de que un campesino había visto nacer, sobre una loma, el cráter de un volcán, y él, incasable en su obsesión geológica, no había tardado en dirigirse para allá. Diez años más tarde el viejo barbudo tenía más de dos mil esbozos y pinturas de aquel incipiente volcán. Dicen, los que lo conocieron por aquella época, que tenía, calcadas sobre el rostro, las penas de una locura más lúcida que cualquier otra, una locura suave como un disfraz que alguien se pone un día y no vuelve a quitarse nunca. Dicen, los que lo conocieron en su época tardía, cuando vivía de vagabundo en un hotel abandonado de Cuernavaca, que su lucidez era exacta, puntual, monotemática como lo es la lucidez de los grandes obsesivos.

Gerardo Murillo (Dr Atl), Ilustración del nacimiento del Paricutín

p. 390-391:
El poder solo se expresa en la capacidad para la destrucción. Habría que pensar la destrucción en sí como una categoría política. Estética también. El creador crea destruyendo. El político construye un nuevo mundo entre las ruinas. Habría que pensar esa relación inicial entre el arte y la política, esa violencia inicial que irrumpe tan pronto el pintor decide manchar, con un trazo inicial, el lienzo. Pensar la violencia de la primera línea, del primer trazo, del primer verso. Una violencia inicial, que no derrame sangre sino que abra espacios. Un mundo nuevo salido de las llamas como lo pensaron los griegos, un mundo nuevo salido de una violencia repleta de misericordia y pasión como lo imaginaron los dioses. Habría que pensar ese acto de destrucción como la base misma de toda política posible, como la posibilidad misma de hacer temblar los fundamentos. Escribir una historia natural de la destrucción como si se tratara de un tratado sobre estética.

p. 391:
… diciéndose que algo así tendría que ser el arte del futuro: una empresa contra el mundo y contra la representación del mundo, un grito ahogado en pleno océano, que solo escuchan las algas y los peces.

p. 402:
Yo vi las tierras arrasadas de mi tatarabuelo Sherman y en ellas, en un reflejo que no olvidaré jamás, las tierras que años más tarde arrasarían las fuerzas de Efraín Ríos Montt. Vi a un niño perdido en un voraz ciclón histórico que no lo dejaba quieto, batallando en un teatro cruel que no obedecía ley alguna: ni la de la farsa ni la de la tragedia ni la de la comedia.
[…]
Algún día volvería a aquella escena y entendería lo que yo había visto: esa larga cadena de injusticias que terminaba en una escena que fingía el fin del mundo y sobre cuya sombra crecía la larga estela del desencanto.

Óscar Farfán, «Tierra arrasada»

p. 406:
Un par de meses más tarde, a finales de mayo de 2014 -cuando todavía incapaz de hallar el tono adecuado pasaba las tardes esbozando comienzos fútiles-, la noticia apareció en la prensa: en un comunicado pronunciado por el Subcomandante Marcos en las tempranas horas de la madrugada en la comunidad La Realidad, en Chiapas, este había anunciado el fin y la desaparición del personaje llamado Marcos y su reemplazo por el Subcomandante Galeano.
[…]
Era, como todos los suyos, un mensaje poético, repleto de intensidad y pasión, que empezaba con unas palabras contundentes: «… estas serán mis últimas palabras en público antes de dejar de existir».
[…]
Luego, continué leyendo aquel mensaje que esbozaba, sin duda, una poética del anonimato mucho más clara que la que hubiese podido dar yo o cualquiera de mis colegas…

Subcomandante Marcos

p. 408:
Algo en él me hizo recordar la anécdota del robo de la Mona Lisa , la forma en que, en las semanas que siguieron al robo, miles de curiosos se apiñaron en las salas del Louvre a observar el espacio vacío sobre el cual, hasta hacía una semanas, colgaba la pintura que acababa de robar Vincenzo Peruggia. Recordé esa anécdota y me quedé pensando en museos, en vacíos y en mausoleos, en la forma en que ciertas cosas solo se hacían visibles al desaparecer…

p. 410:
Días más tarde recordaría la reflexión de un poeta argelino para quien la patria era un ruido de fondo, una sensación de lugar más que una serie de memorias.

p. 418:
… entender el arte moderno era compartir la obsesión del artista.

p. 420:
Nada más difícil, volví a repetirme, que compartir una obsesión.

p. 420-421:
Me quedé pensando en su cansancio y en su mirada, en la forma en que los hombres volvían a ser niños al final de sus vidas, o tal vez nunca dejaban de ser niños. Adultos escondidos de sí mismos, jugando al escondite con su pasado, arropándose en trabajo y en responsabilidad en un último intento de volverse anónimos. Un último intento de olvidar aquella antigua foto que, perdida entre las gavetas de la vieja casa familiar, los retrata como lo que siempre han sido: niños mirando su inocencia.

p. 424:
… solo una frase del subcomandante, perdida entre tanta cita dolorosa, logró sacarme de mi desconcierto. Una frase que decía: «Para que nos vieran, nos tapamos el rostro; para que nos nombraran, nos negamos el nombre; apostamos el presente para tener futuro; y para vivir…morimos.»

p. 424:
Un mundo, me dije, en el que todavía existían frases para los malestares era un mundo redimible.

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