Lilian Serpas

24/03/2021 Comentarios desactivados en Lilian Serpas

Ausencia en un suspiro
es la pena que lanzo
como flecha al abismo…

Hoy, 24 de marzo de 2021 hace 116 años que nació la poeta salvadoreña Lilian Serpas.

Lilian Serpas, registrada en su acta de nacimiento como Lilia Serpas, hija de Carlos Serpas y de Ángeles Gutiérrez, nació en San Salvador, capital de El Salvador, el 24 de marzo de 1905. Compuso su primer poemario, El zafir de un ala milagrosa, cuando contaba apenas con doce años de edad. Este poemario, que fue reseñado por el escritor guatemalteco José Mata Gavidia, fue editado posteriormente, en 1929, con el título Nácar. Diez años más tarde, en 1927, se publicó Urna de ensueños. Años más tarde, Lilian Serpas vivió en California y en México. Fue en México donde se publicaron sus siguientes libros, Huésped de la eternidad (1947), La flauta de los pétalos (1951) y Girofonía de las estrellas (1970). Otro libro de poemas, Isla de Trinos, recoge poemas escritos cuando vivió en California entre 1930 y 1939, pero no fue editado hasta el año 1980 en San Salvador. En México publicó también otros libros que hoy no se pueden encontrar, como Corazón y esfera, con prólogo de José Vasconcelos; Por ese amor sigo siendo amada, con presentación del escritor peruano Pedro Álvarez del Villar; Hacia un punto del origen; Construyendo mi propia nada (también titulado Proyección a la nada); y Pensamiento que no muere.

Lilian Serpas contrajo matrimonio en California con el pintor Thomas Jefferson Coffeen, con quien tuvo tres hijos (Carlos, Fernando David y Reginaldo). A comienzos de los setenta, la muerte en la guerra de Vietnam de su segundo hijo, Fernando David, la sumió en una grave depresión. Según cuentan algunos, y tal como queda reflejado en la novela Amuleto de Roberto Bolaño, Lilian Serpas vagaba por el centro de la ciudad de México vendiendo los cuadros que pintaba su hijo mayor Carlos Coffeen, con quien vivía.

En Amuleto, Bolaño, quien probablemente conocería a Lilian Serpas en el café La Habana de México, dedica un capítulo entero (el capítulo 10) a narrar un supuesto encuentro de Lilian Serpas con Alcira Soust Scaffo (que en la novela es Auxilio Lacouture) en el café Quito (nombre ficticio del café La Habana). Los capítulos 11 y 12 de la misma novela relatan el encuentro de Alcira Soust con Carlos Coffeen. Roberto Bolaño ya había escrito sobre Lilian Serpas anteriormente, ya que aparece con el nombre de Estrellita en los manuscritos redactados antes de 1984 y que conforman la novela póstuma El espíritu de la ciencia-ficción.

En otra novela, La mujer que nació tres veces, de la mexicana Sandra Frid, se narra un encuentro similar, también en el café La Habana, entre Lilian Serpas y Nahui Olin, aunque en este caso el nombre que aparece cambiado es el de Lilian Serpas que figura como señora “Pereza”. El cineasta, escritor, poeta y dibujante salvadoreño Manuel Sorto también conoció a Lilian Serpas en el café La Habana de México, tal como lo cuenta Miguel Huezo Mixca en el artículo “Roberto Bolaño en El Salvador”.

Pocos sabían a ciencia cierta quién era Estrellita. Solía aparecer por los sitios más inesperados como una copia envejecida del Ángel de la Independencia o de la Libertad guiando al Pueblo. Nadie sabía dónde vivía—aunque se barajaban hipótesis—, ni siquiera si aquél era su nombre. A veces, si se lo preguntaban, respondía que se llamaba Carmen, otras veces Adela y otras Evita, pero también aseguraba que se llamaba Estrella, que no era, como pensaban algunos, el mote cariñoso que le había colgado un viejo español suicida, sino su verdadero nombre. En La Habana se daba por sentado que era poeta, aunque, que yo sepa, pocos o ninguno leyeron algo suyo. Según ella ya habían corrido ríos y ríos de tinta, mares, desde que publicara su último soneto. Tenía un hijo. Los viejos periodistas del lugar, que poco sabían de plástica, juraban que había sido un buen pintor. De hecho, la única fuente visible de ingresos de Estrellita era la venta, mesa por mesa, de una partida de reproducciones de dibujos de su hijo. De éste se decía que la heroína había acabado con su carrera pero que aún vivía, y aquí venía lo más triste, con su madre. Los dibujos eran alucinados, con un algo de Leonora Carrington, telarañas, lunas, mujeres barbudas, enanos; en suma, malos. En total serían unos veinte, es posible que menos, reproducidos a millares, porque lo cierto era que Estrellita los vendía y nunca se agotaban. ¿Quién había mandado a imprimir tantas copias? ¿El propio hijo? Por el papel hubiérase dicho que desde la fecha de impresión ya habían transcurrido más de quince años. Estrellita, por cierto, los consideraba una bendición y quizá lo eran: de su venta se mantenía ella y su hijo cuarentón, éste a base de panes dulces que su madre guardaba en los voluminosos bolsillos del abrigo, ella con cafés con leche, cafés con leche en vasos alargados y grandes, con una cuchara también alargada, para que tocara fondo sin mojarse los dedos, el manantial de la energía.

Roberto Bolaño, El espíritu de la ciencia-ficción, p. 94-95

 

Supe entonces que había estado siguiendo, en la vigilia o durante un sueño, a Lilian Serpas, y recordé su historia o lo poco que yo sabía de su historia.
Durante una época, supongo que por la década del cincuenta, Lilian había sido una poeta más o menos conocida y una mujer de extraordinaria belleza. El apellido es de origen incierto, parece griego (a mí me lo parece), suena a húngaro, puede ser un viejo apellido castellano. Pero Lilian era mexicana y casi toda su vida había vivido en el DF. Se decía que en su dilatada juventud tuvo muchos novios y pretendientes. Lilian, sin embargo, no quería novios sino amantes y también los había tenido.
Yo hubiera querido decirle: Lilian, no tengas tantos amantes, de los hombres una no puede esperar gran cosa, te usarán y luego te dejarán tirada en una esquina, pero yo era como una virgen loca y Lilian vivía su sexualidad de la forma que a ella más le apetecía, intensamente, entregada sólo al placer de su propio cuerpo y al placer de los sonetos que por aquellos años escribía. Y, claro, le fue mal. O le fue bien.
¿Quién soy yo para decirlo? Tuvo amantes. Yo apenas he tenido amantes.
Un día, sin embargo, Lilian se enamoró de un hombre y tuvo un hijo con él. El tipo era un tal Coffeen, puede que norteamericano, puede que inglés o puede que fuera mexicano. El caso es que tuvo un hijo con él y el niño se llamó Carlos Coffeen Serpas. El pintor Carlos Coffeen Serpas.
Después (cuánto después lo ignoro) el señor Coffeen desapareció. Tal vez él dejó a Lilian. Tal vez Lilian lo dejó a él. Tal vez, y esto es más romántico, Coffeen murió y Lilian creyó que ella también debía morir, pero estaba el niño y sobrevivió a la ausencia. Una ausencia que pronto llenaron otros señores, porque Lilian seguía siendo hermosa y le seguía gustando meterse en la cama con hombres y aullar de placer hasta que salía el sol. Mientras tanto, el niño Coffeen Serpas crecía y frecuentaba, ya desde chiquito, los ambientes de su madre, y todos se maravillaban de su inteligencia y le pronosticaban un futuro promisorio en el proceloso mundo del arte.
¿Cuáles eran los ambientes que frecuentaba Lilian Serpas acompañada por su hijo? Los de siempre, los bares y cafeterías del centro del DF, en donde se reunían los viejos periodistas fracasados y los exiliados españoles. Gente muy simpática, pero no precisamente la clase de personas que yo recomendaría para que frecuentara un niño sensible.
Los trabajos de Lilian, por aquellos años, fueron múltiples. Hizo de secretaria, de dependienta en varias tiendas de moda, trabajó un tiempo en un par de periódicos y hasta en una radio de mala muerte. En ninguno se quedaba demasiado tiempo, porque ella, me lo dijo no sin algo de tristeza, era poeta y la vida nocturna la llamaba y así no había quien pudiera trabajar regularmente.

Roberto Bolaño, Amuleto, p. 86-87

 

Carmen volvió la vista al letrero. “Habana”, pronunció despacio. Sintiendo el vaivén del barco, un poco mareada, buscó dónde sostenerse. Al no hallar una baranda, se reclinó en la vidriera del restaurante, y un rato después, olvidando el motivo del mareo, recordó que en ese sitio solían reunirse políticos, periodistas e intelectuales; desventurados y avarientos que, frente a una taza de café, pasaban horas presumiendo ser lo que nunca serían. Según los rumores, allí comieron Fidel Castro y el Che Guevara y, aunque habían transcurrido diez o doce años desde aquel encuentro, ella ingresó con ganas de saludarlos.
Desde la puerta, inspeccionó el interior: de aquellos comandantes solo quedaba una fotografía sobre la barra.
A la izquierda del local, una mujer canosa, con lentes gruesos y una bufanda sucia enrollada en el cuello, ofrecía un abanico de acuarelas a un trío de señores que, acostumbrados a sus desequilibrios, la ignoraban. Desesperada, arrojó las cartulinas al piso y se abalanzó contra uno de ellos, amenazándolo con el índice nudoso y deforme. Un mesero, también habituado a las escenas que la vieja hacía de vez en cuando, la jaló del brazo. Los comensales desviaron la mirada hacia la figura que acababa de entrar: impetuosa, con la cabellera color azafrán, las medias de red, el abrigo de terciopelo y la luminescencia de unos ojos grandes delineados de negro.
– Se juntaron dos locas -dijo un mesero a otro.
La algarabía enmudeció mientras Carmen se adelantaba en busca de una mesa. Todas estaban ocupadas. Bajo el hechizo de sus pupilas, un muchacho se levantó ofreciéndole el espacio libre. Nahui tomó asiento. Al reconocer a la señora de la bufanda, que se enderezaba tras recoger las acuarelas del piso, la llamó.
– Oye, Pereza, ¿qué haces? Ven, acompáñame, quiero platicar, yo invito.
La mujer, sonriente, obedeció. Carmen ordenó un vaso de agua. El bullicio volvió a llenar el ambiente; ciertas miradas continuaban sobre la recién llegada.
– Es la loca de la Alameda -susurró alguien en una mesa.
– Sí, la he visto dándoles de comer a los gatos.
– ¿Qué traes ahí? -preguntó Carmen señalando las tarjetas.
– Las acuarelas de mi hijo. ¿Quieres una?
El mesero dejó el vaso sobre la mesa y preguntó si ordenarían algo más.
– Compartiremos esta agüita, ¿verdad, Pereza?
La madre del artista Juan Pérez asintió.
– ¿Vendiste alguna?
– No.
– ¡Qué tipos tan avaros! -exclamó Nahui-. Como la mayoría de los hombres, esos también se esconden tras desastradas caretas.
– Mi hijo pinta rete bonito -presumió la señora.

Sandra Frid, La mujer que nació tres veces, Editorial Planeta, México, 2019, pp. 228-230

 

Sorto recuerda al D.F. como una ciudad a la que no se le miraba fin. Fue a parar a Bucareli cuyos bares, en especial el café La Habana, eran puntos de encuentro de periodistas, poetas y escritores. Allí conoció a la poeta salvadoreña Lilian Serpas (que aparece en Amuleto) por intermedio de la uruguaya Alcira Soust Scaffo (Auxilio Lacouture), y tomó contacto con Humberto Musacchio, que dirigía el suplemento juvenil Nuestra Onda, de El Universal.

Miguel Huezo Mixco, “Roberto Bolaño en El Salvador

Sobre el Café La Habana:

– Juan Villoro, «Café con los poetas»

Carta de Lilian Serpas a Gabriela Mistral (18 de febrero de 1949)

Etiquetado:, , ,

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Lilian Serpas en emak bakia.

Meta