Mandelstam

12/12/2020 Comentarios desactivados en Mandelstam

Anna Ajmátova, Mandelstam, Traducción de Marta Sánchez-Nieves y Arturo Peral, Nórdica libros, 2020.

Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.
 
Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;
sólo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras forja un decreto tras otro:
A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en 
la ceja, al cuarto en el ojo.
Toda ejecución es para él un festejo
que alegra su amplio pecho de oseta.

Ósip Mandelstam (1933)

 

Mientras, en el cuarto del poeta caído en desgracia, 
el miedo y la musa velan por turnos.
Y la noche avanza,
una noche que no conoce amanecer 

A. Ajamátova, Vorónezh (1936)

 

… Maiakovski, había visto transparentarse varias veces a Maldelstam, y era la única persona de la que pudiera decir que en el lugar del corazón tenía un corazón, lo que resultaba atroz en los tiempos que corrían.

Juan Bonilla, Prohibido entrar sin pantalones

 

Ajmátova y Mandelstam. Extractos de diarios, cartas, poemas… Ajmátova nos ofrece retazos de la vida de Mandelstam y de su amistad mutua. Mandelstam, un poeta de quien, según Juan Bonilla, Maiakovski decía que era la única persona que conocía que tenía un corazón en el lugar del corazón. Un hombre bueno, enamoradizo, sencillo, inteligente, culto, que sufrió persecución porque nunca dejó de ser él mismo.

Notas de lectura:

p. 14:
No sabía recordar, más bien para él recordar era un proceso -al que no voy a poner nombre ahora-, uno que no cabe duda de que estaba cercano a la creación.

p. 14:
De poesía hablaba deslumbrando, con pasión y, a veces, era extraordinariamente injusto, como con Alexander Blok, por ejemplo. De Pasternak decía: “Pienso tanto en él que estoy hasta cansado” y “Estoy seguro de que no ha leído ni una sola de mis líneas”. De Marina: “Soy anti-Tsvietáieva”.

p. 16:
Conocí a Ósip Mandelstam en La Torre Viacheslav Ivánov en la primavera de 1911. Entonces era un muchacho flacucho con un lirio de los valles en el ojal, con la cabeza bien alta, de ojos llameantes y pestañas larguísimas, casi hasta las mejillas.

p. 16:
… Mandelstam, el autor del tierno Piedra (ed. Akmé) con esta dedicatoria: “A Anna Ajmátova, chispazos de conocimiento en la desmemoria de los días. Respetuosamente, el autor”.

p. 21:
También entonces escribió el enigmático (y no muy acertado) poema “Un ángel negro sobre la nieve”. Nadia afirma que habla de mí.

p. 22:
Ósip Emílievich solía venir a Tsárkoie. Cuando se enamoraba, lo que sucedía con bastante frecuencia, varias veces fui su confidente. La primera que se quedó en mi memoria fue Anna Mijáilovna Zélmanova-Chúdovskaia, pintora, una beldad. Ella lo pintó sobre un fondo azul con la cabeza hacia atrás (¿en 1914?), en la calle Alexéievskaia. Él no le escribió versos a Anna Mijáilovna, de lo que se lamentaba amargamente: todavía no sabía escribir versos de amor.

Mandelstam retratado por Anna Zelmánova

Natalia Goncharova, «Retrato de Anna Zelmánova»

Lev Bruni, «Retrato de Mandelstam»

p. 24:
En los años 1933-1934, Ósip Emílievich estuvo tempestuosa y brevemente enamorado, sin ser correspondido, de Maria Serguéievna Petrovyj. A ella está dedicado, destinado para ser más exactos, el poema “Turca” (el título es mío), para mí el mejor poema de amor del siglo XX (“Maestra de miradas culpables…”).

p. 45:
… el mejor modo de olvidar algo para siempre es verlo a diario.

p. 51:
Pasamos por la Lubianka a recoger los documentos. Era un día luminoso y claro. Desde cada ventana nos miraban “los bigotes de cucaracha” del protagonista de la fiesta.

p. 54:
A la pregunta de qué era el acmeísmo, Mandelstam respondió: “Nostalgia de una cultura universal”.

p. 54-55:
Todo lo que sobre Mandelstam escribe Gueorgui Ivánov —quien se había marchado de Rusia justo al iniciarse los años veinte y que no conocía en absoluto al maduro Mandelstam— en sus memorias chabacanas Inviernos petersburgueses es mezquino, huero e insustancial. Componer tales memorias no es cosa de sabios. No se necesita memoria o atención, ni amor o sentimiento de una época. Todo vale, y todo es aceptado con agradecimiento por parte de consumidores poco exigentes. Peor es, por supuesto, cuando estas cosas acaban en trabajos serios de crítica literaria. He aquí lo que hizo Leonid Shatski (Strajovski) con Mandelstam: el autor tenía a mano dos o tres libros de memorias bastante «picantes» (Inviernos petersburgueses de Gueorgui Ivánov, El fusilero con un ojo y medio de Benedikt Livshits, Retratos de poetas rusos de Ehrenburg, 1922). Y exprimió estos libros. El material está extraído del anuario prematuro de Kozmín Escritores de la época actual (Moscú, 1928). Además, del recopilatorio de Mandelstam Poemas (1928) se ha sacado la composición «Música en la estación», que ni siquiera es temporalmente el último de este libro y aquí aparece como la última composición del poeta. La fecha de su muerte se establece arbitrariamente en 1945 (siete años después de su muerte real, el 27 de diciembre de 1938). El que una serie de revistas y periódicos publicaran versos de Mandelstam, aunque fuera el magnífico ciclo «Armenia» en El Nuevo Mundo de 1930, a Shatski no parece interesarle en absoluto. Anuncia con gran descaro que Mandelstam se acabó en la composición «Música en la estación», que dejó de ser poeta, que se convirtió en un traductor lamentable, que se hundió y deambulaba de taberna en taberna, etc. Probablemente esto último sea información transmitida oralmente por un tal Gueorgui Ivánov de París. Y, en lugar de la figura trágica de un poeta excepcional, que hasta en los años de exilio en Vorónezh continuó escribiendo obras de belleza y fuerza inenarrable, tenemos un «loco urbano», un granuja, una criatura degradada. Y todo esto en un libro que ha visto la luz bajo la égida de la mejor universidad de los Estados Unidos, la más antigua, etc. (Harvard), por lo que felicitamos de todo corazón a la mejor y más antigua universidad de los Estados Unidos.

 

Poesías de Ósip Mandelstam

– Rafael Argullol, «Entre el eco y la memoria»

– Ósip Mandelstam, Шум времени (El ruido del tiempo)

– Ósip Mandelstam, El rumor del tiempo

– Anna Ajmátova, “Recuerdos sobre Mandelstam”, La Jornada, 1957

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