14 de julio

21/11/2020 Comentarios desactivados en 14 de julio

Éric Vuillard, 14 de julio, Traducción de Javier Albiñana, Tusquets, Barcelona, 2020.

Edición original: 14 Juillet. recit, Actes Sud, 2016

Eugène Delacroix, La Liberté guidant le peuple (1830)

Ilustración de la cubierta: Eugène Delacroix, La Liberté guidant le peuple (1830) (Detalle)

La realidad desnudó a la ficción. Todo se volvió verdad.

Hay que escribir lo que se ignora. En puridad, se desconoce lo que ocurrió el 14 de julio. Los relatos que poseemos son encorsetados o descabalados. Hay que plantearse las cosas a partir de la multitud sin nombre. Y debe relatarse lo que no está escrito.

La historia de los que no tienen historia no se hace con datos, con grandes acontecimientos políticos, con leyes… se hace contando con palabras sencillas, con el punto de vista de los que sufren, las vidas de las gentes sencillas, de los que no tienen voz en las grandes historias. Es la historia de quienes entran y salen de la Historia como simples siluetas. Contar esta historia es lo que hace, una vez más, Éric Vuillard. Los grandes historiadores le llaman la “Revolución Francesa”. Al principio fue una revuelta popular. Más tarde se apropiaron de ella los poderosos para sus propios intereses y se convirtieron de la noche a la mañana en sus protagonistas, y las nuevas oligarquías hasta conmemoran la revuelta de los pobres, que nunca jamás tolerarían, como su fiesta nacional. Así estamos. Así seguimos.

Algunas reseñas:

– Alejandro Luque, «Ya no hay revoluciones como las de antes»

– Joaquín Escobar, «La batalla de París»

– Reseña en «Los libros de Julián»

Autin, Haurens, Schulze, «De la poétique de la foule à la politique de la foule dans 14 juillet d’Éric Vuillard»

– Reseña en «Les Boggans»

– Olivier Ritz, «Quan la littérature donne des héros au peuple»

– «Dans la rue et sous les remparts avec la foule surchauffée des individus en lutte»

– Marie-Odile Sauvajon, «14 Juillet, Éric Vuillard»

– Reseña en «Ma collection de livres»

Notas de lectura:

p. 17:
Allí está la folie, la folie Titon, donde el trabajo se troca en oro, donde la vida agostada muta en golosina, donde todo el trabajo de los hombres, cotidiano, ingrato, donde toda la mugre, las enfermedades, la indigencia, los niños muertos, los dientes podridos, el pelo estropajoso, las callosidades, las desazones de toda el alma, el mutismo espantoso de la humanidad, todas las monotonías, las rutinas mortificantes, las pulgas, las sarnas, las manos asadas por las calderas, los ojos que relucen en la negrura, las penas, las desolladuras, el puaj del insomnio, el aj de la chiquillería, allí es donde todo eso se convierte en miel, en cantos, en preciosos cuadritos.

Laurent Guyot, Le saccage de la Folie Titon

p. 37:
Con el fin de alojar a las mil quinientas personas encargadas de la mesa del rey, se había expropiado a toda la población del antiguo pueblo de Versalles, ¡sí, a toda! ¡Marchaos a tomar viento, bribones, borrachines! Arrasaron el burgo y se apropiaron de la tierra a fin de construir el Grand Commun, un edificio central sobrio y armonioso, ejemplo de equilibrio y de mesura.

p. 42:
La ganancia es una melancolía sin medida, toda la decepción del mundo se traduce en el poder de vender y de comprar.

p. 49:
Resulta increíble la cantidad de tartamudos convertidos en oradores y la cantidad de malos alumnos convertidos en escritores. Así de curiosa es la vida, que a menudo nos atrapa allá por donde ha fallado.

p. 54:
Algunos se cubrieron sin duda entre risas con los jirones de la armadura de Felipe Augusto, porque, en un cuadro de la época, se vislumbra la figura anacrónica de un caballero medieval por las calles de París.

Claude Cholat. «Siège de la Bastille». Dessin. Paris, musée Carnavalet.

p. 55:
La realidad desnudó a la ficción. Todo se volvió verdad.

p. 61:
… la chusma, como suele decirse, los más pobres, en suma, aquellos a los que la Historia dejó hasta ese momento pudrirse en el arroyo, armados con fusiles, espetones, picas, hacen que les abran las puertas de las casas y que les sirvan comida y bebida. En lo sucesivo, la caridad no bastará.

p. 63:
Porque bien hay que vivir, hay que asumir la vida, uno no puede estar siempre rebelándose; se requiere un poco de paz para engendrar hijos, trabajar, amarse y vivir.

p. 67:
Dieu de sable et de pierre. Masse énorme. Bégude. Tarasqe. Bàou. On ne sait quel sens te donner, si tu fus la grande chose obscure, Orion, Cocyte, dieu du silence, âme morte, pétrifiée. Ou si tu fus tout autre chose, que nous ne savons plus, Anat, la pureté de tes proportions le dissimulant, l’ire et la misère s’étant jointes à te jeter bas.

Dios de arena y de piedra. Masa enorme. Gran tasca. Tarasca. Bàou. No sabemos qué sentido darte, si fuiste la gran cosa oscura, Orión, Cocito, dios del silencio, alma muerta, petrificada. O si fuiste algo totalmente distinto, que ya ignoramos, Anat, disimulada la pureza de tus proporciones, unidas la ira y la miseria para derribarte.

p. 72:
Entre los porteadores, hay un tipo gigantesco; sostiene él solo un lado de la litera. Fournier lo mira. Es un negro. Fournier y el negro se miran. […] Y si bien Fournier es un antiguo colono, si montó su fábrica de tafia a porrazos y lo perdió todo, el negro tampoco es un tipo cualquiera. Se llama Guillaume Delorme.

– Pierre Bardin, “Guillaume Delorme – Le Montagnard

p. 77:
… cada ciudad es una reunión de emigrados y errabundos, la cuna de todos los apátridas. […] Porque la ciudad es el recurso que halló el hombre para escapar al proyecto de Dios.

p. 78:
En ella [París] se encuentran gentes de toda Francia, e incluso del extranjero, emigrados que hablan su jerga, mezclan sus vidas y acceden a la experiencia que se deriva de ser muchos: el anonimato.

p. 79:
En 1705, el geógrafo Nicolas de Fer diseña un plano de París para uso de la policía; pero tan pronto como ha concluido el mapa, zas, se ha quedado pequeño, la ciudad revienta. Jean de la Caille asume la labor. Serán veinte hermosísimas planchas, trocitos recortados como porciones de un pastel. Pero, una vez más, las vendedoras de infusiones y de sombreros viejos siguen hasta cada vez más lejos las diligencias polvorientas, la ciudad hace de las suyas, la asfixiante amenaza de quedarse sola la tortura, extiende los brazos, se estira en los marjales, abre las piernas.

NICOLAS DE FER, Huitieme plan de Paris divisé en ses vingts quartiers, 1705

p. 79:
La ciudad creció más y más, y, ya bajo la Regencia, se desbocó. Jaillot elaboró un nuevo plano, pero apenas le dio término, a los poco minutos quedó desfasado.

JAILLOT, Plan de Paris – 1713

p. 80:
No bien alcanza la mayoría de edad, Luis XV se lanza al ruedo, y el padre Jean Delagrive, que dos años atrás había publicado un plano de la capital antes de destruirlo, juzgándolo demasiado imperfecto, acepta el reto. Después realiza numerosos trazados, se abandona a los meandros embarrados de la realidad, se pierde en los dédalos de callejuelas y callejones sin salida, se aclara al final, y su plano es el primero en que aparecen los Campos Elíseos. Demasiado tarde, la ciudad se ha marchado ya, ha vuelto a abrir las patas. Entonces deciden jugar fuerte, el poder está harto de esa capital toda abollada, y nivelan, alisan; la ciudad ha des ser tan plana como un mapa de geógrafo, tan suave como una hoja de papel. Y los planos se multiplican, se superponen, el Scotin, el Cassini, otro Delagrive, el Seutter, el Vaugondy, un último Jaillot, se suceden en un abrir y cerrar de ojos. Nada que hacer. La ciudad sale de sí misma, se extasía, se vomita, exhibe sus relieves; Belleville y Montmartre forman parte ya de París.

JEAN DELAGRIVE, Neuvieme Plan de Paris – 1733

JAILLOT, Plan de la ville de Paris – 1778

p. 81:
Por último, asciende al trono Luis XVI, el bondadoso; pero como todos los tiranos indulgentes, magnánimos, será más feroz que sus predecesores. Sea como sea, se aferra a su capital. Durante su reino con fama de bonachón, se planimetra a destajo. Esnauts & Rapilly elaboran un maravilloso y pequeño mapa; viene luego el de Bonne, donde el Sena dibuja su bello signo de interrogación; a continuación Esnauts & Rapilly reinciden, intentando superarse. Y así numerosos cacógrafos se encaramarán al caballo de madera y entrarán en el tiovivo.

p. 83:
Hay que escribir lo que se ignora. En puridad, se desconoce lo que ocurrió el 14 de julio. Los relatos que poseemos son encorsetados o descabalados. Hay que plantearse las cosas a partir de la multitud sin nombre. Y debe relatarse lo que no está escrito.

p. 84:
¿Qué es una multitud? Nadie quiere decirlo. Una mala lista, redactada más adelante, permite ya afirmar lo siguiente: ese día en la Bastilla, está Adam, nacido en Côte D’Or, está Aumassip, vendedor de ganado…

p. 97:
… si Jules Michelet logra convertir la delegación de Thuriot de La Rosière en el momento más deslumbrante de la jornada, episodio emblemático que sitúa en el centro de su dispositivo literario, el ombligo del 14 de Julio; si nos envuelve con palabras, nos embriaga de gloria, pese a las escasas consecuencias que tuvo el acontecimiento, si lo agranda y lo abulta para transformarlo en una escena dantesca, una inverosímil hazaña, es porque, merced a un sublime malabarismo, como el diablo transportando a Jesús a lo alto del templo, eleva la figura del emisario por encima del mundo. Mediante uno de esos embrujos de la escritura, Michelet desliga al pueblo, inmensa masa oscura que avanza desde el barrio de Saint-Antoine, de su representante, que pasa a ser el auténtico protagonista de la Historia.

p. 99:
Thuriot Camina de lado, protegiéndose la cara con los brazos, la levita rasgada, una mano lo agarra, saltan los botones de la chaqueta, le arrancan la camisa. Ahora llevará el cabello no tan bien rizado como en el medallón donde podemos admirar su perfil, menos esmeradamente recogido en las sienes, todo alborotado, hirsuto incluso. Y tal vez no oiga lo que le dicen; como tantos parlamentarios después de él, no escucha, no capta lo que quiere esa multitud, no oye lo que le gritan, porque baraja ya su pequeña idea, sus intereses, sus opiniones. No se le ocurre que la multitud pueda saber algo, incluso tener razón, y que, al fin y al cabo, ella es la soberana, lo son esas mujeres que cotorrean, esos cretinos que gritan, esa gente que lo agarra y le pide cuentas.

p. 104:
Después de dejar atrás la Grève, Cholat, pequeño vinatero de la rue des Noyers, recala en los muelles. Probablemente ha chillado, gritado con las gaviotas, escrutando el cielo, piulando frases hechas, efluvios de Jean-Jacques Rousseau que habría oído detrás de su mostrador y que repetía ahora como un oráculo salpicado de juramentos. Hasta entonces había servido tragos, vendido su vino, despachado botellines de calvados, le iba más o menos bien, y sin embargo soñaba con algo distinto, pensaba que la existencia podía ser diferente, mejor.

p. 109:
De súbito, mientras el cañón vomitaba otra bala, un hombre fue derribado por el retroceso. Había intentado prender la pólvora con un trozo de tabla. El hombre se había echado sobre el cañón, procurando sostener la chilla ardiendo. El disparo se había producido demasiado deprisa y, al tropezar sobre la cureña, perdió el conocimiento. Aquello duró cinco minutos, nos refirió Cholat en su pequeño relato, pero es increíble lo que vaga una mente en cinco minutos; aquel día, la mente no debía de disparatar menos que de costumbre, todo lo contrario, y entre las hileras de árboles que delimitan los muros y forman como un pasillo en dirección a la fortaleza, mientras su mano herida le hacía padecer, vio u oyó algo, a través de sus párpados, en el silencio del dolor, percibió tal vez un minúsculo torbellino de polvo, el vuelo rápido de un gorrión. Tal vez oyó, a través de la niebla, cuatro cañonazos. Desde entonces no se sabe nada de él. El hombre desaparece como apareció en la Historia, simple silueta.

p. 110-111:
En el mismo momento, Jean Rossignol sube por la rue Saint-Antoine… […] Le gusta caminar de noche por la ciudad, bajar por el barrio del Temple como si descendiera a toda prisa por una escarpadura interior, fumando, respirando, barajando toda suerte de ideas. Se cruza con pequeñas cuadrillas desperdigadas. Le gritan: “¡Viva el estado llano!”. Fue su primer contacto con la Revolución. Más adelante, el joven palurdo se convertirá en general bajo la Convención. Tras la caída de Robespierre, pasará un año en la cárcel. Escribirá sus memorias, cuya primera frase:”Nací en una familia pobre”, es por sí sola una novedad.

p. 112:
En un grabado que se conserva de él, Jean Rossignol tiene una mirada triste, algo dulce y cordial. Todavía es joven, pero no es ya el obrerillo camino de la Bastilla, debe de ser ya general. Una suerte de melancolía o de desilusión le ensombrece la mirada, como si supiese que el final no será bueno, como si presintiese que el mundo seguiría otros derroteros, que sus esperanzas se verían defraudadas. Cuentan que el pueblo de los suburbios se negaría, hasta trece años después, a creer en su muerte. En las tascas de Belleville y de los Porcherons, los charlatanes fabulan: Rossignol se escapó de las Comoras, encabeza un grupo oscuro, indómito, allá por África. Así sobrevivió en las memorias. Pero, el 14 de Julio, no es un fantasma que camina hacia la fortaleza, aún no lleva plumas en el sombrero, su levita no está cosida con hilo dorado ni los peluqueros han martirizado su cabello. Tiene veintinueve años. Es un joven desgreñado, cree en lo que desea. Aquella mañana, en la rue Saint-Antoine, le arde el pecho, le devora la idea. Echa una mirada a la derecha, señala a los cañoneros que el camino está despejado. Pasa a la rue Petit-Musc. Un poco más allá, Claude Cholat irrumpe en el Arsenal. Se hallan a trescientos metros el uno del otro. No se conocen.

p. 117:
A partir de ese momento, no se entiende ya nada. Los lugares se tambalean, el tiempo muere. Todo se precipita. Un joven tendero observa que resultaría fácil alcanzar el paseo de ronda, en lo alto del muro de la contraescarpa. Ese paseo da la vuelta al foso; desde allí se podría asaltar el patio del Gobierno. Jean-Armand Pannetier, tal es su nombre, dejará un pequeño relato de la jornada, después volverá a caer en el olvido. Pero en ese momento, el martes 14, él es la chispa que prende la pólvora. Como es de elevada estatura, se planta contra el muro y junta las manos para aupar a los demás.

Kropotkin, La Gran Revolución

Diplôme des Vainqueurs de la Bastille (firmado por Jean-Armand Pannetier)

p. 128:
Pero estaba ya en camino una nueva embajada. La negociación es una enfermedad como cualquier otra. Esa delegación fue la más solemne. La encabezaba Louis-Dominique Éthis de Corny, procurador del rey. […] Los acompañaba también Pierre-André Six, arquitecto, según pretenden algunos, y Louis-Lézin de Milly, abogado que, nacido en la Martinica treinta y siete años atrás, pertenecía a una de las grandes familias de Louisbourg y era por entonces secretario del ministerio fiscal de París junto al propio Éthis de Corny. […] Como puede verse, esa embajada, compuesta con mucho tacto y pragmatismo, era la flor y nata de las delegaciones.

Louis-Lézin de Milly

p. 133:
En cuanto una mente se exalta, se la encarcela o se ordena a los gendarmes que le disparen, pero cuando decenas de miles de mentes se exaltan a la vez, se envía una delegación, se anuda un moquero a la punta de su stick y blande éste amablemente.

p. 142:
Viven en un desván desde donde se ve París, eso constituye su gran riqueza; disfrutan, por las noches, de estar un rato asomados a la ventana. Se toman de la mano, intercambian trivialidades sobre el color de los tejados y el arbolito que se vislumbra, abajo, en el patinillo; conversan un rato sobre el día transcurrido. Es lo que se llama quererse. Bueno, tampoco es gran cosa, por supuesto, no es una vida de procurador del rey, ni de abogado, ni de elector, sino una vida de poquita cosa. Y tampoco está mal esa vida, se compone de muchas cosas que resultaría difícil nombrar, una manera de arrebujarse el uno contra el otro en la cama, de los hábitos bobos que se tienen, de los modos de llamarse, de tirarse los trastos, de reconciliarse también…

p. 147:
No deja de tener su gracia imaginar a los miembros de aquella embajada olímpica, a la que una multitud rodea, atormenta, veja, haciendo de revolucionarios; y además del tono lírico, ingenuo, que emplea Boucheron en su relato para narrar el episodio, resulta desternillante imaginar a Poupart y a Corny desgañitándose, voviferando que los han traicionado, que hay que tomar la Bastilla a puro cañonazo y llamando a la insurrección. Pero el público no se deja engañar, y hasta el final, hasta que llegan al Ayuntamiento, una multitud hostil los sigue desde el escenario de los hechos; y pese a todas las promesas que nuestros notables prodigan esforzadamente, pese al catecismo revolucionario que claman de repente de calle en calle, haciendo bocina con las manos, les frotaron el cráneo con los puños y los corrieron a sublimes patadas en el culo. Una vez de regreso en el comité, bajo el artesonado, no volvió a hablarse de mandar cañones. Sus colegas, indignados, les prestaron ropa decente, ya que la suya estaba hecha trizas. Fue su primer contacto con el pueblo, y optaron por dejarlo correr.

p. 158:
Resulta curioso cómo lo trivial se entrevera en la historia del hombre, cómo lo común se codea con lo ideal.

p. 161:
La Revolución no se detiene por la noche. Uno no puede volver a casa, poner el cubierto, fregar un poco, hojear un buen libro y acostarse temprano.

p. 163:
Michel Béziers se ha partido la crisma, y he aquí a su vez a Stanislas Maillard haciendo equilibrios; la multitud no lo pierde de vista. Da un paso, otro, con gesto seguro, decidido, utilizando los brazos como balancín, un metro, dos metros, el espacio se ensancha, se dilata, tres, cuatro, cinco, seis, un hombre, Maillard, se aprosima por fin a la fortaleza. Alarga la mano, como en el techo de la Sixtina, y coge el papelito. Hace el camino de vuelta muy rápido, sin vacilar, tiende el mensaje a Claude Degain, que está allí casualmente y no sabe leer. Se lo pasa a Élie. La multitud escucha. “Tenemos un montón de pólvora; haremos saltar el cuartel y la guarnición, si no aceptáis la capitulación de la Bastilla”…

p. 167:
Fue un diluvio de hombres. Serían poco más de las cinco cuando la multitud irrumpió en la Bastilla. En el patio interior, los inválidos y los guardias suizos están en fila. Con los bolsillos repletos de clavos y de perdigones, los amotinados vociferan: “¡Abajo las armas!”. Un oficial se niega a obedecer. Se arrojan sobre él y le arrancan el sable. Jean-Baptiste Humbert corre hacia la escalera de la izquierda, sube los escalones de cuatro en cuatro. La gran espiral de piedra le marea. Todo va muy deprisa; Humbert enfila cientos de escalones sin encontrarse con nadie, vuelve a bajar, a subir, escala la torre, y al llegar arriba, sin aliento, sobreexcitado, se percata de que está solo. Desde lo alto de la torre contempla la multitud que cerca la ciudadela; se ve gente por doquier, la ciudad entera afluye hacia la Bastilla. París quiere entrar. Siguen sonando disparos. El cielo está oscuro. Y Humbert está solo, solo en la cumbre del mundo. Lo ve todo, lo sabe todo, es el primer hombre.

p. 183-184:
Hacia las nueve de la noche, en el Ayuntamiento, el marqués de La Salle, comandante de la milicia burguesa, pasó bajo las bayonetas y recibió sonriendo a los vencedores de la Bastilla. Después de abrazarlos y colmarlos de cumplidos, les pidió que desvelaran sus nombres. Gran número de ellos se negó a identificarse. Entonces, los electores, Éthis de Corny quizá, y Poupart de Beaubourg, ahora intrépidos, indolentemente acodados en la falleba, los alentaron a que se dieran a conocer. Comoquiera que insistían, los amotinados comenzaron a alejarse, recelosos, esquivos. A decir verdad, los comprendemos, algunos vencedores serían colgados, acusados de sus excesos, apenas fueron incluidos en las listas del Ayuntamiento. Por más que el marqués de La Salle llamara amablemente a los hombres que se alejaban intentando hacerlos volver, en tono paternal, tartufo y santurrón, éstos se escabulleron por las callejas. Y así, los hombres escapan del patíbulo como escapan de los libros de Historia.

p. 185:
Deberíamos abrir más a menudo las ventanas. De cuando en cuando, así como así, de improviso, mandarlo todo a hacer puñetas. Sería un alivio. Deberíamos, cuando se nos encoge el corazón, cuando el orden nos envenena, cuando el desasosiego nos asfixia, forzar las puertas de nuestros Elíseos irrisorios, donde los últimos vínculos terminan de pudrirse, y birlar las carteras, camelar a los alguaciles, morder las patas de las sillas y buscar por la noche, bajo las corazas, la luz como un recuerdo.
Sí, a veces, cuando el tiempo es demasiado gris, cuando el horizonte es demasiado mortecino, deberíamos abrir los cajones, romper los cristales a pedradas y arrojar los documentos por la ventana. Los decretos, las leyes, los atestados, ¡todo! Y todo eso caería, se vendría abajo lentamente, llovería sobre la calle. Y revolotearía en la noche, como esos papeles grasientos que, después de la feria, se arremolinan bajo el tiovivo. Sería bonito, y divertido, y regocijante. Los miraríamos caer, felices, y deshacerse, hojas volantes, muy lejos de su temblor de tinieblas.

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