Las ciegas hormigas

24/09/2020 Comentarios desactivados en Las ciegas hormigas

Ramiro Pinilla, Las ciegas hormigas, Epílogo de Fernando Aramburu, Tusquets Editores, Barcelona, 2010

Fotografía de la cubierta: W H Case

Case, W H, Princess May, 5 de agosto de 1910

Siempre siguen adelante. Tropiezan y se levantan. Están preparadas para vencer todo lo que les pongan delante. Son invencibles.

Faulkner le ayudó a contactar con la carne, con la tierra, con la libertad… sin embargo, aunque Ramiro Pinilla dijo en alguna ocasión que él trataba de escribir con la música de Faulkner, ésta no está presente en su escritura. Se inspira en Faulkner en cuanto a la temática, robándole incluso algunas imágenes concretas, y en cuanto a la forma o la estructura de la novela, claramente inspirada en Mientras agonizo. La música es otra cosa, y la música de Faulkner es prácticamente irrepetible. Bastantes escritores han intentado escribir con la música de Faulkner, pero, en mi opinión, ninguno lo ha logrado; y son muchos los que no sólo no lo han logrado sino que ni siquiera han sido capaces de crear su propia música. Ramiro Pinilla pone su propia música. En esta novela, el protagonista es el único que no tiene voz por sí mismo. Son siempre los demás los que hablan de él. La voz principal, la que cuenta lo que pasó, no la que relata lo que está pasando como hacen todas las demás, es la del hijo pequeño, que lo cuenta desde otro tiempo, cuando ya han pasado años desde que ocurrieron los hechos que narra; y no sólo cuenta lo que pasó, sino que reflexiona sobre ello. La voz del hijo pequeño es como si fuera la de Ramiro Pinilla…

Lo han dicho muchos críticos: Las ciegas hormigas está inspirada en muchos aspectos en la novela de Faulkner Mientras agonizo. Una familia del profundo sur de Estados Unidos se convierte en la novela de Pinilla en una familia del profundo ambiente rural de la costa vasca. La obcecación de las “ciegas hormigas” guía los pasos del padre en ambas novelas y arrastra tras de sí a sus hijos, también en los dos casos.

El epílogo de Fernando Aramburu hace un interesante análisis de la novela. Personalmente me molesta que sea precisamente Fernando Aramburu, un escritor que no le llega a Ramiro Pinilla ni a la suela de los zapatos, el autor del epílogo. No sólo porque creo que es un mal escritor, sino porque creo que es un títere que sirve a los intereses de quienes diseñan los “relatos oficiales”, algo que nunca fue Ramiro Pinilla.


p. 30:
Pero, en el fondo, es todo cuestión de papeles, y de hablar y hablar para poder llenar los papeles. Los hechos importan menos que los papeles escritos.

p. 102:
… la inercia ciega e indetenible de la masa que empieza a moverse en una dirección, sin haberla elegido, sin haberse preocupado de elegirla, pues no le importa, no lo necesita para dejar de ser masa y convertirse sólo en inercia, su fin último y previsto…

p. 125:
… símbolo y emblema de un insignificante grupo humano que no pedía más que calentarse en invierno, que lo bordaría (el emblema: ese saco) en la bandera tras la que algún día se lanzaría al asalto del hotel o mansión con calefacción central, rogando al portero de librea (en vez de gritar, como en plena marcha el grupo pensaba): “Sólo queremos conocer de qué modo se calientan los que no han tenido que ensuciarse las manos de negro”.

p. 126-127:
Miramos el semblante casi emocionado del padre, miramos lo que él miraba, sus manos, y pensamos muchas cosas, de esas que no pueden salir del interior de cada uno, no porque desconozcamos las palabras apropiadas que las expliquen, sino porque esas palabras no existen, porque las palabras son para explicar cosas o deseos o pensamientos catalogados, y lo que sentíamos al ver ese carbón cayendo de las manos del padre pertenecía al poso inamovible de los siglos y las generaciones, eterno y único, pero no depositado por esos siglos y esas generaciones abstractos sino por los hombres, por cada hombre, hermético e inescrutable, creador de las suficientes palabras para relacionarse superficialmente con los que, desde hace apenas veinte siglos, le vienen asegurando que son sus hermanos, y él se esfuerza por creerlo; esas palabras vacías que, cualquiera que sea el idioma al que pertenezcan, siempre serán extranjeras para él, su inventor, que sólo le sirven para comer, luchar y hacer el amor, y ahí se detienen, pues el muro con que el hombre ha rodeado ese poso es insalvable, y esta inviolabilidad está asegurada por la falta de las palabras que él no ha querido crear, o no ha podido, las únicas que le harían conocible a los demás, que harían conocible ese poso, que es lo mejor, acaso lo único o, por lo menos, lo más digno de él, pero cuya concha seguirá cerrada y su contenido inexplicable, y así los hombres no dejarán de ser extraños unos a otros, como desde el principio de los tiempos, cada uno celoso guardián de su intimidad, que han ocultado tan honda que sus propios dedos ya no la alcanzan, aunque saben, por otra parte, que se halla a salvo de toda invasión y pueden gritar orgullosos que jamás hubo esclavos en el mundo, que ni los cien mil constructores de las pirámides lo fueron; tan guardado, que el hombre mismo casi ha olvidado su existencia. Ese poso de cada uno que, ahora, lo sentíamos agitarse y callábamos; nos hablaba sin lenguaje y callábamos; nos enlazaba al grito del primer hombre que vio el primer rayo y callábamos; hondo, inaccesible y desconocido, pero evidente, aquel carbón había hecho salir de su letargo, no para convertirnos en semidioses hermanados por una causa común, sino para rechazar con más fuerza toda posibilidad de confraternidad, pues hasta los mismos gemelos en el útero luchan por separado por absorber la mayor cantidad de sustancia alimenticia. Miramos las manos, nos miramos unos a otros, y callamos. Y no hubo más.

p. 128:
… el pavor provenía de su buena suerte…

p. 128:
… obligaba a pensar que a todo sueño llega fatalmente su derrumbamiento…

p. 154:
… ya que el dolor necesita su tiempo para desarrollarse y ser activo, como cualquier proceso fisiológico: tiempo, horas o minutos, durante los que es posible realizar lo preciso con lo que provoca ese dolor, atender como es debido a esa cosa -cadáver, herida o lo que sea-, de modo que todo esté listo y preparado -enterrado, desinfectado…- para cuando el dolor considere ha transcurrido su tiempo y se presente y nos vuelva humanos.

p. 184:
… lo que sentía el padre en aquellos instantes no podía ser explicado con palabras, porque tampoco era pensado con palabras, porque no era ni siquiera pensado, sino sentido.

p. 185:
Luego, empezaron a sonar las campanas de la torre de los Trinitarios anunciando la misa de las nueve, llenando el ambiente de sonido de domingo, y a esa relación tan íntima entre el repiqueteo alegre y esa mezquina libertad cuya medida estaba catalogada y que era, precisamente, la de uno partido por siete, podría deberse que los que odiaban al clero no lo odiasen más, y los que creían les era indiferente, lo soportasen…

p. 187:
… la cultura que presentían debía de estar escondida en algún lugar o algunas personas, que les había sido vedada por nacimiento, a la que temían, no obstante, por no comprenderla y no desconocer que se hallaba siempre de parte de los que mandaban, y a la que con el tiempo llegaban a odiar, por serles ajena, constituyendo la sumisión y asombro que a veces mostraban una forma de ese odio o resquemor…

p. 219:
… el lenguaje primigenio que el hombre ha ido superando y, por tanto, olvidando; el viejo lenguaje compuesto de sonidos guturales atravesando las ramas de los árboles, de ruidos que hablan al instinto, capaces de hacer conmover como el más profundo y perfeccionado discurso actual; que bastaba al hombre antiguo y que habríamos olvidado sin pensar si las hermosas palabras a que ha venido a parar todo el esfuerzo de milenios de todas las razas del mundo hubiesen, no mejorado, sino simplemente igualado su capacidad para comunicar de un corazón a otro la media docena de sensaciones que dominan nuestro cosmos: hambre, amo, sueño, mío, odio, miedo.

p. 296:
Esa naturaleza que todavía parecía estar reponiéndose del inmenso esfuerzo de su pasado derroche de iras, con su actual quietud y abandono, más próximo al propio desprecio hacia todo lo vencido por ella, que a puro agotamiento, constituyó el telón de fondo ideal de aquella marcha fantástica por entre estradas embarradas bordeadas de zarzas con inusitado verdor después del pasado riego vivificador, donde los pies chapoteaban sordamente, formando un despersonalizado eco entero y confuso, sin grietas ni pausas entre dos sonidos, un clamor a modo de coro de tragedia griega.

p. 306:
Siempre siguen adelante. Tropiezan y se levantan. Están preparadas para vencer todo lo que les pongan delante. Son invencibles. Han sido creadas con esa consigna y la cumplen.

p. 307:
… inútil lucha feroz por mantener incólumes tus convicciones ante el fárrago de palabras e ideas que surgen de libros, diarios, radio y estrados, tratando de destruir tu individualidad y empotrarte en la gran bola masiva que en su loco giro acabará absorbiéndote hacia su interior y despojándote de lo único digno…

10 de enero de 1974, Naufragio del buque Athen

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