La guerra del fin del mundo

14/08/2020 Comentarios desactivados en La guerra del fin del mundo

Mario Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo, Plaza & Janes, Barcelona, 1981

Martins Horcades, «Descripçao de uma viagem a Canudos», p. 187

 

“La guerra del fin del mundo”, una novela farragosa, con una estructura demasiado visible, con unos conflictos demasiado esquemáticos y unos personajes demasiado arquetípicos.”

Juan Antonio Masoliver Ródenas, La Vanguardia, 29 de octubre de 1987

Canudos no es una historia, sino un árbol de historias.

Mario Vargas Llosa pretendió escribir una novela contra el fanatismo, pero le salió una apología del Estado y del orden constitucional (quizá otro tipo de fanatismo). Los idealistas de Canudos eran fanáticos, los defensores de la República igualitaria también eran fanáticos… pero los aristócratas oligarcas que “lo único” que pretendían era evitar la ruina que producía en sus economías la huida de mano de obra hacia Canudos… no eran fanáticos, eran -desde el punto de vista de MVL- gente práctica y razonable.

Fue el mismo Vargas Llosa quien, en una entrevista con José Miguel Oviedo, declaraba que él quería presentar en su novela la visión de los vencidos. Sin embargo, los vencidos, para Vargas Llosa, tal como queda claro en su novela, no fueron las pobres gentes que fueron masacradas en Canudos, sino los oligarcas, los llamados coroneles, representados por el barón de Cañabrava, que se veían amenazados por quienes abandonaban sus haciendas para refugiarse en Canudos, así como por los defensores de una República moderna en la que un nuevo capitalismo les desplazaría del poder social, económico y político que habían disfrutado hasta entonces.

Se ha dicho que, mientras que Euclides da Cunha escribe lo que observa exclusivamente desde uno de los dos lados del conflicto, Vargas Llosa aporta también otras perspectivas. Pero todas se resumen en dos fundamentales: las de quienes están contra el Estado, buscando formas de vida al margen del mismo, y las de aquellos que lo defienden. Como advierte Patricia G. Montenegro en su artículo “La relatividad de perspectivas en La guerra del fin del mundo”: “El problema reside en que Da Cunha registra una historia y expone las consecuencias de las desventajas en el saldo final de la masacre de Canudos, creando en el lector una conciencia de la injusticia cometida contra los yagunzos, a diferencia de Vargas Llosa que recuenta y recrea la historia, pero dejar perderse el hecho disolviéndolo entre las múltiples perspectivas de su novela.”

Lo que Vargas Llosa no entiende (no quiere entender) es que la diferencia entre unos y otros es que los supuestos “fanáticos” de Canudos se organizaron para vivir de otra manera sin imponer a los demás su forma de vida, mientras que quienes utilizaron toda la fuerza del Estado contra ellos y personas que, como Vargas Llosa, no se consideran para nada como fanáticos, pretenden imponer una forma de vida y un sistema de organización social a toda la población del Estado (y del Mundo). No sólo es el estilo… las reflexiones que hace Euclides da Cunha a lo largo de todo su libro son inteligentes y agudas, mientras que las de Vargas Llosa son las de un tertuliano de los programas basura de la televisión.

En cuanto al estilo del premio Nobel de literatura… lo primero que hay que decir es que después de leer la magnífica prosa de Euclides da Cunha, la de Mario Vargas Llosa parece la de un escolar componiendo una redacción sobre sus aventuras durante las últimas vacaciones. Recurre a rupturas y fragmentaciones en la narración de la historia, abandonando la linealidad e introduciendo narradores diversos que se aproximan a diferentes puntos de vista, pero lo hace como un recurso novedoso que le acerque a los auténticos maestros de esta forma de narrar. Por otra parte, introduce en la narración pequeñas historias y anécdotas que parecen extraídas de algún cuento infantil o de alguna novela de Corín Tellado. En algunos casos incluso parecen extraídas de alguna novela pornográfica. No falta ningún ingrediente de este tipo de literatura: duelos de honor, violaciones, historias que recuerdan a la bella y la bestia, circos con enanos y mujeres barbudas… Sin embargo, a pesar de todos estos recursos, la novela es plomiza y su lectura aburridísima. Si escribir así le convierte en merecedor del más prestigioso premio mundial de las letras hay que pensar en lo que significan estos premios y por qué se conceden a quienes se conceden.

Además, Vargas Llosa demuestra se muy poco observador. No sabe que los cristales de las gafas de los miopes no aumentan el tamaño de los ojos sino que lo reducen. Por lo visto, tampoco se ha fijado nunca en que cuando hay luna llena cuesta ver las estrellas en el cielo. (“Era de noche, el cielo estaba lleno de estrellas, había luna llena…” p. 490).

Joaquim Machado e Assis, Crónica en «Gazeta de Noticias» del 22 de julio de 1894

p. 39:
Su voz era persuasiva, llegaba al alma sin pasar por la cabeza…

p. 82: (La peste)
Una mañana, Adelinha Alencar, hija del carpintero de Assaré, despertó con fiebre alta. Las yerbas que quemó Doña Camuncha para exorcizar el daño no hicieron efecto y días más tarde Adelinha tenía el cuerpo erupcionado de granos que la convirtieron, de la más linda, en el ser más repelente del pueblo. Una semana después había media docena de vecinos delirando por la fiebre y con pústulas. El Padre Tobías alcanzó a decir una misa pidiendo a Dios que pusiera fin a la peste antes de caer, él también, contagiado. Casi en seguida empezaron a morir los enfermos, en tanto que la epidemia se extendía, incontenible. Cuando los lugareños, aterrados, se disponían a escapar, se encontraron con que el coronel Miguel Fernández Vieira, jefe político del municipio y propietario de las tierras que cultivaban y de los ganados que hacían pastar, se lo prohibía, para que no propagaran la viruela por la región. El coronel Vieira puso capangas en las salidas con orden de disparar al que desobedeciera el bando.

p. 89:
Como lo oís: el Consejero ha inculcado a sus hombres que los republicanos son esclavistas. (Una manera sutil de enseñar la verdad, ¿no es cierto?, pues la explotación del hombre por los dueños del dinero, base del sistema republicano, no es menos esclavitud que la feudal.) El emisario fue categórico: «Los pobres han sufrido mucho pero se acabó: no contestaremos las preguntas del censo porque lo que ellas pretenden es reconocer a los libertos para ponerles otra vez cadenas y devolverlos a sus amos». «En Canudos nadie paga los tributos de la República porque no la reconocemos ni admitimos que se atribuya funciones que corresponden a Dios.»
[…]
Le dije que abolir la propiedad y el dinero y establecer una comunidad de bienes, se haga en nombre de lo que sea, aun en el de abstracciones gaseosas, es algo atrevido y valioso para los desheredados del mundo, un comienzo de redención para todos. Y que esas medidas desencadenarán contra ellos, tarde o temprano, una dura represión, pues la clase dominante jamás permitirá que cunda semejante ejemplo: en este país hay pobres de sobra para tomar todas las haciendas.

p. 94:
La diversidad humana coexistía en Canudos sin violencia, en medio de una solidaridad fraterna y un clima de exaltación que los elegidos no habían conocido. Se sentían verdaderamente ricos de ser pobres, hijos de Dios, privilegiados, como se los decía cada tarde el hombre del manto lleno de agujeros. En el amor hacia él, por lo demás, cesaban las diferencias que podían separarlos: cuando se trataba del Consejero esas mujeres y hombres que habían sido cientos y comenzaban a ser miles se volvían un solo ser sumiso y reverente, dispuesto a darlo todo por quien había sido capaz de llegar hasta su postración, su hambre y sus piojos para infundirles esperanzas y enorgullecerlos de su destino.

p. 126:
escribiría una carta a l’Étincelle de la révolte asociando con lo que ocurría en Canudos la alocución de Bakunin a los relojeros y artesanos de la Chaux-de-Fonds y del valle del SaintImier en que sostuvo que los grandes alzamientos no se producirían en las sociedades más industrializadas, como profetizaba Marx, sino en los países atrasados, agrarios, cuyas miserables masas campesinas no tenían nada que perder, como España, Rusia, y ¿por qué no? el Brasil

p. 131:
(ERROR: Reproduce un supuesto ejemplar de un “Jornal de Noticias”, fechado en Bahía el 3 de enero de 1897, en el que se da cuenta de “La Derrota de la expedición del Mayor Febronio de Brito”. En esa fecha las tropas estaban todavía en Monte Santo, de donde partieron hacia Canudos el día 12 de enero. La derrota tuvo lugar el 18 de enero.)

p. 139:
(ERRATA: Dice: “El presidente se calza los anteojos…” Debería decir: “El periodista se calza los anteojos…”)

p. 165:
Era un fanático y, como todos los fanáticos, peligroso.

p. 186:
No se puede actuar como caballeros, querido. La política es un quehacer de rufianes.

p. 195:
(ERROR: MVL tampoco sabe que los cristales de las gafas de los miopes no agrandan los ojos sino que los empequeñecen: “… aproxima irreverentemente los ojos que agrandan los cristales de sus gafas.”)

p. 225:
La salud era egoísta, igual que el amor, igual que la riqueza y el poder: lo enclaustraba a uno en sí mismo, abolía a los otros. Sí, era preferible no tener nada, no amar, pero ¿cómo renunciar a la salud para ser solidario de los hermanos enfermos? Había tantos problemas, la hidra tenía tantas cabezas, la iniquidad asomaba por donde se volviera la vista.

p. 236:
No se me pasó por la cabeza que el cielo lo favoreciera poniendo en sus manos a un idealista. Raza curiosa, la de los idealistas. No conocía a ninguno y ahora, con pocos días de diferencia, he tratado a dos.

p. 240:
A esos pobres diablos de Canudos los conozco bien —dijo, sintiendo las manos húmedas—. Son ignorantes, supersticiosos, y un charlatán puede hacerles creer que ha llegado el fin del mundo. Pero son también gente valerosa, sufrida, con un instinto certero de la dignidad. ¿No es absurdo? Van a ser sacrificados por monárquicos y anglofilos, ellos que confunden al Emperador Pedro II con uno de los apóstoles, que no tienen idea dónde está Inglaterra y que esperan que el Rey Don Sebastián salga del fondo del mar a defenderlos.

p. 246:
Y, sin embargo, pese a la miseria, esa gente es feliz —balbucea el Padre Joaquim como si no lo hubiera oído. Sus ojos revolotean entre Moreira César, Tamarindo y Cunha Matos—. La más feliz que he visto señor. Es difícil admitirlo, también para mí. Pero es así, es así. El les ha dado una tranquilidad de espíritu, una resignación a las privaciones, al sufrimiento, que es algo milagroso.

p. 250:
¿Puede explicarse Canudos de acuerdo a los conceptos familiares de conjura, rebeldía, subversión, intrigas de los políticos que quieren la restauración monárquica? Hoy, oyendo al empavorecido curita, ha tenido la certidumbre que no. Se trata de algo más difuso, inactual, desacostumbrado, algo que su escepticismo le impide llamar divino o diabólico o simplemente espiritual.

p. 255:
¿No planteaba Canudos una interesante excepción a la ley histórica según la cual la religión había servido siempre para adormecer a los pueblos e impedirles rebelarse contra los amos? El Consejero había utilizado la superstición religiosa para soliviantar a los campesinos contra el orden burgués y la moral conservadora y enfrentarlos a aquellos que tradicionalmente se habían valido de las creencias religiosas para mantenerlos sometidos y esquilmados. La religión era, en el mejor de los casos, lo que había escrito David Hume —un sueño de hombres enfermos—, sin duda, pero en ciertos casos, como el de Canudos, podía servir para arrancar a las víctimas sociales de su pasividad y empujarlas a la acción revolucionaria, en el curso de la cual las verdades científicas, racionales, irían sustituyendo a los mitos y fetiches irracionales.

p. 270:
Hay que atajar de cualquier modo la ruina que está provocando Canudos.

p. 287: (Salmos, 22:14)
María Quadrado tembló al escucharlo salmodiar: “Me derramo como agua y todos mis huesos se han descoyuntado. Mi corazón se ha vuelto de cera y se está derritiendo en mis entrañas”.

p. 317:
Y ahora los cañonazos estaban acabando con ellos e iban a entrar los soldados a acabar con unas gentes que se habían reunido allí para vivir en amor a Dios y ayudarse a sí mismas ya que nunca las habían ayudado.

p. 330:
Reconozco que me he quedado obsoleto. Yo funcionaba mejor en el viejo sistema, cuando se trataba de conseguir la obediencia de la gente hacia las instituciones, de negociar, de persuadir, de usar la diplomacia y las formas. Lo hacía bastante bien. Eso se acabó, desde luego. Hemos entrado en la hora de la acción, de la audacia, de la violencia, incluso de los crímenes. Ahora se trata de disociar totalmente la política de la moral. Estando así las cosas, la persona mejor preparada para mantener el orden en este Estado es usted.

p. 332:
Encogió los hombros e hizo un gesto vago, catastrófico.
—La única explicación es que a la banda de Sebastianistas se hayan sumado miles de campesinos, incluso de otras regiones —dijo el Barón—. Movidos por la ignorancia, por la superstición, por el hambre. Porque ya no existen los frenos que mitigaban la locura, como antes.

p. 352:
Pensaba eso, que, aquí, algo distinto a la razón ordenaba las cosas, los hombres, el tiempo, la muerte, algo que sería injusto llamar locura y demasiado general llamar fe, superstición…

p. 361:
Sabían al instante qué hecho procedía de uno u otro, si era benéfico o maléfico. ¿No los envidia? Todo resulta fácil si uno es capaz de identificar el mal o el bien detrás de cada cosa que ocurre.

p. 394:
Había que explicar de alguna manera esa cosa inconcebible: que bandas de campesinos y de vagabundos derrotaran a tres expediciones del Ejército, que resistieran meses a las Fuerzas Armadas del país. La conspiración era una necesidad: por eso la inventaron y la creyeron.

p. 409:
súbitamente surge del fondo del mar el alargado y mortífero artefacto, escupiendo fuego como el Dragón al que Oxossi, en los candomblés del Mocambo, extermina con una espada luciente.

p. 418:
El Consejero hizo el milagro, volvió oveja al lobo, lo metió al redil. Y por volver ovejas a los lobos, por dar razones para cambiar de vida a gentes que sólo conocían el miedo y el odio, el hambre, el crimen y el pillaje, por espiritualizar la brutalidad de estas tierras, les mandan Ejército tras Ejército, para que los exterminen. ¿Qué confusión se ha apoderado del Brasil, del mundo, para que se cometa una iniquidad así? ¿No es como para darle también en eso la razón al Consejero y pensar que efectivamente Satanás se ha adueñado del Brasil, que la República es el Anticristo?

p. 427:
(ERROR: El teniente Pires Ferreira no quedó ciego y manco… en la cuarta expedición, ya que entre 1904 y 1912 comandó una brigada policial del Estado de Bahía. http://blogdomendesemendes.blogspot.com/2017/07/manoel-da-silva-pires-ferreira.html)

p. 428:
… algo que, si no es la fe, es nostalgia de fe.

p. 431:
Hubiera podido ocurrírseles que estaba enterrado en el Santuario. ¿En qué otro sitio hubieran podido enterrarlo? Excavaron donde el Beatito les indicó y a los tres metros de profundidad —así de hondo — lo encontraron, vestido con su túnica azul, sus alpargatas de cuero crudo y envuelto en una estera. Tenía los cabellos crecidos y ondulados: así lo consignó el acta notarial de exhumación. Estaban allí todos los jefes, empezando por el General Artur Osear, quien ordenó al artista-fotógrafo de la Primera Columna, Señor Flavio de Barros, que fotografiara el cadáver. La operación tomó media hora, en la que todos continuaron allí a pesar de la pestilencia.

p. 432:
Habían levantado un acta notarial frente al cadáver, tan descompuesto que tuvieron que taparse las narices con manos y pañuelos pues se sentían mareados. Los cuatro facultativos lo midieron, comprobaron que tenía un metro setenta y ocho de longitud, que había perdido todos los dientes y que no murió de bala pues la única herida, en su cuerpo esquelético, era una equimosis en la pierna izquierda, causada por el roce de una esquirla o piedra. Luego de breve conciliábulo, se decidió decapitarlo, a fin de que la ciencia estudiara su cráneo. Lo traerían a la Facultad de Medicina de Bahía, para que lo examinara el Doctor Nina Rodríguez. Pero, antes de comenzar a serruchar, degollaron al Beatito. Lo hicieron allí mismo, en el Santuario, mientras el artista-fotógrafo Flavio de Barros tomaba la foto, y lo arrojaron a la fosa donde devolvieron el cadáver sin cabeza del Consejero.

p. 433:
Canudos no es una historia, sino un árbol de historias.

p. 434:
—Historia de locos —dijo, entre dientes—. El Consejero, Moreira César, Gall. Canudos enloqueció a medio mundo. A usted también, por supuesto.

p. 454:
Daban más importancia a la muerte que a la vida. Habían vivido en el desamparo más total y toda su ambición era un buen entierro. ¿Cómo entenderlos? Aunque, tal vez, si uno vivía la vida que él estaba viviendo en este momento, la muerte era la única esperanza de compensación, una “fiesta”, como decía el Consejero.

 

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