Santuario

07/06/2020 Comentarios desactivados en Santuario

William Faulkner, Santuario, Traducción de José Luis López Muñoz. Con prólogo de Mario Vargas Llosa y semblanza biográfica de Ana Basualdo. Círculo de Lectores, 1987.

Edición original: Sanctuary, Jonathan Cape & Harrison Smith, New York, 1931

Ilustración de la cubierta: Roland Topor, Mis Gestalt (1979)

«lo que pretendía Faulkner con Santuario no es escandalizar, sino darnos una lección de cómo narrar sin mostrar, de cómo hacer que la trama de una novela avance a través de veladas insinuaciones, de cómo soslayar lo escabroso y mostrar simplemente (y nada menos que) la miseria humana.»

Javier Avilés

“Tiendo a pensar que mi material, el Sur, no es muy importante para mí. Simplemente ocurre que lo conozco y no tengo tiempo en una vida para conocer otro y escribir al mismo tiempo. Aunque el que conozco es probablemente tan bueno como cualquier otro, la vida es un fenómeno pero no una novedad, la misma carrera de caballos hacia la nada, en todas partes el hombre hiede el mismo hedor no importa en qué época.”

W. Faulkner, en una carta a Malcolm Cowley, 1944.

 

Quizá muramos en ese instante en que nos damos cuenta, en que admitimos, que el mal tiene una estructura lógica…

Aunque el presuntuoso, vanidoso, empingorotado y «bienpensante» Vargas Llosa, en el prólogo de la edición que he leído, trate de hacernos creer que Faulkner sólo pretendía hacer ficción para añadir “a la experiencia humana algo que los hombres no encuentran en sus vidas reales”, lo que encontramos en esta novela, que no es de las mejor escritas que he leído de Faulkner, es un vivo retrato del género humano y de todas sus miserias. Nada de lo que ocurre en la escabrosa historia de Temple Drake es producto ni de la imaginación desbocada del autor de la novela, ni de una época oscura en una zona oscura del sur de los Estados Unidos. El mundo está lleno de gentes como Temple Drake, Popeye, Lee Goodwin, Ruby Lamar, Miss Reba, Horace Benbow, su hermana Narcissa, el senador Clarence Snopes o Gowan Stevens… y lo peor de todo es que cualquiera de nosotros podría ser cualquiera de ellos…

Con Faulkner nos adentramos en lo más sórdido del Santuario del mal. Faulkner no inventa nada. Sólo abre los ojos y mira hacia un mundo en el que todos los lazos comunitarios han desaparecido y sólo quedan individuos desarraigados, egoístas y violentos que sospechan unos de otros y que tratan de esconder el sinsentido de sus vidas tras el alcohol y la violencia, y para quienes el sexo no es más que una forma más de ejercer poder. Un mundo en el que los hombres maltratan a las mujeres, en el que los blancos asesinan a los negros, en el que los corruptos ascienden en la escala social… Sólo tenemos que abrir bien los ojos y mirar a nuestro alrededor para ver lo mismo que veía Faulkner hace casi cien años en el Sur de los Estados Unidos.

Si en algo es un maestro Faulkner es en lograr que conozcamos una historia sin contárnosla. El narrador de las novelas de Faulkner es un narrador que no se sabe la historia que está narrando y que la va descubriendo al mismo tiempo que nosotros. Desde el comienzo sabemos que están pasando cosas raras, pero no sabemos exactamente lo que ha ocurrido hasta que no lo vamos descubriendo por pequeños detalles y de indicios que no quedan claros del todo. Es el lector el que construye la historia.

Una pena que una gran novela como ésta vaya precedida de un prólogo tan infame del perverso Vargas Llosa, quien llega a decir, más o menos, que el hecho de poder imaginar según qué crueldades nos ahorra de que nos tengan que castigar por haberlas cometido y es un medio de proteger a las pobres niñas que de otra forma serían víctimas de nuestras depravaciones. Esto es lo que escribe al final de su prólogo: «De alguna manera, lo ocurrido a Temple Drake en el Condado de Yoknapatawpha, según la imaginación tortuosa del más persuasivo creador de ficciones de nuestro tiempo, salva a las bellas colegialas de carne y hueso de ser mancilladas por esa necesidad de exceso y desvarío que forma parte de nuestra naturaleza y nos salva a nosotros de que nos quemen y ahorquen por hacerlo.» Para Vargas Llosa, la ficción no sirve para que reflexionemos sobre el mal que hay dentro de todos y cada uno de nosotros y así poder derrotarlo, sino como válvula de escape de una, al parecer inevitable, necesidad de exceso y desvarío.

 

Algunas reseñas:

http://ellamentodeportnoy.blogspot.com/2005/12/un-faulkner-la-semana-iii-santuario.html
https://webs.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen02-1/varia08.htm
http://deudaspendientes.blogspot.com/2018/09/resena-de-santuario-de-william-faulkner.html
https://www.zendalibros.com/asi-empieza-requiem/
http://www.devaneos.com/literatura-americana/santuario-william-faulkner/
http://holman-rojas.blogspot.com/2012/07/santuario-de-william-faulkner.html
https://kamocha2punto0.wordpress.com/2019/04/13/santuario-una-de-las-obras-mas-reconocidas-de-william-faulkner/
https://unlibroabierto.wordpress.com/2010/09/20/santuario-william-faulkner/
https://pielagodelecturas.wordpress.com/2014/02/20/santuario-de-william-faulkner/

Películas:

1933- The Story of Temple Drake (Stephen Roberts)

1961- Sanctuary (Tony Richardson)

2007- Gruz 200 (Aleksey Balabanov)
Esta película no es una adaptación de la novela de Faulkner, pero tiene muchos elementos de la misma.

p. 27-28:
Por eso sabemos que la naturaleza es femenina; por esa connivencia entre la carne de mujer y la estación femenina. De manera que todas las primaveras presenciaba cómo la vieja sabia, renovándose, ocultaba el armazón del emparrado; cómo fabricaba de nuevo su verde señuelo, promesa de intranquilidad.
[…]
Había un espejo detrás de ella y otro detrás de mí: ella se veía en el que estaba detrás de mí, olvidada del otro, en el que yo podía verle la cara, verla contemplando mi nuca, y descubrir todo su fingimiento. Por eso la naturaleza es ‘ella’ y el progreso es ‘él’; la naturaleza hizo la parra, pero el progreso inventó el espejo.

p. 30:
– ¿Por qué ha abandonado a su mujer? -dijo.
– Porque comía gambas -dijo el forastero-.

p. 65:
Luego dejó de reír conteniendo la respiración y estuvo oyendo el débil gotear de la lámpara, el ruido de la carne en la sartén, el silbido de la cafetera sobre el fogón y las voces: los ásperos, los absurdos sonidos masculinos procedentes de la casa. Y tiene usted que hacerles la cena todas las noches. Todos esos hombres comiendo aquí, la casa llena por la noche, en la oscuridad…

p. 67:
Sé muy bien de qué pie cojean ustedes, las mujeres decentes -dijo la otra-. Demasiado dignas para relacionarse con la gente vulgar. Se escapa por la noche con esos muchachitos, pero ya veremos lo que sucede cuando aparezca un hombre -le dio la vuelta a la carne-. Usted se lleva todo lo que puede sin dar nada a cambio. “Soy una chica decente; Yo no hago eso.” Se escapa con los chicos, les gasta la gasolina y hace que la inviten a comer, pero basta que la mire un hombre para que se desmaye porque quizá no le gustara a su padre el juez ni a sus cuatro hermanos. Pero cuando se ve en un aprieto, ¿a quién viene llorando a pedir ayuda? A nosotros, los que no somos dignos de atarle los zapatos al juez.

p. 69:
No sabe lo que es verse deseada por un hombre de verdad. Y agradézcale a su suerte que no lo ha sabido ni lo sabrá nunca, porque entonces se enteraría de lo que vale en realidad esa carita de mosca muerta, y todas las otras cosas de las que cree estar tan orgullosa y que sencillamente le dan miedo. Y si es lo suficientemente hombre para llamarla puta, usted dirá Sí Sí y se arrastrará desnuda por el polvo y por el fango para que se lo siga llamando…

p. 122:
¿Crees que Narcissa quiere que la gente sepa que alguien de su familia podría estar relacionado con personas que se dedican a cosas tan naturales como hacer el amor o estafar o robar?

p. 123:
Era como si la feminidad fuera una corriente que atravesara un cable del que colgaba cierto número de bombillas iguales.

p. 129:
¡No hay sitio para ti en el cielo! ¡No hay sitio para ti en el infierno! ¡No hay sitio para ti en la cárcel de los blancos! Negro, ¿qué vas a hacer? ¿Qué vas a hacer, negro?

p. 131:
… el simple hecho de reflexionar sobre el mal, aunque sea por accidente, corrompe; no se puede traficar ni regatear con la corrupción…

p. 134:
No va a ser el sentido común quien le juzgue -dijo Horace-, sino un jurado.

p. 139:
… campos verdeantes de algodón recién florecido, tan desprovistos de todo movimiento, tan llenos de paz como si el domingo fuese una propiedad de la atmósfera, de la luz y de la sombra…

p. 152:
Vio también condensarse la última luz sobre el cristal del reloj, y cómo la esfera, de ser un orificio redondo en la oscuridad, se convertía en un disco suspendido en me- dio de la nada, en medio del caos original, para transformarse al fin en una bola de cristal que albergaba en sus inmóviles y enigmáticas entrañas el ordenado caos del intrincado y fantasmal mundo sobre cuyos costados llenos de cicatrices las viejas heridas se precipitan vertiginosamente hacia la oscuridad donde acechan nuevos desastres.

p. 182:
El tiempo no es una cosa tan mala después de todo. Usándolo correctamente, se puede estirar cualquier cosa, como si fuera una goma, hasta que se rompe por algún sitio, y te encuentras con toda la tragedia o la desesperación reducidas a dos bultitos entre el índice y el pulgar de cada mano.

p. 185:
Siempre lo he dicho, la mitad de los problemas de este mundo los causan las mujeres.

p. 198:
Y sabía también que ella se daba cuenta, gracias a esa inagotable capacidad femenina para desconfiar de los móviles de todo el mundo que parece en principio simple afinidad con el mal pero que resulta ser en realidad sentido práctico.

p. 212:
Entonces se me ocurrió una cosa muy curiosa. Ya sabe lo que pasa cuando se está asustado. Me miré las piernas y traté de imaginar que era un chico. Pensaba como si fuera un chico y luego trataba de convertirme en chico pensando; ese tipo de cosas. Como cuando se sabe un problema en clase y al llegar el momento se mira al profesor y se piensa con mucha intensidad. Pregúnteme. Pregúnteme. Me acordé de lo que les dicen a los niños
sobre besarse el codo y traté de hacerlo. Y lo conseguí, tal era el miedo que tenía; y me preguntaba si sería capaz de notarlo cuando me transformara en chico. Quiero decir si me daría cuenta antes de mirar; y pensaba que ya había sucedido y en cómo saldría y se lo enseñaría… Encendería una cerilla y diría Miren. ¿Ven? Ahora déjenme en paz. Y entonces podría volverme a la cama. Pensaba en cómo me volvería a acostar y me dormiría porque tenía mucho sueño. Tenía tanto sueño que apenas era capaz de mantener los ojos abiertos.

p. 214:
Quería dormirme, ¿sabe? Y él se limitaba a estar allí de pie. Se me ocurrió que si hacía de una vez lo que quería hacer, podría dormirme. Así que dije ¡Eres un cobarde si no lo haces! ¡Eres un cobarde si no lo haces!, y sentía que mi boca se preparaba para gritar y sentía dentro de mí ese nudo caliente que es lo que grita. Luego esa desagradable mano suya, tan fría y tan delicada, me tocó donde estaba desnuda, moviéndose indecisa dentro del abrigo. Era como hielo vivo y mi piel empezó a saltar alejándose de ella como esos pequeños peces voladores delante de una embarcación. Era como si mi piel supiera la dirección que iba a tomar la mano antes de que se moviera y siguiera retrocediendo a saltos por delante de ella para que no encontrara nada cuando llegara allí.

p. 216:
Arrancados, cauterizados del viejo y trágico costado del mundo. Y yo también, ahora que estamos todos aislados; pensando en el suave viento oscuro que sopla en los largos corredores del sueño; en yacer bajo un techo acogedor que puede tocarse con la mano, oyendo indiferente el prolongado repiqueteo de la lluvia: del mal, de la injusticia, de las lágrimas.

p. 216:
Quizá muramos en ese instante en que nos damos cuenta, en que admitimos, que el mal tiene una estructura lógica…

p. 247:
Los hombres se empeñan en no vernos tal como somos. Nos obligan a ser de una manera y luego esperan que seamos diferentes. Esperan que no miremos nunca a otro hombre mientras ellos van y vienen cuando les apetece.

p. 248:
Va todos los veranos a Pensacola para ver a su madre. Un hombre que hace eso no puede ser malo del todo.

p. 251:
Los hombres siempre esperan que resistamos la tentación.

p. 258:
Soy americano —dijo—. No presumo de ello porque nací americano. Y también he sido un buen baptista toda mi vida. Claro que no soy un predicador ni una solterona; he echado una cana al aire de vez en cuando, pero no creo ser peor que mucha gente que finge cantar en la iglesia con voz tonante. Pero la cosa más rastrera y más baja que hay en este país no es un negro sino un judío. Nos hacen falta leyes contra ellos. Leyes drásticas. Cuando un judío rastrero y miserable puede venir a un país libre como este sólo porque es licenciado en derecho, es hora de poner un límite a las cosas. Un judío es la cosa más baja de la creación. Y la especie más baja de judío es un abogado judío.

p. 273:
Acaban de oír las declaraciones del químico y del ginecólogo, quien, como muy bien saben, es una autoridad en las más sagradas manifestaciones del aspecto más sagrado de la vida: la feminidad, y que dice que no estamos ya ante un caso para el verdugo, sino que esto requiere un buen fuego de gasolina…

p. 287:
Tenemos que proteger a nuestras chicas. Podemos necesitarlas nosotros.

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