Volverás a Región

04/06/2020 Comentarios desactivados en Volverás a Región

Juan Benet, Volverás a Región, Bibliotex, 2001

Primera edición: Ediciones Destino, 1967

 

Ilustración de la cubierta: Elena Sanz

 

"Sólo las ruinas nos preservan de una ruina mayor"TEMÍSTOCLES

 

“La creatividad es la inteligencia divirtiéndose”
Albert Einstein

También Ocno lleva su ejército desde las riberas paternas,

hijo de la adivina Manto y del río etrusco,

que te dio a ti los muros, Mantua, y el nombre de su madre, 
Mantuca rica en antepasados, si bien no todos de la misma raza; 
[…]
Persigue después a Anteo y a Luca, línea primera de Turno, 
y al valeroso Numa y al rubio Camerte,

el hijo del magnánimo Volcente, el más rico en tierras

de los Ausónidas que reinó en la Amiclas silenciosa.

VIRGILIO, Eneida

 

«… hasta que con las luces del día, entre dos ladridos de un perro solitario, el eco de un disparo lejano vino a restablecer el silencio habitual del lugar»

 

Queden las cosas como están, el futuro a la mierda

 

Volverás a Región es uno de esos libros difíciles e incómodos y por ello, también fascinante. Durante muchos, muchísimos, años me he mantenido alejado de Benet, pues todas mis aproximaciones a este autor terminaban al cabo de unas pocas páginas. Nunca había encontrado la paz necesaria para adentrarme en alguna de sus obras sin desesperarme. Hace falta mucha paciencia, mucho tiempo y tener la mente bien despejada de otras cuestiones para poder adentrarse en el laberinto y disfrutar de la compleja escritura de Volverás a Región. Las obras de Benet no sólo son difíciles sino que llegan a ser, en ocasiones, incomprensibles, pero, como ha dicho hace poco Enrique Vila-Matas, “me gustaría saber por qué la realidad debería ser fácil de entender.” También, como dijo en una ocasión Javier Avilés, quizá sea cierto que la perfección literaria y la prodigiosa técnica que despliega en sus obras las convierte en perfectas pero excesivamente frías.

Llevo tiempo entrenándome con libros complicados y costosos de entender, leyendo a Thomas Bernhard, Claude Simon o Samuel Beckett, pero los libros de Juan Benet continuaban arrinconados en una esquina. Por fin, superando miedos, perezas y prejuicios, asumí el riesgo de internarme en el mágico territorio de Región y en la laberíntica estructura de la narrativa de Benet.

A medida que pasaba las páginas de esta primera novela de Juan Benet (primera en dos sentidos, porque es la primera que él escribió y la primera de Juan Benet que leo), La rama dorada de Frazer, La Eneida de Virgilio, o la Divina Comedia de Dante se van haciendo presentes como un fantasma encarnado en el viejo guardián Numa en los bosques de Mantua y en los ladridos de los perros…

Volverás a Región es una novela que no cuenta ninguna historia, aunque existen varias historias entrelazadas que el lector va descubriendo a partir de las reflexiones y de las conversaciones de algunos de los personajes, entre los que se encuentra un desconocido narrador que interfiere en las mismas, que van apareciendo a lo largo del libro. Una vez que se consiguen superar las dificultades de comprensión de la novela y se deja que esta fluya, en ocasiones teniendo que releer párrafos enteros y retroceder algunas páginas, el lector se convierte en autor para construir un argumento a partir de sensaciones, emociones y recuerdos que, con un estilo plagado de elipsis y cambios de puntos de vista, le hace llegar el escritor.

Esta novela es un libro sobre la ruina… la ruina que preserva de otra ruina mayor, sobre el Tiempo (así, con mayúsculas), sobre la memoria, sobre el miedo y sobre el rencor. Región es “una tierra cuyo estandarte era la escasez, cuyo himno la plegaria y cuyo bastión más inexpugnable, el miedo”. Interminables digresiones y largos paréntesis anidados unos dentro de otros, que recuerdan el estilo de Claude Simon, dificultan aún más una lectura que, por otra parte, se vuelve apasionante, nunca deja indiferente, y al final recompensa con creces el esfuerzo de atención y concentración que exige al lector.

El tiempo y ese “dedo tembloroso” que es la memoria son los principales temas de esta novela. En un momento en que estaba prohibido mirar hacia atrás, Juan Benet rescató el sufrimiento de la guerra para hacer evidente la necesidad de recuperar la conciencia enmarañada “que no recuerda el odio pero atesora el rencor”. Esto que en los años sesenta era necesario, sigue siéndolo todavía. Todavía es necesaria una “memoria que no tiene nada que ver con los recuerdos”. Volverás a Región es una metáfora de la España silenciosa que surgió tras la guerra, de unas gentes que como “la gente de Región ha optado por olvidar su propia historia”. La historia de una decadencia que comenzó “una mañana de las postrimerías del verano con una reunión de militares, jinetes y rastreadores dispuestos a batir el monte en busca de un jugador de fortuna, el donjuán extranjero que una noche de casino se levantó con su honor y su dinero”. Región es un territorio poblado por unas gentes silenciosas que olvidaron su pasado, vigilado por un “viejo y lanudo Numa, armado de una carabina, que en lo sucesivo guardará el bosque, velando noche y día por toda la extensión de la finca, disparando con infalible puntería cada vez que unos pasos en la hojarasca o los suspiros de un alma cansada, turben la tranquilidad del lugar”.

Poco a poco, al ir avanzando en la lectura, uno se acaba acostumbrando a “su prosa analítica, sincopada, rebosante de enigmáticos requiebros narrativos, a su criptográfico mundo de significados múltiples y abismales, a su trascendente mundo de naturaleza faulkneriana”… (elmundodekovalski)

Los lectores miopes encontramos en esta novela un error de Benet, quien probablemente por no ser miope desconoce que los ojos de un miope nunca pueden ser aumentados por los cristales de sus gafas, sino todo lo contrario. En la página 25: “Los ojos del niño, aumentados por los cristales de las gafas… […] … la naturaleza le impuso la miopía…”

Benet es un maestro de las descripciones de todo tipo: geológicas y botánicas, pero también de batallas… Descripciones en las que el lector descubre la existencia de plantas como las espadañas, las carquesas, las urces, el tártago, el viburno, las bromelias, los brezos, los zarcanes, los majuelos, el jaramago, el tomillo, la retama, el brote solferino (un pelillo temblón y urticante), la flor de Mitra, la raecilla, los negrales, los maíllos, las alceas, el argumeno, enebros, hayas, fresnos, tejos, acacias, abedules, robles… o aves como el pecu, el faisán o la verradilla, un ave que canta de noche y que imita el balido de la cabra.

El autor, por medio de sendas notas a pie de página, nos hace conocedores de los autores de tres citas entrecomilladas: Stephan Andres (p. 22), Faulkner (p. 235) y Nietzsche (p. 252)

Entre los variados recursos estilísticos de Benet está el de utilizar palabras desconocidas por la mayoría de los lectores, como: épave (ruina), terne (obstinado), pigre (perezoso) o prodromo.

La toponimia ficticia de Región es abundante: Región, Macerta, Burgo Mediano, Bocentellas, Etán, el Salvador, El Auge, Mantua, la vega de El Quintán, el Puente de Doña Cautiva, las cumbres de el Torres, el Monje, el Malterra, el Acatón y la pelada montaña de San Pedro, los collados de Socéanos, La Requerida, los Muertos y Retuerta, los ríos Torce, Ferrellán, Formigoso, el arroyo de los Muertos y el Tarrentino, el Hotel Terminus de Ebrias o la calle del Císter (Región).

Las gentes de Región que “tenían mucho más de domesticados que de civilizados”:
Doctor Sardú, Doctor Sebastián (Daniel), Asián, Alejandro Cayo Mazón, Eugenio Mazón, Robert, Rubal, Luis I. Timoner, Julián Fernández, Constantino, Feliciano el de la Fonda, Juan de Tomé, Enrique Ruán, Cayetano Corral, Gerd (el alemán del batallón Theobald), la vieja barquera, la pastora, el jugador hortera…
Padre Eusebio, el teniente (coronel) Gamallo, María Timoner, Adela, camarada Adela (Muerte), Marré Gamallo, la señora Gubernaël…

También aparecen en la novela algunos personajes “ficticios” como el rey Sidonio, el joven Aviza o el viejo Atilano…

Juan Ramón Masoliver en «La Vanguardia», 30 de enero de 1969

Algunas reseñas:

– José Miguel García de Fórmica-Corsi, “Volverás a Región: el lugar donde se acumula la entropía

– José Miguel García de Fórmica-Corsi, “El argumento en Volverás a Región

– Andrés Hueso, “Volverás a Región (notas)

– Enrique Vila-Matas, “Juan Benet, saltador de pértiga

– Javier Avilés, “Juan Benet

– Javier Quiñones, “Juan Benet: las tres edades

 

Bibliografía:

– Miguel Carrera, “La imagen del laberinto en las novelas regionatas de Juan Benet”, Amaltea Revista de mitocrítica, Vol. 1 (2009), pp. 23-41

– Carlos Cuevas Mendoza, “La gestación del laberinto de Juan Benet: Región, El Sertao, León”, Tierras de León: Revista de la Diputación Provincial, Vol. 41, Nº 117, 2003, págs. 81-116

– Jorge Machín Lucas, “Desafíos posmodernos de la obra literaria de Juan Benet”, Revista Comunicación, Año 36, vol. 24, núm. 2, julio-diciembre, 2015.

– Jorge Machín Lucas, “Juan Benet al trasluz: Palimpsestos subversivos en «Región»”, Cuadernos Hispanoamericanos, Núm. 609, marzo 2001.

– Jorge Machín Lucas, “Juan Benet y el pensamiento místico: más allá del fatalismo”, Lectura y Signo, 14 (2019), pp. 35-46.

– Valentina Maini, Cartographier l’Espagne, ausculter le combat. La guerre civile espagnole dans la littérature européene, Università di Bologna, 2018.

– John B. Margenot, “Cloisters and cloisterers in Juan Benet’s Volverás a Región”, Hispanic Journal, Vol. 10, Nº 2 (1989), pp. 113-126

– Patricia Martínez García, “El paisaje como metáfora de la historia. Volverás a Región de Juan Benet y Las Geórgicas de Claude Simon”, Actas del X Simposio de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada, Universidad de Santiago de Compostela, 1996 (393-414)

– Adriana Minardi, “Espacios y tiempos: claves ideológicas en la narrativa de Juan Benet”, Rumbos del hispanismo en el umbral del cincuentenario de la AIH, coord. por Patrizia Botta, Vol. 5, 2012, pp. 445-450.

– Adriana Minardi, “Et in Region ego. Los marcos políticos de la memoria en la trilogía de Región”, Hesperia: Anuario de filología hispánica, nº 17, 2, 2014, pp. 85-104.

– Adriana Minardi, “Los marcos políticos de la memoria en la trilogía de Región”, X Jornadas de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.

– Adriana Minardi, Los entramados temporales de la historia en la narrativa de Juan Benet: espacio, memoria e ideología: aproximaciones a Región, Tesis Doctoral, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

– Jesús Pérez Magallón, “Tiempo y tiempos en Volverás a Región, de Juan Benet”, Hispanic Review, Vol. 59, Nº 3 (1991), pp. 281-294

Mapa de Región

Notas de lectura:

p. 14:
Tal vez la decadencia empieza una mañana de las postrimerías del verano con una reunión de militares, jinetes y rastreadores dispuestos a batir el monte en busca de un jugador de fortuna, el donjuán extranjero que una noche de casino se levantó con su honor y su dinero…

p. 15:
… el abandono de Región se hizo más patente: sopló un aire caliente como el aliento senil de aquel viejo y lanudo Numa, armado de una carabina, que en lo sucesivo guardará el bosque, velando noche y día por toda la extensión de la finca, disparando con infalible puntería cada vez que unos pasos en la hojarasca o los suspiros de un alma cansada, turben la tranquilidad del lugar.

p. 16:
padres y carruajes y bailes y ríos y libros deshojados, todas las ilusiones y promesas rotas por la polvareda de los jinetes que con la distancia y el tiempo aumentarán de tamaño hasta convertir en grandeza y honor lo que no fue en su día sino ruindad y orgullo, pobreza y miedo.

p. 20:
Pero él no lo sabe, lo teme: su conciencia no reconoce todavía como odio lo que una memoria ahorrativa atesora a fin de capitalizar los pequeños ingresos infantiles para el día en que tenga uso de razón…

p. 20:
No es la memoria la que odia; es ciertamente la que cree, la que diez o veinte años más tarde se complace en presentar a una razón sin recuerdos todo un balance de tardes en los pasillos, de esperanzas frustradas e inversiones inútiles; es más, ni siquiera necesita comprobar el balance de esas primeras y últimas energías que no vacilaron en sacrificar su razón para mantener la integridad de una persona balbuceante, desorientada y abandonada.

p. 22:
Si algo sabían era oír -por encima de los susurros de la noche, el eco del combate y los desolados ladridos de los perros- «como si ellos mismos comprendieran la futilidad de su acto» (Stephan Andres)

p. 23:
Pero como Adela se había educado en la vecindad y compañía de buenas familias antes de ser madre había adquirido un sentido muy estricto de la honestidad y los deberes del criado por lo que en cuanto su hijo llegó a la edad de entenderla le inoculó esos desechos de la educación burguesa que las clases humildes han de recibir como la ropa usada de los señores: abrigos que es preciso convertir en chaquetas y camisas con las que hay que hacer un pijama. Por eso su hijo debió comprender desde muy corta edad que si un día debía abandonar el hogar al menos debía acarrear alguna tragedia, porque añadir la prosperidad al abandono era algo que se salía de los límites de la moral de contagio.

p. 32:
un pueblo que durante treinta años no había deseado otra cosa que carecer de deseos y dejar que se consumaran los pocos que conservaba, que como mejor solución a las incertidumbres del futuro y a la sentencia de un destino inequívoco, había elegido el menosprecio del presente y el olvido del pasado…

p. 33:
… se constituyó el Comité de Defensa de Región… (CDR???)

p. 34: (Descripción de la Sierra de Región situada en el paralelo 42º 45’’ de latitud N)

p. 43-44:
… los bienes de propios, arrebatados a unas comunidades abúlicas y sacados a la pública subasta, fueron adquiridos por los mismos lejanos y desconocidos potentados que llegaron a tiempo para adquirir los bienes eclesiásticos a un precio tentador. Entonces se produjo esa conocida inversión, consecuencia de una ley abrumada por la idea fija de la colonización de las tierras incultas y amortizadas y la parcelación de las grandes dehesas, privadas o comunes. Las tierras bajas, propiedad de la comuna o de la Iglesia, donde en el siglo XVIII trabajaba el pueblo afectó y pastaba el ganado en proximidad a los establos, fueron entregadas al mejor postor, un aristócrata de Castilla, Cataluña o Extremadura, mientras que las dehesas altas sólo aptas para el ganado lanar -que eran propiedad de los grandes señores que controlaban la meseta- fueron parceladas y distribuidas entre los expropiados vecinos, previa entrega del dinero que habían recibido en la transacción anterior. Tras quince o veinte años de esfuerzos estériles para alimentar entre aquellas breñas unas puntas de ganado bovino o por cultivar un centeno raquítico, agrio, amarillento y granular -responsable de la desnutrición, la degeneración de la raza y la pérdida del vigor físico- el paisano agotado y arruinado, no vacilará un día en aprovechar la visita anual del administrador de las fincas bajas para devolverle su parcela del monte a cambio de la enfiteusis de una insignificante parte de su antigua propiedad. De forma que la ley no ha servido -ala vuelta de los años- sino para convertir al pequeño propietario rural en el enfiteuta de los grandes señores; y si antes no le daba para progresar, ¿qué será ahora que tiene que compartir las rentas con un propietario que a la menor dilación en el pago rescinde el contrato?

p. 44:
Tal es el burgo, tal es su pacífica convivencia: una agrupación de enfiteutas temerosos unos de otros; asediados todos por la hostilidad de la geografía, la historia, la geología, la climatología y la mesta, dispuestos a resistir el sitio y mantener su status tanto para defender una economía paupérrima como para alimentar el miedo que inspira toda emigración y todo cambio de su condición y de sus lares. Y en lo alto de las sierras negras que rodean el pueblo las humaredas aisladas que delatan la presencia de esos ocultos, desconocidos y omnipresentes enemigos del paisano -los pastores- que, sin duda, aprovechan su estratégica condición y su apariencia pacífica para vigilar noche y día la actividad del pueblo y cursar a una lejana capital el aviso de evicción en cuanto un paisano levanta la vista del surco del arado. Porque ellos son el brazo secular del terrateniente extremeño o castellano…

p. 60:
Contaban en primer lugar con el rencor de los privilegiados, con las vacilaciones de un gobierno inexperto y amedrentado y con la brutalidad de una colectividad inculta e ingenua, torpe y sanguinaria, poco menos que satisfecha de dejar saldada la cuenta de cuatro siglos con los incendios y asesinatos de una noche anticlerical.

p. 65:
Hacia finales del 36 empezó a cundir y prevalecer en la parte republicana una mentalidad más estatal que revolucionaria; en todos los espíritus con las miras puestas en el triunfo militar -condición indispensable para cualquier otra aventura- empezó a abrirse paso una cierta intención conservadora de volver a la amalgame para, a costa de los intereses de partido y de clase, crear el ejército por encima de la milicia y el estado por encima del sindicato.

p. 79:
… incapaz de curar con el recuerdo aquello que la memoria ha sellado con dolor…

p. 80-81:
La conciencia y la realidad se compenetran entre sí: no se aíslan pero tampoco se identifican, incluso cuando una y otra no son sino costumbres. Raras veces un suceso no habitual logra impresionar la conciencia del adulto sin duda porque su conocimiento la ha revestido de una película protectora, formada de imágenes adquiridas, que no sólo lubrifica el roce cotidiano con la realidad sino que le sirve para referirlo a un muestrario familiar de emociones. Pero en ocasiones algo atraviesa esa delicada gelatina que la memoria extiende por doquier -aunque no conoce ni nombra- para asomar con toda su crudeza y herir a una conciencia indefensa, sensible y medrosa que sólo a través de la herida podrá segregar el nuevo humor que la proteja; y entonces se convierte en una costumbre refleja, en conocimiento ficticio, en disimulo ya que, en verdad, el miedo, la piedad o el amor no se llegan nunca a conocer. Hay una palabra para cada uno de esos instantes que, aunque el entendimiento reconoce, la memoria no recuerda jamás; no se transmiten en el tiempo ni siquiera se reproducen porque algo -la costumbre, el instinto quizá- se preocupará de silenciar y relegar a un tiempo de ficción. Sólo cuando se produce ese instante otra memoria -no complaciente y en cierto modo involuntaria, que se alimenta del miedo y extrae sus recursos de un instinto opuesto al de supervivencia, y de una voluntad contraria al afán de dominio- despierta y alumbra un tiempo -no lo cuentan los relojes ni los calendarios, como si su propia densidad conjure el movimiento de los péndulos y los engranajes en su seno- que carece de horas y años, no tiene pasado ni futuro, no tiene nombre porque la memoria se ha obligado a no legitimarlo; sólo cuenta con un ayer cicatrizado en cuya propia insensibilidad se mide la magnitud de la herida.

p. 85:
También podía no haber llegado y hubiera sido igual, una prolongación de la tardanza. Usted sabe a qué me refiero, no vale la pena entrar en detalles, che senza speme vivemo in disio. ¿Que si hubo un tiempo en que eso no era así? ¡Qué pregunta! No, no, no es orgullo; hay una reclusión y una renuncia y un abandono de todo menos de la paz consigo mismo que no están dictados por la cobardía sino por el orgullo.

Dante, Comedia

p. 86:
Todo termina cuando se agota el deseo, no cuando se nubla la esperanza…

p. 97:
porque la memoria -ahora lo veo tan claro- es casi siempre la venganza de lo que no fue -aquello que fue se graba en el cuerpo en una sustancia a donde no llegan nuestras luces-. Quizá me equivoque, pero ahora me parece tan evidente…, sólo lo que no pudo ser es mantenido en el nivel del recuerdo y en registros indelebles- para constituir esa columna del debe con que el alma quiere contrapesar el haber del cuerpo. Así que la memoria nunca me trae recuerdos; es más bien todo lo contrario, la violencia contable del olvido.

p. 98:
“Vuelve allí, Marré; vuelve allí por lo que más quieras, vuelve de una vez”

p. 99:
El Doctor no respondió; en unos instantes el cielo se había cubierto en su totalidad y todo el jardín y el campo vecino. Mudó, su coloración, fugazmente abrillantado por una capa de barniz; un horizonte de brezos y zarcanes, salpicados de urces y majuelos, que bajo el cielo de color de coraza parecía poseído de aquel malicioso sentido del ahorro que le permitía retener y magnificar la última luz de la tarde para dramatizar el instante de su desvanecimiento.

p. 102:
… se comprende que existe un estado de falso bienestar fundado en el ahorro mucho más pernicioso y nocivo que la propia Ruina la cual, como decía el viejo Temístocles, nos preserva siempre de otra mayor.

p. 106:
… se me aparecía por las noches, envuelto en el humo de su tabaco y rodeado de sonidos ininteligibles, víctima de una civilización dominada por una mecánica y unas mujeres que, nacidas en la esclavitud, habían subvertido el orden de sus señores para imponer unas leyes incomprensibles.

p. 107:
… debe ser muy difícil existir si se pierde la convicción de que mientras dure la vida sus posibilidades son inagotables y casi infinitas.

p. 108:
… unos cuantos abogados belicosos, de esos que llaman de secano, empapeladores locales que no parecen sino conservar y alimentar el rencor contra la Providencia, por no haber, sido consultados por ella en los días del Génesis.

p. 118-119:
… así que contemplaba aquella situación en que -voluntaria o involuntariamente, eso al fin y al cabo era lo anecdótico- se había envuelto con esa mezcla de deleite e intriga que al espectador procurare esos cuadros de tema mitológico, bíblico o devoto y cuyo asunto no conoce cabalmente (como el Paisaje con el velo de Tisbe o el Viaje de san Genaro), en la que toda la índole del argumento se centra en una liviana y lejana figura al fondo de un escenario exuberante; y de la misma forma que en tales cuadros la ignorancia estima caprichosos ciertos acontecimientos que se desarrollan en otros planos que, de otra forma, están ligados a aquella enigmática figura por un vínculo que sólo puede descifrar una erudición ausente o la clave de un lenguaje esotérico que el artista utilizó para hacer manifiesta una creencia prohibida, así trataba de comprender la razón de aquella visita y la relación que podía guardar con los augurios del monte y la intolerable calma que parecía emanar de la sierra desde dos primaveras atrás -después de tantos años de desastres y resignación que hasta los pocos melocotoneros supervivientes se habían acostumbrado a producir orejones- y que él, en cuanto hombre viejo y rodeado y protegido de astutos desengaños, intuía que anunciaban el comienzo de una nueva revulsión.

Nicolas Poussin, «Paisaje con Píramo y Tisbe»

p. 132:
¿por qué no volver al terreno del odio? Sólo de la derrota podía surgir algo nuevo; no ha sido así, pero eso no quita nada al hecho de que fuera la mejor razón para hacer la guerra: poderla perder.

p. 133:
la mejor razón para prolongar un combate era siempre derrotista y que en nuestro caso era absolutamente preciso continuar la guerra hasta ser merecedor de la completa derrota. Sólo la derrota haría tolerable la posguerra…

p. 136:
“Señor, hay todavía quien cree que cuando se deshoja ese frágil pétalo se adquiere un nuevo estado. Supongo que es una manía puramente masculina, una especie de garantía de que la calidad del producto depende de una etiqueta en el tapón. Pero de qué poco le sirve a la mujer ese precinto, qué poco le importa el estado del tapón. No sólo lo odia sino que se enorgullece en cuanto puede romperlo y olvidarse para siempre de un estado que maldita la importancia que tiene. La verdadera virginidad viene después, con el precinto roto. Y la inocencia y la castidad también…”

p. 144:
Porque si el futuro es un engaño de la vista, el hoy es un sobrante de la voluntad, un saldo.

p. 145:
Tú habías dicho (después de fracasados tus propósitos de rendición) que la mejor razón para prolongar aquella guerra había que buscarla entre las compensaciones de la derrota. Que la guerra había que perderla, costase lo que costase, no ya para adquirir un convencimiento más firme en la maldad del adversario como para perder definitivamente toda confianza en la historia y en su porvenir.

p. 149:
Había, sin embargo, una clase de gente para la que la guerra constituyó la mejor oportunidad de encontrar la paz con ellos mismos.

p. 150:
Así ocurre con la memoria individual y tanto más con la colectiva: por una economía de almacén no recuerda el odio pero atesora el rencor y, cuando actualiza, no busca lo que el alma guarda sino aquel sentimiento que, tras la expansión, la vuelva a llenar de cólera o coraje.

p. 151:
Durante esos días los hombres de que le hablo tratan en vano de comprender; tratan de saber no la clase de tormenta que amenaza al país, sino la clase de hombres que ellos son. Tal vez no era fe ni confianza lo que les faltaba, sino credenciales; habían crecido en un país cubierto por el jaramago, el tomillo, la retama; toda su vida se habían alimentado de ruinas, nunca llegaron a ver cómo se pone una piedra; las fincas abandonadas, los predios incultos, las sernas en barbecho, los bosques talados, los campos sedientos y los torrentes destructores no eran para ellos obra del azar ni de la desidia sino que constituía la médula de una tierra cuyo estandarte era la escasez, cuyo himno la plegaria y cuyo bastión más inexpugnable, el miedo.

p. 172:
Los pastores y leñadores que se adentran por el valle del Tarrentino cuentan que el monte se halla sembrado de grandes losas y piedras tumbales, ataúdes tallados en arenisca que hoy sirven todavía de pilones y abrevaderos, crestones que no se han meteorizado y que conservan, como si se tratara de un fósil más, una indescifrable inscripción cúfica, fechas incomprensibles talladas en la cuarcita y cubiertas de jaramago; entre las atormentadas raíces de una encina o en el centro de un macizo de espinos surge de pronto la cabeza herrumbrada de una lanza que se yergue todavía hacia el cielo sosteniendo el raso descolorido y desflecado del distintivo regimental…

p. 178:
Esa civilización demoníaca -esto es, inútil e impuesta, dada que no elegida- tenía que, para ser atractiva, presentar su contrapartida y por eso se inventó el verano, los viajes de placer, la emancipación de la mujer y tantas otras cosas que a nadie un poco avisado le tentaban lo más mínimo. Y para disfrutar de todo ello también se inventó Región. Pronto comprendieron que como se trataba de una civilización cuyo mayor orgullo era que se diferenciaba de todas las anteriores, muchas cosas que habían existido con anterioridad (tales como el adulterio, la virtud, el fraude, el amor al prójimo) debían adaptarse a las nuevas circunstancias y vestirse con la ropa adecuada. Y entre ellas -y no la menos importante- el miedo. […] gozaban de una salud más corta pero más completa; es decir, tenían tan buena salud que morían muy jóvenes.

p. 181:
Por eso acostumbran a ir allí cada año, a escuchar los disparos celestiales de un Numa que, por lo menos, no se equivoca nunca. No entrega nada pero al menos no permite el menor progreso; no aprieta pero ahoga. No vea usted en él una superstición; no es el capricho de una naturaleza ni el resultado de una guerra civil; quizá todo el organizado proceso de una religión, unido al crecimiento, desemboca forzosamente en ello: un pueblo cobarde, egoísta y soez prefiere siempre la represión a la incertidumbre; se diría que lo segundo es un privilegio de los ricos. Yo no creo que siempre fuera así, pero a estas alturas es difícil hacerse cargo de cómo el crecimiento y el progreso -esa acumulación de números y subterfugios con que la historia se regala a sí misma para darse un aspecto consolador– han trastornado nuestra naturaleza original. ¿De qué estaré hablando, demonio? Pues bien, no cabe duda de que el así llamado progreso se consigue a costa de algo, quizá de lo que no puede progresar; el juicio, el sano juicio, es uno de ellos, ¿no será menester sacrificarlo si hemos de andar todos al mismo paso? Esa enfermedad se avecina. El Numa no es más que el pródromo. Es cierto que vivíamos atrasados, ¿y por qué no habíamos de hacerlo así? Y ahora nos estamos embutiendo en un disfraz sin saber cuáles eran las ventajas del antiguo vestido, sólo porque era una antigualla. Al hombre le pasa lo mismo, es otra antigualla. Cuando se escribe tanto acerca de él es porque apenas cuenta, a punto está de ser retirado a los desvanes y los museos. Lo que importa es su sociedad, su religión, su estado y su silencio; en tiempos de mi padre se creía todavía que había que cuidar y celar esas cosas para servir al individuo; y ahora, a lo más, es al revés. El hombre es una pieza arqueológica; en tiempos de mi padre se creía que era posible redimirle de su esclavitud y liberarle de la explotación por sus semejantes; y todo eso ha venido a parar en que ya nadie explota pero todos somos explotados, por el Estado, por la religión, por el bien común, por lo que sea y contra lo que nadie puede luchar de forma que lejos de suprimir la explotación lo que se ha hecho es transformarla en cosa invulnerable y sacramental.

p. 182:
Y todo por hablar demasiado de los hombres y de sus derechos. Pero ¿es que se habían preocupado alguna vez de aquella palabra?, ¿una denominación común implicaba unos derechos?, ¿no bastaba con llamarse Sebastián o Mazón o Tomé para saber lo poco que había de común entre ellos?, ¿qué derechos podían gozar en común sólo porque una palabra, cuyo significado a diario se cuidaban de negar, les abrazase a todos para destruir aquella condición diferencial que les había bautizado?

p. 200:
El presente ya pasó y todo lo que nos queda es lo que un día no pasó; el pasado tampoco es lo que fue, sino lo que no fue; sólo el futuro, lo que nos queda, es lo que ya ha sido…

p. 201:
Entonces se opera el fenómeno de la luz y del ruido, el tiempo se rompe para correr hacia aquel instante en que quedó en suspenso; ya sé que no fue un instante y que probablemente nunca sonó aquel aciago picaporte, como no sonaron los cascos de los caballos ni las cornetas y disparos de Mantua, pero lo que ayer no fue hoy tiene que haber sido; como no hubo grandeza hoy son necesarias las ruinas, apenas existieron esas familias que hoy se apiñan en las tumbas y los devocionarios, ni había la riqueza que justifique la podredumbre que hoy cunde, ni fatiga, la falta de apetito procede de un desengaño porque nunca se llegó a hacer la famosa promesa; así que no llegaron a pronunciarse las palabras que hoy los techos y pasillos devuelven convertidas en añoranza. Es cierto que la memoria desvirtúa, agranda y exagera, pero no es sólo eso; también inventa para dar una apariencia de vivido e ido a aquello que el presente niega.

p. 203:
Existe un paraje, muy cercano al que usted anda buscando, al que podríamos llamar el tabernáculo de la ruina. Le diré dónde es: pasado el Burgo Mediano, un pueblo deshecho desde la guerra, hay que tomar la carretera que sube hacia Mantua y pararse en un pueblo que llaman El Salvador. Ya se imaginará usted por qué lo llaman así. En verdad, sólo la torre de su iglesia permanece en pie. Era un pueblo, sin embargo, situado en un paraje único, en una vega amena y fértil enclavada en el centro del circo de montañas; así que desde esa torre aparece toda la Sierra de Región como al alcance de la mano…

p. 205-206:
Enmarcada en una alta ventana una cara risueña y pacífica y ligeramente escorada parece entregarse a la recreativa contemplación de una mañana de sol con esa indiferencia de quien está acostumbrado a los ecos sobrenaturales, de la misma naturaleza que la de esos paisanos que -en el tapiz de Bayeux- labran su tierra sin prestar atención a los fenómenos y apariciones celestiales que pueblan el firmamento a espaldas de ellos. ¿Por qué esa paz? Sin duda porque no cuentan con el porvenir, el Numa acaba de decir esa misma madrugada: “Queden las cosas como están, el futuro a la mierda”. Ningún resto de esperanza, en esta tierra de los desengaños, ha prevalecido desde que el tiempo fue sellado con el clic del picaporte o con el disparo de Mantua; para nuestra salud nada mejor podía haber ocurrido; ni prevalecerá -se lo puedo asegurar- mientras quede una postal, una fotografía amarillenta como ésa que usted trae, un recuerdo de cualquier índole con el que sondear el abismo de un hoy que no es sino un fue, un algo que no ha existido nunca porque lo que existe fue y lo que fue no ha sido.

Tapiz de Bayeux (fragmento)

p. 206-207:
Creo que la vida del hombre está marcada por tres edades: la primera es la edad del impulso, en la que todo lo que nos mueve y nos importa no necesita justificación, antes bien nos sentimos atraídos hacia todo aquello -una mujer, una profesión, un lugar donde vivir- gracias a una intuición impulsiva que nunca compara; todo es tan obvio que vale por sí mismo y lo único que cuenta es la capacidad para alcanzarlo. En la segunda edad aquello que elegimos en la primera, normalmente se ha gastado, ya no vale por sí mismo y necesita una justificación que el hombre razonable concede gustoso, con ayuda de su razón, claro está; es la madurez, es el momento en que, para salir airoso de las comparaciones y de las contradictorias posibilidades que le ofrece todo lo que contempla, el hombre lleva a cabo ese esfuerzo intelectual gracias al cual una trayectoria elegida por el instinto es justificada a posteriori por la reflexión. En la tercera edad no sólo se han gastado e invalidado los móviles que eligió en la primera sino también las razones con que apuntaló su conducta en la segunda. Es la enajenación, el repudio de todo lo que ha sido su vida para la cual ya no encuentra motivación ni disculpa. Para poder vivir tranquilo hay que negarse a entrar en esa tercera etapa; por muy forzado que parezca debe hacer un esfuerzo con su voluntad para permanecer en la segunda; porque otra cosa es la deriva.

p. 207:
“Olvídate de eso; olvídate de eso y vuelve a Región”

p. 209:
El tiempo sólo asoma en la desdicha y así la memoria sólo es el registro del dolor. Sólo sabe hablar del destino, no lo que el hombre ha de ser sino lo distinto de lo que pretende ser. Por eso no existe el futuro y de todo el presente sólo una parte infinitesimal no es pasado; es lo que no fue. Por eso sólo puede ser lo que su imaginación no previó. La imaginación es una facultad que sólo se da en las criaturas que tienen destino no para luchar contra él sino para negárselo a sí mismos.

p. 210:
Quiero ver cómo en un momento de nuestra historia nuestros padres tuvieron un sueño, un sueño de gente educada. Veinte o treinta años más tarde despertaron con el estruendo de las radios y el anuncio de la guerra. Cuando sumidos en aquel sueño se insinuaron los primeros síntomas de la Ruina se debió comprender que el destino y el tiempo, una vez más, se habían negado a financiar una inversión que sólo en Teruel, en el Ebro o en el Puente de Doña Cautiva podría ser amortizada.

p. 211:
Es verdad -pensó al contemplar el abandonado jardín- cómo en estos últimos días de septiembre el aroma cambia y, de pronto, tras esa desconcertada barahúnda del verano, el campo calla. Cómo parece recluirse en sí mismo e inmovilizarse en la cautela mesmerizada por la amenaza del invierno. Se diría que hasta los chopos contienen la respiración, antes del escalofrío que les arrancará el follaje.

p. 211:
… y qué no daría esa alma por trocar la memoria -transformada en obsesión por una razón torticera- en la savia suficiente para reproducir el extempóreo brote de aquel vertiginoso presente tan intemporal, fugaz y apasionado que nunca pudo, transformarse en pasado.

p. 212:
Porque la joven que al abandonar el colegio religioso tiene que enfrentarse con un mundo ante el que la educación se ha quedado corta rara vez, si no es para incorporarse al orden burgués por la vía del matrimonio, puede conformarse con los valores recibidos.

p. 235:
El día 7, al atardecer, los moros cruzaron de nuevo el río a bragas enjutas…

p. 235:
… un golpe de brisa se había llevado -definitivamente hacia el sur- el eco de los disparos y la metralla para restaurar el rumor del agua y (mientras el céfiro ondulaba los capotes caídos) los ladridos «irreales, sonoros y
regulares, timbrados por esa triste y resignada desolación» (Faulkner) con que los perros se llamaban y buscaban, de serna en serna y de ruina en ruina, para reanudar el coloquio que el fuego había momentáneamente interrumpido.

p. 236:
Estaban los alemanes descansando tras unos arbustos cuando oyeron muy lejos -quizá más lejos de la realidad porque aquel sonido apagado, que parecía flotar en su propio eco suspenso, venía timbrado por otra lejanía que la de la distancia-, más allá de las lomas vespertinas y más allá del imaginario instante roto y mutilado por mil explosiones pasadas, voces y gritos y restos de canciones irreconocibles que parecían subir a las alturas en un fugitivo minuendo, el último eco de la agonía que el viejo e inmóvil gramófono en equivocada rotación había arrancado de las aguas rumorosas y las ramas silbantes, del plateado sueño de los guijarros y los susurros de las hoces, el aliento de aquella belicosa Sierra que al cabo de diez siglos volvía a ser hollada por los mismos intrusos que vinieron a acuchillar a los caballeros rubios con sus aceros curvos y sus lanzas de fresno y que hoy repetían su misma algarabía, con ruido de ferralla y música de arrabal, para acompañar el definitivo rictus de la muerte.

p. 239:
Hay cosas que como no sirve de nada recordarlas la memoria las guarda en un cajón de sastre, convencida de que nunca más volverán a tener un uso o que sólo han de servir para un remiendo.

p. 239:
… no en balde educada en un colegio religioso y en cierto modo intoxicada de una mentalidad que se defiende de lo que desconoce con el desprecio…

p. 240-241:
Debe ser porque el proceso previsto por la naturaleza antepone el amor al deseo sexual por lo mismo que ese guiso que no ha sido salado cuando estaba al fuego no entregará su sabor cabal por mucha sal que se le eche en el plato. Ése es el purgatorio de quienes transgredimos su regla, ni conoceremos su sabor ni nos libraremos del vicio para calmar el hambre con un alimento atroz. Lo comprendí mucho más adelante, después de mi matrimonio; el amor y el deseo sexual se excluyen tras la primera prueba; el deseo y el acto sexual constituyen fa única defensa contra la amenaza de un amor que ya en la adolescencia desfiguró su fisonomía, desgarró sus tejidos y destruyó la integridad de su persona. Me imagino que quien sabe conservar una porción de aquel amor -si es que esa mezcla de veneno y explosivo admite la conservación- debe sufrir una acción recíproca e inversa, recluido en su gozosa y aberrante castidad. Tengo para mí que la niña se prepara en secreto a ese sacrificio porque una cierta y arcana adivinación le enseña a esperarlo todo de la edad núbil y a restar importancia a los sucesos de la juventud; por eso es más serena, más sabia y… más hipócrita; y todas las ceremonias y ritos que anteceden a la pérdida de su virginidad no son sino la preparación abreviada para esa vuelta a la infancia -si es madre como si no lo es- en que se traduce su carrera cuando alcanza el clímax del sacrificio. Hay un instinto en ello, un mecanismo de defensa que la naturaleza ha reglado en secretó para atajar los efectos de una posible destrucción; no es sólo la infantilización sino la vuelta también a ciertos refugios inconscientes que la niña creó en otra edad y al abrigo de la lucha amorosa, donde oculta su fracaso y clausura sus penas cada vez que el orgasmo viene a desvanecer esas aspiraciones a la fusión masculina puramente ilusorias. Cada edad tiene su terreno acotado, sus aspiraciones, sus peligros y su clima, hablando en términos masculinos; pero cuando se intenta saltar y la mujer lo intenta siempre, carente de una acotación precisa- de una edad no saturada a otra en la que no se aprovechó el espíritu, ridiculizado y vapuleado por una serie de reveses, retrocede aún más a una edad ambigua, epicena y pueril, poblada tan sólo de alegrías playeras; pero entonces sí que el tiempo ha pasado, el salto no lo mide el tiempo sino el terreno que se ha querido pisar. He llegado a pensar que mis primeros amores no tuvieron otro efecto que lanzarme fuera de mi edad a una suerte de anacrónica y lasciva ingravidez, de senilidad prematura -si la senilidad es eso, hastío, desesperanza, falta de curiosidad- que sólo conoció su propio horror cuando se vio acompañada de las arrugas. ¿O será acaso esa pérdida del miedo que -se diría- es lo único que nos sujeta a la edad y nos coarta esa curiosidad demente?

p. 242:
… me dije que para vencer el miedo no hacía falta valor ni serenidad ni lucidez; era cuestión de soledad. […] porque el miedo es siempre real y el amor… una invención especulativa para superar aquél sin querer combatirlo.

p. 244:
Hay algo en nuestra conducta que todavía no obedece a la razón y que, en secreto, confía en el poder de la magia.

p. 244:
Supongo que vengo por todo eso, en busca de una certeza y una repetición, a volver a pisar el lugar sagrado donde al conjuro de un perfume y un exorcismo resucitarán los héroes desaparecidos, los que inocularon en mis entrañas estériles las células cancerosas de su memoria, para recuperar su presa postrera.

p. 248:
Todavía, puestas así las cosas, qué no hubiera dado en aquellas horas por participar de esa condición masculina que casi siempre encuentra un placer en sus actos, que rara vez -y menos en el amor- siente el deseo suicida de desaparecer y sublimarse en aras de una simbiosis sexuada, que cuenta siempre con una naturaleza tan íntegra que no necesita ni el caparazón donde alojarse y un sexo que no tiene por qué aniquilarse o rebajarse para recibir lo que siempre ha considerado una deuda.

p. 252:
Había oído esos ladridos desolados de “un perro que a tales horas también cree en los fantasmas”… (Nietzsche)

Nietzsche, Así habló Zaratustra

p. 255:
Hasta que, con las luces del día, entre dos ladridos de un perro solitario, el eco de un disparo lejano vino a restablecer el silencio habitual del lugar.

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