Historia de no

02/12/2019 Comentarios desactivados en Historia de no

Mercedes Soriano, Historia de no, Alfaguara, 1989

Ilustración de la cubierta: George Grosz, Metropolis (fragmento)

George Grosz, «Metropolis 1», 1917

 

Olor a café y a orina y a papeles arrugados y a fritanga de calamares y a transición democrática.

 

Historia de no es la historia de un fracaso colectivo, la historia del fracaso de toda una generación.

Alcanzamos la libertad comprando coches, adornando con libros nuestros salones… consumiendo “de forma responsable” en una sociedad que se embriagaba de dinamismo… Pero, ¿ésta era la libertad por la que habíamos peleado?

Retrato de una generación que quiso hacer la revolución y que fue devorada por el mercado, por la fe en el progreso, por el estado del bienestar… por las drogas, por la sumisión… y cuyas vidas “se quedaron apolilladas de la noche a la mañana”. Una generación que luchaba por un nuevo orden y descubrió de repente que el nuevo orden era precisamente aquello por lo que nunca habían luchado, porque el orden siempre es contrario a la vida: «Se había esforzado por imaginar un mundo en orden, ahora comprendía la gran dimensión de su error. Había imaginado un mundo contrario a la vida. Y resultaba que justamente era eso lo que tenía entre las manos, así, con suavidad, sin revolución, sin «trauma» social. Un mundo en orden, de nuevos dioses, donde la simulación ocupaba el papel principal. Un mundo de asepsia.»

Un libro difícil de leer. Escrito de forma que obliga al lector a detenerse ante cada frase, ante cada párrafo, haciendo un ejercicio de comprensión y de reflexión que añade valor a la escritura. Es una novela que merece ser leída en voz alta y despacio…

Mercedes Soriano murió joven. Ya casi nadie se acuerda de ella. Una escritora que deberíamos reivindicar.

Algunos fragmentos:

p. 19:
No se percataba entonces de la asombrosa capacidad del ser humano para, a diferencia de plantas o bestias, prevalecer en los terrenos más inhóspitos.

p. 30:
La palabra ha recobrado un extraño prestigio gracias a las cadenas de información y a que esta sociedad tan porosa han conseguido emitir palabras incesantemente. Las mismas palabras. Emitidas para ser desechadas con rapidez.

p. 40:
No sabía cómo calificar aquel engorroso estado, que no era ni desgracia, ni tristeza, ni locura, ni frustración. Sólo un malestar horizontal y liso a imitación de esa languidez vegetal que se apodera de algunas plantas al ser ubicadas en otro lugar. No acaban de morir pero tampoco crecen.

p. 54:
… todo había cambiado perceptiblemente mientras se había dedicado a leer “Un paso adelante, dos atrás” o “El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”.

p. 94:
En la antigüedad, el parásito era un ciudadano alimentado a expensas del Estado. También, un individuo admitido en la mesa del rico a cambio de su ingenio. Los parásitos eran clasificados según el carácter de sus gracias, actividades o categoría social. […] los parásitos gozan de rango, tienen entidad y son sostenidos por las altas instancias…

p. 103:
Olor a café y a orina y a papeles arrugados y a fritanga de calamares y a transición democrática.

p. 108:
Como en nuestro caso, en esta sociedad, somos conversos, es decir, que nuestro acceso al progreso, a la posmodernidad y a Europa es relativamente reciente, nos esforzamos con denuedo por abjurar de los hábitos del pasado.

p. 109:
Se había esforzado por imaginar un mundo en orden, ahora comprendía la gran dimensión de su error. Había imaginado un mundo contrario a la vida. Y resultaba que justamente era eso lo que tenía entre las manos, así, con suavidad, sin revolución, sin «trauma» social. Un mundo en orden, de nuevos dioses, donde la simulación ocupaba el papel principal. Un mundo de asepsia.

p. 114:
Retener, retener imágenes, oscura obsesión de nuestro tiempo. Cuanto más se alejan los seres, más afanosa es nuestra voluntad de retenerlos.

p. 151-152:
Hombres sin fisuras cincelándose con las experiencias de revoluciones sucedidas, de ademanes perfilados, hambrientos de ardor, esforzados por confundirse mentalmente entre el hollín de las minas o el infernal ritmo de una cadena de montaje. Purgando su origen, construyendo yoes sólidos, neuronas de acero, verbo pluscuamperfecto, la balanza de la justicia en sus manos, cerviz temblorosa ante la vanagloria de ser iembro de la clase obrera. Una clase objetivada. Una posibilidad.

Adoptaron formas de vida modestas, miserables en algún caso. Se escondieron en toperas de barriadas apartadas, simulando una existencia “normal” en medio de gentes desconocidas. No despertar sospechas, silencio, vigilancia, instrucciones recibidas a través de complicados conductos, bocadillos, aroma de cárcel. Distribuyéndose en batallones de leucocitos por las venas de la sociedad: fábricas, pueblos, institutos, universidades… hombres de piedra, ejemplos a imitar, responsables políticos.

Las mujeres, más dispersas, las pocas mujeres del escalón superior, pero más entregadas, si cabe. Siguiendo con denodado empeño los pasos marcados por aquellos hombres, demostrándoles que podían y querían ser iguales. Haciendo suyo aquel cerrado modo de vida sin lugar para la vacilación o el sentimiento. Las mujeres, enamorándose calladas de los cuadros políticos. En ocasiones, no pocas, una mujer podía disfrutar de la enorme dicha de que un cuadro superior pusiera los ojos en ella. Sin duda, comprendía enseguida que un dirigente no besaba igual que un camarada de base. Las camaradas dirigentes: las “señoritas Rottenmeier” adiestrando siempre a las “Heidis” para que elevaran su nivel de compromiso político.

Unos y otras se olvidaron de quiénes eran para dedicarse a levantar una estructura de hormigón pretensado. Exigiendo de los demás lo mismo que ellos estaban dispuestos a dar. Un exceso continuo que traería largas resacas y estómagos pulverizados. Después vio algunos tambaleándose por las esquinas, furiosos por no poder olvidar, vio a otros regresando a sus cuarteles de invierno para hacerse cargo del negocio familiar, una tienda de pájaros, perros y gatos, por ejemplo. Todos recomponiendo a gran velocidad sus vidas -unas vidas que se quedaron apolilladas de la noche a la mañana-, aquellos hijos, aquellos estudios inacabados, aquellas profesiones nunca emprendidas.

p. 154:
El entorno invadido por una marea de vehículos moviéndose en mastodóntica riada, torpemente hacia sus destinos, consumidos frente a los semáforos verdes, anudándose en los cruces de las avenidas como marañas de sargazos o algas de color metálico, luna inerte sobre un azul desvaído, pasajeros apiñados en los autobuses. Un enigmático desangrarse sobre las líneas de la calzada, los relojes dan puntualmente la hora sin emitir ningún sonido, los termómetros muestran temperaturas falsas, los cláxones se aúnan en hilarante concierto.

p. 163:
Antes, la amenaza se plasmaba en aspectos tangibles, por deficiencia propia y por cómo la pacatería lo empañaba todo. Policías, palizas, posibilidad de caer, posibilidad de “cantar”… aspectos tan físicos como que las moscas no deben ignorar la existencia de las telarañas. Antes, creyó que era evidente dónde estaba la mosca y dónde la telaraña.
Ahora la telaraña era difusa y concreta a un tiempo. Había crecido y todo lo abarcaba. La transición consiguió desvelar la simpleza del modelo. Las moscas -unas a regañadientes, otras regocijadas- reclamaban su sitio entre los hilos. Esto es democracia, “¿no era esto lo que queríais?” Juego limpio, señores, hagan juego. Ni vais a notar cómo os disolvéis en el nuevo coloide, partículas en suspensión. Lo contrario significa ser para siempre micela sin carga eléctrica, muertos.
¿Dónde está ahora la amenaza? No puede decirse que sea una persona paranoica. Tampoco cree que los policías le tengan una inquina especial, su aspecto no es en absoluto subversivo, es decir, no es terrorista, ni camello de tercera, ni siquiera es joven. Lleva documentación, puede justificar sus ingresos, paga lo que consume, con tarjetas de crédito incluso. No, definitivamente no cree que vayan a propinarle una paliza. Hay riesgos, claro. Cabe la posibilidad de envolverse en alguna situación incómoda, no puede afirmarse que todos los que conoce sean personas respetables, pero siempre habrá algún respetable que dé fi de su identidad. Más tarde o más temprano, el equívoco se aclararía. Hasta podría mostrar su indignación enviando una carta a El País, seguro que se la publicarían, a menudo se leen en ese periódico cartas de protesta o de denuncia, es un periódico abierto y democrático. No es una persona del arroyo, en suma.

p. 173:
Fue el aprendizaje de la dominación, sólo que desde un pretendido subsuelo, una dominación que no llegó a ser simétrica de la existente porque era demasiado débil. Pero que tenía en sí toda la carga genética necesaria para crecer y convertirse en el mismo aparato.
Así que fue ingenuo rasgarse las vestiduras por el hecho de que antiguos camaradas ocuparan puestos de responsabilidad en el Estado de hoy.

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