Facha

08/04/2019 Comentarios desactivados en Facha

Jason Stanley, Facha. Cómo funciona el fascismo y cómo ha entrado en tu vida. Prólogo de Isaac Rosa. Traducción de Laura Ibáñez. Blackie Books, 2019.

Título original: How Fascism Works: The Politics of Us an Them

 

La política fascista no tiene por qué desembocar en un estado abiertamente fascista, pero no por eso es menos peligrosa.

 

No cabe duda de que el término «fascista» se ha convertido, en ocasiones, en un insulto. Una de las consecuencias de esto es la banalización del concepto de fascismo. Sin embargo, casi siempre que se acusa a alguien de fascista tiene alguna justificación. Generalmente, entre la gente común, no se es fascista o se deja de serlo, sino que se adoptan actitudes y formas de pensar fascistas. Nadie está libre de caer en ellas, ni siquiera los antifascistas declarados, como quien esto escribe. Como advierte Isaac Rosa en el prólogo, deberíamos ser capaces de descubrir cuánto fascismo tenemos en nosotros mismos sin que nos demos cuenta. Otra cosa son las políticas fascistas y quienes las llevan a cabo.

El libro de Jason Stanley indaga en los mecanismos del fascismo y en cómo este sistema político autoritario se está expandiendo de nuevo por el mundo, analizando algunos casos concretos: Estados Unidos, Brasil, Hungría, Polonia, España, Turquía, Birmania…

Umberto Eco hablaba de un «fascismo eterno», como una corriente subterránea que está siempre presente y que sólo necesita el momento propicio para salir a la luz. En el mundo actual empiezan a proliferar y a crecer diversos movimientos políticos de carácter claramente fascista, como VOX en el caso de España, pero la ideología que defienden estos movimientos impregna cada vez más a otros partidos políticos, y no sólo a los conservadores y liberales de derechas (aunque ellos se llaman de centro) aunque tradicionalmente se hubieran mantenido, al menos formalmente, alejados de dicha ideología. Pero lo peor de todo es que normaliza una forma de pensar y de ver el mundo claramente «fascista» que se extiende entre toda la población, no sólo en forma de pensamiento, sino sobre todo en forma de actitudes y comportamientos. Empezamos a tener un problema preocupante, pues ya podemos comprobar que las actitudes fascistas comienzan a normalizarse. Por eso, a veces, la acusación de fascismo puede parecer desproporcionada. Y por eso, este libro de Jason Stanley y el prólogo escrito por Isaac Rosa, llegan en un momento apropiado, «antes de que sea (otra vez) demasiado tarde»…

 

-Víctor Peña Dacosta, «Despiece de ‘Facha’»

Del prólogo de Isaac Rosa:

ANTES DE QUE SEA (OTRA VEZ) DEMASIADO TARDE.

Hola, vengo del futuro. (…) viajo desde la España de dentro de solo unos años. (…)

Os cuento: tenemos un nuevo presidente del gobierno. Populista. Según unos. Neofascista, lo llaman otros, o directamente fascista, sin el neo. Un facha, para entendernos. Un líder carismático, de maneras viriles y discurso desacomplejado, que presume de ser “políticamente incorrecto” y “llamar a las cosas por su nombre”. Encabeza una coalición derechista (aunque se presentan como «ni derecha ni izquierda: españoles»): el llamado Movimiento Por España, con el que ha desbordado a los clásicos partidos. (…)

Nuestro nuevo presidente ha llegado al poder a lomos de un discurso abiertamente xenófobo y ultranacionalista. “España para los españoles”. “Los españoles primero”. “Hagamos otra vez grande España”. Propone inmigración cero, expulsiones masivas, menores incluidos. (…)

En el pulso que toda sociedad democrática mantiene permanentemente para ensanchar o estrechar los cauces de lo decible (y lo risible), los nuevos populistas son capaces en una misma frase de rechazar la corrección política, burlarse de los colectivos oprimidos y humillados, criminalizar la disidencia (incluida la disidencia humorística) y proponer nuevas formas de censura. (…)

La lectura española del libro de Stanley debería añadir otro elemento de preocupación: las posibles derivas fascistas del discurso político no arrancan aquí desde cero. En España el terreno está más que sembrado, históricamente sembrado. Hay que recordar una vez más que la española es la única democracia de Europa que no se construyó sobre la derrota del fascismo. Es decir, la única democracia que no nació antifascista. Aún más: el único país donde «antifascista» levanta más recelo (asimilado a violento, radical y antidemocrático) que el propio término «fascista». Término que, por otro lado, se emplea con toda ligereza en España: lo mismo a una ley antitabaco que a un presidente catalán, o al propio feminismo (feminazi). Solo encuentra milindres cuando se emplea contra… los verdaderos fascistas.

Aquí, cualquier nuevo discurso antidemocrático encuentra rápido arraigo social en la mentalidad residual que dejaron cuarenta años de dictadura franquista, cuyo marco interpretativo sigue siendo utilizado a diario por no pocos ciudadanos cuando se trata de discutir el conflicto territorial, los asuntos de orden público o el poder de la iglesia católica. El fascismo que viene no será franquista, ni falta que le hace: no necesita vincularse a la experiencia fascista más reciente (aunque no desaproveche la ocasión de rechazar la exhumación del dictador o el cambio de nombre de una calle), porque cuenta con la adhesión entusiasta de todo ese «franquismo sociológico» que nunca nos ha abandonado. (…)

Y es que aún traigo otra mala noticia desde el futuro, donde al menos vemos las cosas un poco más claras que vosotros: el nuevo fascismo no está solo en nuevos y no tan nuevos partidos. Su ascenso electoral e institucional es posible porque se levanta sobre un fascismo estructural, que ya estaba ahí. Que nunca se había ido. Ese “fascismo eterno”, en palabras de Eco. Esa corriente subterránea que solo necesita el momento propicio, la crisis, el desencanto cíclico de las siempre desencantables clases medias (reales o aspiracionales, y que suelen formar la base social de todo fascismo).

Habría que hacer otra checklist de pensamientos fascistas, pero esta vez no para verificar la salud de las instituciones, los partidos o los medios, sino para chequearnos a nosotros mismos. Cuánto fascismo se nos ha metido ya dentro sin darnos cuenta. Porque sus votantes no son necesariamente (aunque también los haya, y muchos) fascistas militantes sino fascistas ocasionales, coyunturales, de los que quizás no estamos tan alejados.

Podríamos llamarlo, en términos reconocibles, «franquismo sociológico», pero no todo es herencia nacionalcatólica, desmemoria y falta de educación democrática. Hay mucha mentalidad cuasi fascista que ha ido calándonos más recientemente. Actitudes e ideas que se van normalizando, que forman parte de ese desplazamiento del discurso que logran los extremistas cuando empujan. Lo vemos especialmente claro en la crisis de refugiados de los últimos años. La indiferencia por su suerte, cuando no el abierto rechazo a su acogida, la normalización de aberraciones como los CIE, las deportaciones masivas o los centros de detención en el norte de África, han infectado por igual las instituciones europeas, los partidos democráticos y las mentalidades ciudadanas, abriendo una puerta por donde el fascismo circula como un viento irresistible.

Hace un par de años lo advertía el entonces Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad Al-Husein, a cuenta precisamente de la crisis de refugiados en Europa: «La retórica del fascismo ya no se limita a un submundo secreto, se está convirtiendo en parte del discurso cotidiano normal». En efecto, una parte del argumentario ultra está cada vez más naturalizado. Es asumido por los partidos democráticos, que extreman posturas con intención de quitarle argumentos al fascismo (spoiler: nunca funciona). Y también provoca cada vez menos rechazo entre ciudadanos que nunca se dirían simpatizantes del fascismo, pero que se van deslizando casi inadvertidamente hacia sus posiciones. Cuando el fascismo llega y extiende su oferta, encuentra menos resistencia, más fácil adhesión en una sociedad temerosa y necesitada de convicciones fuertes. (…)

Contra el fascismo que ya está aquí no podemos ser espectadores. (…) Tampoco confiar en el triunfo natural de la razón y la verdad, que no bastan frente a las emociones y las falsedades que emplean los ultras en su avance. Si algo nos enseña el pasado es que el triunfo del fascismo siempre se entiende años después: en el momento parece inadvertido, no lo vemos venir, no creemos que pueda pasarnos a nosotros. Siempre es demasiado tarde.

Vienen tiempos que nos exigirán ser antifascistas. En todos los ámbitos, todos los días. Lo mismo organizándonos con nuestros compañeros de trabajo y vecinos que educando a nuestros hijos. Si el fascismo se beneficia del miedo, construyamos seguridad colectiva frente a la intemperie en que nos quieren dejar. Si el fascismo explota la debilidad comunitaria ofreciendo identidades fuertes y excluyentes, recuperemos comunidad, abierta, incluyente fraterna. Si el fascismo coge la bandera del malestar, de los perdedores de la globalización, no se la regalemos tan fácilmente.

Al fascismo, sea nuevo o viejo, merezca o no tal nombre, no lo van frenar la democracia,ni la Constitución, ni la Unión Europea, ni Jason Stanley ni mil libros como este. Lo vamos a frenar nosotras, nosotros. Vamos.

 

Algunos fragmentos:

p. 8:

«La política fascista no tiene por qué desembocar en un estado abiertamente fascista, pero no por eso es menos peligrosa.»

p. 23:

«El fascismo rechaza cualquier momento oscuro del pasado de la nación.»

p. 31:

«Es difícil que prospere un programa político que diga abiertamente que perjudicará a un amplio grupo de personas. El papel de la propaganda política es ocultar aquellos objetivos claramente conflictivos de los políticos o de los movimientos políticos haciéndolos pasar por unos ideales que tienen gran aceptación.

p. 31:

«Tenemos que asumir que el problema real son los negros. La clave está en idear un sistema que tenga esto en cuenta sin que lo parezca» (Nixon, abril de 1969)

p. 72:

«La política fascista transforma las noticias, que dejan de ser una vía de información y debate razonado para convertirse en un espectáculo…»

p. 73:

«Otro ejemplo propagandístico de lo más retorcido es que los políticos hagan llegar el mensaje de que son los representantes del bien común precisamente atacándolo

p. 175:

«La normalización transforma lo moralmente extraordinario en ordinario. Permite que toleremos lo que antes nos parecía intolerable y creamos que las cosas siempre han sido así. Por el contrario, cuando alguien usa la palabra ‘fascismo’ se cre que exagera, que esa acusación es una falsa alarma. La normalización de la ideología fascista consigue que la acusación de ‘fascismo’parezca excesiva y se relativice, incluso en aquellas sociedades que están sufriendo una transformación muy preocupante. Precisamente la normalización impide que se detecte la presencia de una ideología radical intrusa que ahora es la norma. La denuncia del fascismo siempre parecerá desproporcionada: la normalización consigue que los límites de lo que pueda decirse y sea aceptable siempre estén en movimiento.»

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