Una tumba para Boris Davidovich

25/11/2018 Comentarios desactivados en Una tumba para Boris Davidovich

Su cuerpo, desnudo y helado, fue expuesto en la entrada del campamento, colgado de una cuerda y cabeza abajo, como advertencia a los que sueñan con lo imposible.

Danilo Kis, Una tumba para Boris Davidovich. Siete capítulos de una misma historia. Traducción del serbocroata por Pilar Gil Cánovas, Seix Barral, Barcelona, 1983.

Título original: Grobnica za Borisa Davidovica

 

«En la cosmogonía de los estoicos, Zeus se alimenta del mundo: el universo es consumido cíclicamente por el fuego que lo engendró, y resurge de la aniquilación para repetir una idéntica historia. De nuevo se combinan las diversas partículas seminales, de nuevo informan piedras, árboles y hombres —y aún virtudes y días, ya que para los griegos era imposible un nombre sustantivo sin alguna corporeidad. De nuevo cada espada y cada héroe, de nuevo cada minuciosa noche de insomnio.»

Jorge Luis Borges, «La doctrina de los ciclos», en Historia de la Eternidad

 

«Boris Davidovich, ¡no se someta a esos hijos de perra!»

Siete capítulos de una misma historia, que bien podría ser una nueva «Historia universal de la infamia», como la de Borges. Siete capítulos de la historia de la intolerancia, del fanatismo y de la persecución de quienes son vistos como adversarios o como posibles adversarios. Historias que se repiten a lo largo del tiempo y que retoman también la doctrina de los ciclos y del eterno regreso, tantas veces abordada por Borges en sus obras.

Prólogo de Joseph Brodsky (Acantilado, Barcelona, 2007):

Cuando, tras no pocas dificultades, este libro se publicó por vez primera en Zagreb en 1976, fue inmediatamente atacado en la prensa por los estalinistas conservadores de los estratos más altos de la jerarquía literaria yugoslava. El grito de guerra surgido de lo más alto fue recogido abajo por los nacionalistas serbocroatas, tradicionalmente prorrusos y antisemitas, pues la mayor parte de los personajes de Kiš son, como el propio autor, judíos. Yugoslavia es un país pequeño, y en un país pequeño la política se ejerce siempre a lo grande, sobre todo la política literaria. En virtud de ello, todos los ataques acaban concentrándose en la persona del autor.
Son muchos los temas que pueden poner en peligro la integridad de un escritor; la historia es uno de ellos. Según la cercanía con el presente, la historia proporciona al autor unos antecedentes, un contenido, un elenco de personajes y, en ocasiones, como en el caso de Kiš, un contexto actual. La mera descripción de acontecimientos históricos es vista por la historia como un intento de confinarla al pasado y le opone no poca resistencia. Una novela histórica se convierte por lo tanto en un vehículo del tiempo, en un instrumento que pretende trazar las fronteras entre pasado y presente mediante el distanciamiento de su tema. Una narración reduce la historia a relato y, si es conducida desde un cierto «afuera», crea una categoría temporal nueva y por lo tanto desconocida.
Al margen del principio general causa-efecto, la historia reivindica el pasado mediante su extensión más efectiva: la ideología. No habiéndose impuesto en el momento de su aparición, una ideología desarrolla rápidamente lo que podríamos llamar «complejo utópico» y tiende a la intemporalidad. De la misma manera, un retrato de la ideología o de sus representantes está considerado por estos últimos un intento de encasillarla, de comprometer su pureza y de privarla de futuro.
En el caso de Una tumba para Boris Davidovich, la reivindicación de la historia para con el presente puede parecer aún más válida porque la época que trata este libro no es muy remota en el tiempo. Su autor, el escritor yugoslavo Danilo Kiš, describe hechos que tuvieron lugar en la primera mitad del siglo XX y el impacto que tuvieron en las vidas de sus siete personajes. El impacto resultó ser el mismo para los siete: mortal.
Puesto que los muertos pertenecen por definición al pasado, la mera cantidad de víctimas de esa época debería haber sepultado ese período, así como la ideología que lo animó, en los anales de la historia. Sin embargo, lo que normalmente ralentiza el paso del tiempo y, por las mismas causas, mantiene viva una ideología, no es tanto que los asesinos sobrevivan a menudo a sus víctimas, como que los que sobreviven contemplen equivocadamente a los muertos de la misma manera que una mayoría a una minoría.
Con independencia de las razones geopolíticas generales, la ideología desempeña un importante papel en la vida de Yugoslavia, pues este pequeño país es una república federal en más de un sentido. Alberga una docena de nacionalidades con el correspondiente número de creencias religiosas, grupos étnicos, y una serie de partidos políticos impotentes, con la Unión de Comunistas Yugoslavos a la cabeza. Huelga decir que todos estos grupos nacionales tienen un montón de cuentas —viejas y nuevas— por saldar. Toda postura ideológica está por ende visiblemente teñida de nacionalismo, y viceversa. La acusación de distorsionar la verdad histórica puede ocultar una nostalgia paneslávica, un comentario antisemita resulta una manera velada de enunciar el sueño secesionista, y a veces la única forma que tiene un macedonio de expresar su antipatía hacia un montenegrino es acusarlo de revisionismo. En otras palabras: toda acusación formal no es más que la punta de un enorme iceberg de odio real.
Desde fuera, el revuelo que causó Una tumba para Boris Davidovich parece aún más singular porque este libro no tiene literariamente nada que ver con Yugoslavia ni con su situación interna. Ninguno de sus personajes es yugoslavo: son polacos, rusos, rumanos, irlandeses, húngaros, la mayoría de origen judío. Ninguno de ellos ha pisado jamás Yugoslavia. En esencia, Una tumba para Boris Davidovich es un informe abreviado y en clave de ficción de la autodestrucción de aquel caballo de Troya, loco y desbocado, llamado Komintern. La única cosa que sus pasajeros —los personajes de Danilo Kiš— tienen en común con ese pequeño país es la ideología que ese país profesa hoy día y en cuyo nombre fueron asesinados ayer. Al parecer, eso bastó para enfurecer a los más incondicionales.
Así las cosas, en ausencia de un terreno familiar, y siendo incapaces de discutir sobre el verdadero tema del libro (por miedo a llamar demasiado la atención sobre él), estos incondicionales, encabezados por el entonces presidente de la Unión de Escritores Yugoslavos, siguieron arremetiendo contra el libro basándose en motivos literarios y acusándolo de plagio. La lista de autores supuestamente plagiados era impresionante, e incluía nombres tales como los de Alexander Solzhenitsyn, James Joyce, Nadezhda Mandelstam, Jorge Luis Borges, los hermanos Medvedev y otros.
En primer lugar, un autor que es capaz de imitar a escritores tan diversos en una novela de 185 páginas merece toda suerte de elogios. Asimismo, por discutible que sea, esta lista revela algo importante acerca de los propios acusadores: su postura cultural no alineada, siempre entre dos aguas, una suerte de eslabón perdido entre el Este y el Oeste. Sin embargo, precisamente a causa de su provincianismo, con su debilidad por generalizar y tratar todos los objetos remotos como conceptos o símbolos, esta lista merece mucho más que una simple burla.
Es comprensible, por ejemplo, la mención a Joyce: uno de los personajes de Kiš es irlandés, e incluso para un dirigente del partido yugoslavo, Joyce es hoy en día tanto un sinónimo de Irlanda como de la decadencia cultural de Occidente. La presencia de Borges es de naturaleza menos obvia y busca comprometer estilísticamente el libro, tratando de reducir la técnica de estampas o viñetas empleada por Kiš en sus cuentos moralizantes a un manierismo que toma prestado de un notable argentino; pero eso es un disparate. Kiš es un gran estilista, y la fábrica de su escritura tiene más en común con Kafka o con Bruno Schulz, o con los autores franceses del nouveau roman, que con cualquier otro del Tercer Mundo. Por lo demás, atacar la prosa de Danilo Kiš en Una tumba para Boris Davidovich es una especie de reacción retardada: en todo caso, su escritura es aquí mucho más contenida que en Jardín, ceniza, una auténtica joya de la prosa poética, el mejor libro escrito en la Europa de la posguerra. En otras palabras, los nombres más plausibles de esa lista son los escritores rusos, aunque por razones que nada tienen que ver con la textura del libro y todo con su alma.
A primera vista, Una tumba para Boris Davidovich puede parecer un producto derivado de El primer círculo, de El Archipiélago Gulag — hasta la fecha no publicado en Yugoslavia—, de Contra toda esperanza, de Nadezhda Mandelstam, o de los diversos escritos de los hermanos Medvedev. La cuestión es que gran parte de la novela tiene relación con el destino de mucha gente que pereció durante el Gran Terror de los últimos años de la década de los treinta. Por desgracia, la mayoría de las fuentes con que contamos a este respecto son rusas. Con seis millones de muertos en la guerra civil, la colectivización, el Gran Terror y todo lo ocurrido desde entonces, Rusia ha producido en este siglo historia suficiente como para mantener ocupados durante generaciones a todos los intelectuales del mundo. Los autores antes mencionados pertenecen ya a la segunda generación. El primero fue Arthur Koestler, y muchos capítulos del libro de Kiš guardan cierto parecido con Darkness at Noon [Oscuridad a mediodía], si bien la superan tanto en los detalles del horror como en el arte narrativo.
El proceso de transformación de la historia de Rusia de este período en una nueva mitología de nuestra civilización se inicia en Una tumba para Boris Davidovich. Lo que facilita la tarea del autor es que, además de ser cronológicamente moderna, esta historia presenta también considerables signos de modernidad, que se manifiestan en el claro surrealismo de sus metamorfosis y en la naturaleza totalmente antiheroica de sus arquetipos. En vista de las cifras, podemos decir sin temor a equivocarnos que apenas hubo una época en la historia de la humanidad en que el miedo y la hipocresía abundaran tanto y estuvieran tan extendidos.
Aunque es discutible que esta historia —como muchos afirman— trajera consigo una nueva religión, lo cierto es que causó en el género y el alma humanos la destrucción de una dimensión mitológica, y sólo por ello merece un nuevo credo. Tarde o temprano, toda revuelta acaba en una obra de ficción. Lo más inquietante de este libro, sin embargo, es la insoportable y —por ello— paradójicamente adecuada excelencia de la prosa de Kiš, la cual dota a sus moribundas metamorfosis de una belleza adicional.
Sólo en virtud del tiempo y del espacio, Danilo Kiš es capaz de evitar los defectos de la urgencia que lastraron considerablemente la obra de sus predecesores, figuren o no en la lista. A diferencia de ellos, puede permitirse tratar la tragedia como un género, y su arte es mucho más abrumador que las estadísticas. Kiš escribe de una manera extremadamente densa y, por lo tanto, extremadamente alusiva. Puesto que se ocupa de biografías —el último bastión del realismo—, cada una de sus escenas suena como un Bildungsroman en miniatura, logrado mediante un montaje casi cinematográfico de detalles finamente escogidos que aluden a la vez a las experiencias reales y literarias de sus lectores. He aquí un pasaje típico que describe los primeros años de uno de sus personajes, un húngaro alemán, Karl Taube, aspirante a miembro del Komintern:
La grisácea monotonía provinciana de una pequeña ciudad centroeuropea de principios de siglo se perfila claramente desde la oscuridad de los tiempos: sus casas grises de una planta con los patios a los que el sol, en su lento recorrido, delimita con una clara línea divisoria en cuadrados de una luz cegadora y en unas sombras húmedas, rancias, parecidas a las tinieblas: arboledas de acacias que en primavera exhalan un olor pesado, a espeso jarabe para la tos y a caramelos para el dolor pectoral, a enfermedades infantiles; el frío esplendor barroco de la farmacia con el brillo de sus recipientes blancos de porcelana de aires góticos; el lúgubre gimnasium con el patio enlosado (los desconchados bancos pintados de verde, los columpios rotos que parecen horcas y las letrinas de madera con una mano de cal), el edificio del Ayuntamiento pintado de un amarillo isabelino, el color de las hojas marchitas y de las rosas otoñales de las romanzas que, por las tardes, toca la orquesta zíngara en el jardín del Grand-Hotel.
Karl Taube, hijo del farmacéutico, soñaba como otros tantos niños provincianos con el feliz día en el que, a través de los gruesos cristales de sus gafas, miraría por última vez su ciudad, desde la distancia impuesta por la despedida, como a vista de pájaro, como se observan a través de la lupa las disecadas y absurdas mariposas amarillas en el álbum de los días de bachillerato: con tristeza y náuseas.
En otoño de 1920, montó, en la estación Este de Pest, en un vagón de primera clase del rápido Budapest-Viena; en cuanto el tren hubo iniciado la marcha, el joven Karl Taube volvió a saludar con la mano a su padre (que, como una mancha oscura, estaba desapareciendo a lo lejos, con su pañuelo de seda en la mano), luego se apresuró a instalarse con su bolsa de cuero en la tercera clase, junto a los jornaleros.
La mezcla de nostalgia y fatalidad de este pasaje, irónicamente titulado «Las fotos del álbum», da buena idea de la técnica narrativa de Kiš. Si el simbolismo del hijo del farmacéutico abandonando su asiento para unirse a los jornaleros es sólo un recurso prosaico para indicar los aprietos de este revolucionario en ciernes, la percepción del padre «que, como una mancha oscura, estaba desapareciendo a lo lejos» es pura poesía. Con el énfasis en la imaginación y en el detalle, combinado con la distancia irónica, la inconfundible prosa poética de Danilo Kiš sitúa su terrible tema en la perspectiva más apropiada, indicando al lector la inteligencia de la propia prosa. De este modo, la valoración ética que éste hace de los fenómenos descritos deja de ser motivo de consternación y se revela como un juicio hecho por sus facultades humanas más elevadas, que se ven profundamente heridas. No es que se sienta el pensamiento, sino más bien que el sentimiento es pensado.
A diferencia de la prosa, la poesía no expresa la emoción, sino que la absorbe lingüísticamente. En este sentido, la escritura de Kiš es sobre todo un modelo poético de operación, y las estampas en que consisten los capítulos de este libro podrían leerse y valorarse por separado como poemas. Algunos pasajes podrían incluso ser memorizados. Sin embargo, lo que le impide a uno observar este libro como un poema en prosa no es ni su tema —que sigue estando fuera del alcance de toda poesía vanguardista— ni su coherencia, típicamente prosaica; es sobre todo la técnica específica de undercutting, a la que Kiš recurre cuando una estampa se acerca a lo verdaderamente sublime. De todas formas, Una tumba para Boris Davidovich está construida como un extenso poema dramático, coronado por ese «ritmo» monstruoso, terrorífico, de la coincidencia cabalística en «Los perros y los libros», que logra lo que sólo logra la mejor poesía: la eclosión metafísica de las últimas líneas que —con el espíritu del lector— miran fijamente el chronos puro, lo cual bien puede ser una fórmula para equiparar el arte a la realidad humana.
La percepción habitual de la tragedia como algo distinto de la existencia cotidiana habla de una violación del tiempo. En el caso de Una tumba para Boris Davidovich, cuya magnífica prosa casi eclipsa la misma historia, la tragedia se ve en cierto modo redefinida como un medio que hace hablar al tiempo. Un héroe —o, a decir verdad, una víctima— surge de pronto de la discreción de la vida cotidiana para expresar la oposición arbitraria entre el tiempo y la presencia humana. Puesto que la incompatibilidad notoria entre la materia viviente y la materia del tiempo (normalmente manifestada por la muerte) puede ser sólo elucidada por la última, la descripción de los medios que emplea el tiempo para tal empresa (acontecimientos históricos, ideologías, etcétera) requiere la correspondiente condensación clara del lenguaje. No deja de ser inquietante pensar que en Danilo Kiš tenemos a un escritor cuyo talento es comparable al del mismo tiempo.
Tal vez el único servicio que presta una tragedia real que deja sin habla tanto a los supervivientes como a las víctimas es el de continuar la lengua de sus comentaristas. Lo último que podemos decir sobre Una tumba para Boris Davidovich es que logra la comprensión estética allí donde la ética fracasa. Por supuesto, en un siglo tan agitado como el nuestro, el dominio del lenguaje apenas puede considerarse una garantía, pero al menos funda la posibilidad de una respuesta sin la cual los hombres están obligados a seguir siendo esclavos de su propia experiencia. Con este libro, Danilo Kiš da a entender que la literatura es el único medio capaz de conocer aquellos fenómenos cuya magnitud, de lo contrario, adormece nuestros sentidos y escapa a nuestra comprensión.

JOSEPH BRODSKY (Traducción de Juan de Sola Llovet)
Prólogo de la edición de Acantilado, Barcelona, 2007.

 

Algunos fragmentos:

p. 33:

«Su cuerpo, desnudo y helado, fue expuesto en la entrada del campamento, colgado de una cuerda y cabeza abajo, como advertencia a los que sueñan con lo imposible.»

 

p. 101:

«Boris Davidovich, ¡no se someta a esos hijos de perra!»

 

p. 104:

«… mientras que Fediukin se esforzaba, mediante la búsqueda de la ficción y las suposiciones, por mantener el rigor y la coherencia de la justicia revolucionaria y de los que la administran, porque siempre es mejor que sufra la supuesta verdad de un solo hombre, de un microorganismo, antes que, a causa de él, se pongan en cuestión los intereses superiores. Y si, en el transcurso de la investigación, Fediukin se ensañaba con sus víctimas, eso no era, como algunos suponen, el capricho de un neurótico o de un cocainómano, sino la lucha por unas convicciones a las que, al igual que su víctima, tenía por altruistas, inviolables y sagradas.»

 

p. 121:

«Sus ojos no enrojecieron por las sedas, sino por ms libros ordenados sobre los anaqueles; envolvieron la seda bajo sus mantos y arrojaron los libros al suelo y los pisotearon y destrozaron ante mis ojos. Y estos libros estaban encuadernados en cuero, ordenados por números y escritos por eruditos, y en ellos estaban, si hubieran querido leerlos, el remedio y el bálsamo para su odio. Les rogué que no los maltratasen, porque muchos libros no son peligrosos, (aunque uno solo sí los es;) y les dije que la lectura de muchos libros conduce a la sabiduría, pero la lectura de uno solo, a la estulticia, el odio y el fanatismo.»

 

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