Una niña está perdida en el siglo XX

10/11/2018 Comentarios desactivados en Una niña está perdida en el siglo XX

Gonçalo M. Tavares, Una niña está perdida en el siglo XX. Traducción del portugués por Rosa Martínez Alfaro, Seix Barral, 2016.

Título original: Uma menina está perdida no seu século à procura do pai

LA VIBRACIÓN DEL PAISAJE NO IMPEDIRÁ LA VIDA

… en el fondo, a veces, estamos vivos sólo para eso -aceptar lo que va pasando, y avanzar.

¿Qué es los normal? ¿qué es entender las cosas? Si ninguno de nosotros entiende el mundo, si tenemos que establecer rituales, crear mundos de ficción, y, sobre todo, huir constantemente del mundo y de nosotros mismos… ¿cómo podemos pensar que alguien no entiende las cosas?

Vivir es buscar y huir… La sensación de vértigo que aparece en varias ocasiones en la novela, es la sensación de vértigo que produce vivir y que Tavares consigue que nos produzca la lectura de su novela.

La novela de Tavares es un esfuerzo de desactivación de los hábitos mentales… porque todavía existe “esa posibilidad de encantamiento por aquello que, a veces, simplemente nos causaba repulsión”.

algunos fragmentos:

p. 30:
“Ver bien lejos, querido amigo, es una de las grandes cualidades de la memoria, no se trata sólo de mirar hacia atrás, sino también de mirar al fondo; la memoria está más relacionada con el buen observador en el espacio que con el buen observador en el tiempo…”

p. 33:
“… hoy es casi imposible localizar el sitio del poder, el poder se ha propagado demasiado, está por todos lados, ya no hay un palacio, un parlamento que valga la pena derrumbar. O quizás sí, lo veremos cuando llegue el momento.”

p. 38:
“… a partir de un cierto límite tenemos que creer en la gente, no tenemos otra opción…”

p. 44:
“LA VIBRACIÓN DEL PAISAJE NO IMPEDIRÁ LA VIDA”

p. 45:
“… parecía pedirle perdón por no ser como ella, por ser normal y por entender las cosas; con conciencia plena de que podríamos salir de nuestra tristeza, cualquiera que fuese su profundidad, pero ella no podría salir de la cantidad de incapacidades que tenía, como si estuviera rodeada de demasiado mundo -porque el mundo se mantiene siempre igual para todos, pero a ella le sobraba mundo y a nosotros a veces nos faltaba.”

“… en el fondo, a veces, estamos vivos sólo para eso -aceptar lo que va pasando, y avanzar.”

p. 69:
“… nada a no ser libros, filas dobles de libros, estantes donde ni el más minúsculo tratado sobre la delicadeza podría caber…”

p. 109-110:
EL OJO

Y me acordé de esto.
Lo conocía bien, él tendría en aquella época tres años, era el hijo de un amigo, pero lo que le vi hacer me sorprendió y de alguna manera me puso en guardia. A medida que, con un enorme placer, se comía cada bocado de una enorme tostada, el niño mostraba la parte que quedaba del pan y, después de una mirada rápida, decía el nombre de lo que aquel trozo le recordaba: primero un coche; después un mordisco más: y he aquí un delfín; después aparecía una carreta, etc., etc. Lo interesante es que cada mordisco no estaba premeditado -el niño no buscaba construir una forma con los dientes; primero comía -eso es lo importante- y después observaba lo que quedaba e intentaba darle un nombre como para tranquilizarse -la masa del pan sin forma regresaba al mundo a través del nombre que él le daba. No eran los dientes, sino su impresionante (para la edad) poder de observación que recreaba objetos o cosas del mundo real. Después, lo que de alguna manera asustaba era presenciar el modo desprendido con el que de nuevo lanzaba un bocado a aquella forma con nombre, haciendo desaparecer nombre y forma de un segundo a otro sin indicios de nostalgia -con tres años había que avanzar, nada más. Su boca iba devorando eso a lo que los ojos intentaban dar forma y la sensación de temor que fui sintiendo poco a poco (y quizás, quién sabe, también los otros dos adultos presentes en la sala) procedía de la comprensión de que todo, para él -para aquel niño-, era alimento, no había el menor instinto de conservación de las formas, incluso las que con su mirada había creado. Cada forma del mundo que destruía su apetito era sustituida por otra, sin embargo, inevitablemente, el trozo de pan se hacía cada vez más pequeño, y el último despojo, dada su forma circular, designado por él como OJO (y en realidad, observándolo atentamente, era un ojo lo que allí había, con el iris que parecía de color marrón y la pupila por donde se juraría que entraba algo de luz), ese ojo, ese ojo admirable, tardaba pocas milésimas de segundo en ser engullido.
El vacío que siguió a continuación fue extraño. El niño ya no tenía nada en la mano: había dado nombre a múltiples cosas y después las había hecho desaparecer; y, al final, simplemente no había nada -ni material, ni siquiera un comentario, una palabra, nada; el niño se había cansado del juego o sencillamente había dejado de tener hambre, y los hombres en la sala, entre los cuales estaba yo, como si nada relevante hubiese pasado, retomaron a continuación los asuntos preocupantes del mundo.
Con todo, yo nunca más me olvidé de aquel ojo.

p. 111:
“También habían pasado por allí los esfuerzos de desactivación de los hábitos mentales…”

p. 154:
“Usted, si quiere un consejo, tenga al menos una parte de su cuerpo un poco apartada del mundo si no, no sobrevivirá.”

p. 209:
“… existía esa posibilidad de encantamiento por aquello que, a veces, simplemente nos causaba repulsión.”

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