El hablador

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Ilustración: Pep Carrió

Mario Vargas Llosa, El hablador, Alfaguara, 2007

Primera edición en Seix Barral, 1987

“Escribir no significa convertir lo real en palabras, sino hacer que la palabra sea real.”

Augusto Roa Bastos, Yo el Supremo

 

“Para mí, la idea del despuntar de la civilización se identifica más bien con la ceremonia que tiene lugar en la caverna o el claro de bosque en donde vemos, acuclillados o sentados en ronda, en torno a una fogata que espanta a los insectos y a los malos espíritus, a los hombres y mujeres de la tribu, atentos, absortos, suspensos, en ese estado que no es exagerado llamar de trance religioso, soñando despiertos, al conjuro de las palabras que escuchan y que salen de la boca de un hombre o una mujer a quien sería justo, aunque insuficiente, llamar brujo, chamán, curandero, pues aunque también sea algo de eso, es nada más y nada menos que alguien que también sueña y comunica sus sueños a los demás para que sueñen al unísono con él o ella: un contador de historias.”

Mario Vargas Llosa, “El viaje a la ficción

 

Qué miserable debe ser la vida de los que no tienen, como nosotros, gentes que hablen.

Algunas cosas saben su historia y las historias de las demás; otras, sólo la suya. El que sabe todas las historias tendrá la sabiduría, sin duda. De algunos animales yo aprendí su historia. Todos fueron hombres, antes. Nacieron hablando, o, mejor dicho, del hablar. La palabra existió antes que ellos. Después, lo que la palabra decía. El hombre hablaba y, lo que iba diciendo, aparecía. Eso era antes. Ahora, el hablador habla, nomás. Los animales y las cosas ya existen. Eso fue después.

Vargas Llosa, interesado en el poder de la fantasía convertida en literatura, queda fascinado por la tradición oral de los matsiguenga, un pueblo que él considera “primitivo”, y construye un relato en el que realidad y ficción quedan entretejidos.

Ilustración: Fabricio van den Broeck (Letras Libres)

Es una novela que propicia múltiples lecturas. Por un lado, indaga en la importancia de la palabra para atizar “la curiosidad, la fantasía, la memoria, el apetito de sueño y de mentira”, sea esta oral o escrita. Pero también reflexiona sobre el poder de la palabra para la creación y el mantenimiento del sentimiento de comunidad; sobre la actitud ante lo que él considera “pueblos primitivos” y su encaje en la modernidad, abriendo un debate “indigenista” lleno de matices; o sobre las metamorfosis que conducen a alguien a convertirse en “hablador” o en insecto chicharra-machacuy o en Tasurinchi-Gregorio Samsa, como si Kafka hubiera viajado al río Urubamba.

Por otra parte, esta novela es un ejercicio literario en el que Vargas Llosa, metamorfoseado en “hablador”, en Mascarita, en insecto Tasurinchi-Gregorio, recrea el mundo mitológico de los pueblos de la selva amazónica por medio de un lenguaje que trata de aproximarse a la oralidad de dichos pueblos. No cabe duda de que Vargas Llosa se ha documentado ampliamente, como suele hacer en todas sus novelas, acudiendo a fuentes diversas, muchas de las cuales son mencionadas en las páginas de la novela, para indagar en mitologías diversas, y para crear una nueva mitología en la que los dioses del bien y del mal de los matsiguengas se pasan por el tamiz de otras narraciones sagradas como, por ejemplo, las de la teología cristiana, una auténtica metamorfosis transcultural.

1ª edición, 1987

-Juan Antonio Masoliver Rodenas, “Retroceso y crisis en Vargas Llosa“, La Vanguardia, 29/10/1987

-Niel A. Palomino Gonzales, “Ideología colonial y colonialista en la novela El Hablador

-Luis Hernán Castañeda, “El Hablador: una metamorfosis transcultural”

-J.W. Mario Huacuja, “Los últimos memoriosos

-Mario Vargas Llosa, “El viaje a la ficción”  (Prefacio de su ensayo El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti)

Algunos fragmentos… y notas de lectura:

“Su inmovilidad era absoluta. Todas las caras se orientaban, como los radios de una circunferencia, hacia el punto central, una silueta masculina que, de pie en el corazón de la ronda de machiguengas imantados por ella, hablaba, moviendo los brazos.” (p. 16)

“¿Qué proponía, a fin de cuentas? ¿Que, para no alterar los modos de vida y las creencias de unas tribus que vivían, muchas de ellas, en la Edad de Piedra, se abstuviera el resto del Perú de explotar la Amazonía? ¿Deberían dieciséis millones de peruanos renunciar a los recursos naturales de tres cuartas partes de su territorio para que los sesenta u ochenta mil indígenas amazónicos siguieran flechándose tranquilamente entre ellos, reduciendo cabezas y adorando a la boa constrictor?” (p. 31)

“Después, los hombres de la tierra echaron a andar, derecho hacia el sol que caía. Antes, permanecían quietos ellos también.” (p. 47)

Interesante descripción de la enfermedad desde el punto de vista machiguenga:

“El daño entró en tu cuerpo, porque algún machikanari te lo mandó, o porque, de puro desprevenido, te cruzaste en su camino. Tu cuerpo es la cushma del alma, nomás. Su envoltura, como la del gusano. Ya adentro el daño, el alma trató de defenderse. Dejó de ser una y se convirtió en muchas, para confundir el daño. Éste se robó las que pudo. Una, dos, varias. No se llevaría muchas porque te habrías ido del todo. Estuvo bien que te dieran un baño con agua de tohé y que aspiraras su vaho. Pero debiste hacer algo más astuto. Frotarte con tintura de achiote el alto de tu cabeza, hasta que quedara bien rojo. Entonces, el daño no hubiera podido salir de tu cuerpo con su cargamento de almas. Por ahí es por donde sale, ésa es su puerta. El achiote le cierra el camino. Al sentirse prisionero, adentro, pierde su fuerza y se muere.” (p. 67-68)

“Qué miserable debe ser la vida de los que no tienen, como nosotros, gentes que hablen.” (p. 72)

“Allí estaba la existencia elemental y primeriza de los distantes ancestros: los cazadores, los recolectores, los flecheros, los nómadas, los irracionales, los mágicos, los animistas. También eso era el Perú y sólo entonces tomaba yo cabal conciencia de ello: un mundo todavía sin domar, la Edad de Piedra…” (p. 84-85)

– Vicente de Cenitagoya (1943) (p. 94, 118)

– Charles Wiener (1880) (p. 95)

“El sistema verbal machiguenga era intrincado y despistante, entre otras razones porque confundía fácilmente el pasado y el presente. Así como la palabra ‘muchos’ -tobaiti- servía para expresar todas las cantidades superiores a cuatro, el ‘ahora’ abarcaba a menudo el hoy y el ayer, y el verbo en tiempo presente lo usaban con frecuencia para referirse a acciones del pasado próximo. Era como si sólo el futuro fuese para ellos algo nítidamente delimitado.” (p. 107)

“La memoria es una pura trampa: corrige, sutilmente acomoda el pasado en función del presente.” (p. 109)

“Que esas cultura deben ser respetadas […] Y la única manera de respetarlas es no acercarse a ellas. No tocarlas. Nuestra cultura es demasiado fuerte, demasiado agresiva. Lo que toca, lo devora. Hay que dejarlas en paz. ¿No han demostrado de sobra que tienen derecho a seguir siendo lo que son?” (p. 113)

“Algunas cosas saben su historia y las historias de las demás; otras, sólo la suya. El que sabe todas las historias tendrá la sabiduría, sin duda. De algunos animales yo aprendí su historia. Todos fueron hombres, antes. Nacieron hablando, o, mejor dicho, del hablar. La palabra existió antes que ellos. Después, lo que la palabra decía. El hombre hablaba y, lo que iba diciendo, aparecía. Eso era antes. Ahora, el hablador habla, nomás. Los animales y las cosas ya existen. Eso fue después.” (p. 147-148)

p. 173-174: Investigaciones sobre los machiguengas:

– France-Marie Renard-Casevitz
– Allen W. Johnson
– Gerhard Baer
– Joaquín Barriales
– Pío Aza
– Vicnte de Cenitagoya
– Andrés Ferrero
– Alejandro Camino Diez Canseco
– Víctor J. Guevara
– Paul Marcoy (orateur)

p. 182: troveros del sertón… seanchaí irlandés…

p. 183: el seanchaí irlandés es “alguien tocado por la varita mágica de la sabiduría y el arte de contar, de recordar, de reinventar y enriquecer lo ya contado a lo largo de los siglos, un mensajero de los tiempos del mito y de la magia, anteriores a la historia…”

p. 210: “Lo importante es no impacientarse y dejar que lo que tiene que ocurrir, ocurra […] Si el hombre vive tranquilo, sin impacientarse, tiene tiempo de reflexionar y de recordar […] Así encontrará su destino, tal vez. Vivirá contento, quizás. Lo aprendido no se le olvidará. Si se impacienta, adelantándose al tiempo, el mundo se enturbia, parece. Y el alma cae en una telaraña de barro. Eso es la confusión. Lo peor, dicen.”

p. 228: “Lo que se recuerda, vive, y puede volver a pasar.”

p. 260: “… encargado de atizar ancestralmente la curiosidad, la fantasía, la memoria, el apetito de sueño y de mentira…”

Bibliografía:

– César Vivanco (Matsiguengas – Kugapakoris)
– Jorge Marcone, La oralidad escrita. Sobre la reivindicación y re-inscripción del discurso oral
– VV.AA., La cultura ancestral matsigenka: respuesta a la modernidad del siglo XXI, 2006
– Vicente de Cenitagoya, Los machiguengas
– Andrés Ferrero, Los machiguengas: Tribu selvática del sur-oriente peruano, 1967
– Ricardo Álvarez Lobo, La vida del pueblo Matsiguenga: aporte etnográfico de los Misioneros Dominicos al estudio de la cultura Matsiguenga (1923-1978), 2006
– Fr. José Pío Aza Martínez, O.P., 1865-1938: pionero de las misiones en el Madre de Dios y el Urubamba : akárika iripigáera páreri Pío?, 2000
– Florencio P. Alegre, Tashorintsi: tradición oral matsiguenka, 1979

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