Nadie encendía las lámparas

29/11/2017 Comentarios desactivados en Nadie encendía las lámparas

Y ahora que lo pienso. Felisberto Hernández tiene relación con lo que tan entretenido te tiene. Nunca renunció a escribir, no es un escritor del No, pero sí lo son sus narraciones. Todos los cuentos que escribía los dejaba sin acabar, le gustaba negarse a escribir desenlaces. Por eso la antología de sus relatos se llama Narraciones incompletas. Las dejaba todas suspendidas en el aire. De entre todos sus cuentos el más maravilloso es Nadie encendía las lámparas.

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, p. 17

 

Nadie encendía las lámparas

Felisberto Hernández

Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.

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La mujer parecida a mí

29/11/2017 Comentarios desactivados en La mujer parecida a mí

Me ha dicho que ya no le extrañaba nada de mí, y luego me ha comentado que mi historia de ese verano raro le ha recordado el comienzo de un cuento de Felisberto Hernández.
-¿Qué cuento? -le he preguntado, algo dolido porque mi original verano de antaño no pudiera ser una historia exclusivamente mía.
La mujer parecida a mí -me ha contestado-. Y ahora que lo pienso. Felisberto Hernández tiene relación con lo que tan entretenido te tiene. Nunca renunció a escribir, no es un escritor del No, pero sí lo son sus narraciones. Todos los cuentos que escribía los dejaba sin acabar, le gustaba negarse a escribir desenlaces. Por eso la antología de sus relatos se llama Narraciones incompletas. Las dejaba todas suspendidas en el aire […].
Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, Anagrama, 2000, p. 79.
La mujer parecida a mí
Felisberto Hernández

 

Hace algunos veranos empecé a tener la idea de que yo había sido caballo. Al llegar la noche ese pensamiento venía a mí como a un galpón de mi casa. Apenas yo acostaba mi cuerpo de hombre, ya empezaba a andar mi recuerdo de caballo.

En una de las noches yo andaba por un camino de tierra y pisaba las manchas que hacían las sombras de los árboles. De un lado me seguía la luna; en el lado opuesto se arrastraba mi sombra; ella, al mismo tiempo que subía y bajaba los terrones, iba tapando las huellas. En dirección contraria venían llegando, con gran esfuerzo, los árboles, y mi sombra se estrechaba con la de ellos.

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El zorro es más sabio

23/11/2017 Comentarios desactivados en El zorro es más sabio

Sobre el mítico silencio de Juan Rulfo escribió Monterroso, su buen amigo en la oficina de copistas mexicanos, una aguda fábula, El zorro más sabio. En ella se habla de un Zorro que escribió dos libros de éxito y se dio con razón por satisfecho y pasaron los años y no publicaba otra cosa.

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, Anagrama, 2000, p. 17

 

El zorro es más sabio

Augusto Monterroso

Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dice voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.

Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.

El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del
Zorro. Desde ese momento el Zorro se dio con razón satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cocteles puntualmente se le
acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

-Pero si ya he publicado dos libros -respondía él con cansancio.

-Y muy buenos -le contestaban-; por eso mismo tiene usted que publicar otro.

El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer.”

Y no lo hizo.

FIN

… Olivetti, Moulinex

22/11/2017 Comentarios desactivados en … Olivetti, Moulinex

Quim Monzó, …Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury, Quaderns Crema, 1984

Dibuix de la coberta de Perico Pastor

– Em sento orgullós de dir que tota la vida he combatut contra les idees que defenso a hores d’ara.

– Jo em sento orgullós de respondre-us que a mi em passa exactament el contrari.

Wolinski, al número 346 de Charlie Hebdo.

16 brevísimos cuentos en los que Quim Monzó ya era todo lo que sería depués: un gran escritor que nos sorprende contínuamente con inesperados golpes de efecto.

La presa

16/11/2017 Comentarios desactivados en La presa

Irene Nemirovsky, La presa, Traducción del francés de José Antonio Soriano Marco, Salamandra, 2016

Título original: La proie

Primera edición en francés: 1938

La intriga era necesaria para su existencia, como el conocimiento de los hábitos y las artimañas de sus presas puede serlo para el cazador.

Más que una novela con moraleja, ésta es una novela moral sobre la ambición de quien queriendo conquistarlo todo se convierte en una presa de sí mismo.

ocho partes de orgullo y dos de otras cosas

12/11/2017 Comentarios desactivados en ocho partes de orgullo y dos de otras cosas

“Siempre he creído que entiendo algo de hombres. Creía que estaban compuestos de ocho partes de orgullo y dos partes de otras cosas… Bueno, no te pongas a bufar, tú no tienes que ofenderte, eres la excepción. Pero a los demás creía que los conocía, que sabía hablar su idioma. ¡Porque nueve de cada diez hombres se lo creían cuando yo entornaba los ojos como si los admirara, como si me maravillara de su belleza o de su inteligencia! Querían que les hablara con una vocecita simplona y me restregara contra ellos como una gata en celo, extasiada por su tremenda inteligencia, que naturalmente yo, una pobre muchacha de modestas aptitudes, una flor ingenua y candorosa, no podía comprender en toda su amplitud… Para nosotras es todo un privilegio poder acurrucarnos a los pies de un hombre genial y poderoso, y escuchar con admiración las maravillas que generosamente nos revela; nosotras, aunque sólo somos unas pequeñas estúpidas, tenemos su permiso para saber lo inteligente y lo bueno que es en su trabajo, lo mucho que lo temen y lo reverencian en los negocios; lo astuto que ha sido al engañar a los importadores turcos cuando les ha vendido piel sin curtir por piel curtida o lo bien que ha adulado a ciertos peces gordos que pueden ayudarlo a obtener un premio Nobel o el título de caballero en alguna orden. Porque siempre presumen de este tipo de cosas.”

Sándor Márai, La mujer justa, p. 401

No más ciencia

12/11/2017 Comentarios desactivados en No más ciencia

Y al final tuvo que aceptar que la razón en realidad no vale nada porque los instintos son más fuertes. La cólera es más fuerte que la razón. Y cuando la cólera tiene la tecnología en sus manos le importa un pimiento la razón. Entonces la cólera y la tecnología se lanzan juntas a un baile absurdo y salvaje.

Sándor Márai, La mujer justa, p. 405

Reproduzco a continuación un artículo de Pedro García Olivo en el que, como siempre, derrumba certezas y cuestiona lo incuestionable para que podamos seguir desesperando…

El artículo, copiado de su web, es el siguiente:

Y la Humanidad («¿Qué es la Humanidad, si no una suma de animales?», se preguntaba E. Cioran), en tanto mero “agregado” de seres humanos muy distintos, psico-culturalmente enfrentados, carece de Consciencia lo mismo que de Memoria. «No aprende, todo lo olvida, vive de espaldas a su propio pasado», lamentaba Chris Marker en Sans Soleil, porque no es un Sujeto, no es un Ser, no es un Ente vivo. De la llamada Primera Guerra Mundial «aprendió» a perfeccionar armas y capacidades destructivas, con vistas a la Segunda. De la colonización latina de América del Sur aprendió modos del genocidio que optimizó en África siglos después, cuando el reparto imperialista de todo el continente. En la labor cotidiana de la Inquisición española late perceptiblemente el «principio» de Auschwitz. En lo concreto, la Humanidad aparece, se ha dicho, como un conjunto de animales fracasados, de infra-animales, de miembros de una especie truncada, cuyos ejemplares nacieron antes de tiempo y quedaron para siempre incompletos, reos de una deformidad sustancial. Por eso, la humana es la especie más fea de la Biosfera. Y, en lo abstracto, la Humanidad no es más que un concepto homicida, en nombre del cual se ha perseguido, maltratado, invadido, asesinado. De M. Bakunin a M. Heidegger, este repudio del “humanismo”, cada día mas armado, más militarizado («tropaz de paz», «ejércitos humanitarios»), surte argumentos para desconfiar de una Ciencia sin la cual no es pensable Auschwitz, Hiroshima, Vietnam, Chernóbil, Guantánamo… Motivos que apelan inmediatamente a la sensiblería masiva, como el de la “memoria histórica”, cultivados aún por los sectarismos de izquierda, en absoluto se mantienen ante ese criticismo radical. Que la Humanidad no tiene memoria lo comprobaron, en sus carnes, los supervivientes de los campos nazis de exterminio, atónitos y desesperanzados ante los crímenes perpetrados más tarde por la maquinaria política de Israel, “su” Estado…

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