Stalker. Pícnic extraterrestre

16/01/2017 Comentarios desactivados en Stalker. Pícnic extraterrestre

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Arkadi y Boris Strugatski, Stalker. Pícnic extraterrestre, Traducción de Raquel Marqués, Presentación por Ursula K. Le Guin y Comentario de Boris Strugatski, Ediciones Gilgamesh, 2015

Nada expresa mejor el significado de este libro que el primer apunte que hicieron sus autores antes de comenzar a escribirlo. Lo reproduce Boris Strugatski en su comentario sobre la historia de esta novela:

Un mono y un tarro de conserva. Treinta años después de la visita de unos extraterrestres, solo queda la basura que dejaron, que es objeto de caza y de búsqueda, de investigaciones y de calamidades. Crecen las supersticiones, hay un departamento que quiere poseer la basura para adquirir poder y una organización que quiere destruirla (el conocimiento caído del cielo es inútil y perjudicial; lo único que pueden conllevar los descubrimientos es el mal uso). Los buscadores de oro se consideran magos. La decadencia de la autoridad científica. Biosistemas abandonados (como si fueran pilas gastadas), muertos resucitados de distintas épocas…

El conocimiento que sirve para crear artilugios que se supone que van a ayudarnos a tener una vida mejor… una vida mejor en la que se cumplirán todos nuestros deseos, pero que solo producen violencia, destrucción, muerte, codicia, corrupción… y, sobre todo, soledad… Siempre a la espera del último artilugio, el definitivo, la bola dorada que hará que se cumplan todos nuestros deseos.

Quizá seamos los humanos los que estamos haciendo un pícnic al borde del camino y pronto desapareceremos dejando tras nosotros el rastro de toda nuestra basura tecnológica…

Un pícnic. Imagínese un bosque, un camino, un prado. Un coche recorre el camino hasta el prado; un grupo de jóvenes se apea con botellas, cestas de comida, chicas, radios, cámaras de foto y de vídeo… Encienden una hoguera, montan tiendas, ponen música. Y por la mañana se marchan. Los animales, los pájaros y los insectos que se han pasado la noche observando aterrorizados salen de sus guaridas. ¿Y qué ven? Un charco de lubricante en la hierba, gasolina derramada cerillas usadas tiradas por ahí, filtros de aceite. Trozos de tela, bombillas fundidas, una llave inglesa que se le ha caído a alguien… Los neumáticos dejan restos de barro procedente de un pantano desconocido. Aparte, faltaría más, hay restos de la hoguera, corazones de manzana, envoltorios de chucherías, tarros de conservas, botellas vacías, un pañuelo, una navaja, periódicos viejos y rasgados, monedas, flores marchitas de otros prados…

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