Un “capricho” de Goya

10/11/2016 Comentarios desactivados en Un “capricho” de Goya

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Un “capricho” de Goya, jocoso, extravagante y grotesco, siempre sugerirá al buen entendedor lo que un cálido artículo de Larra. España se ve en ambos pensadores tal como entonces era: con todos sus rufianes y sus comadrerías; con todas sus iglesias y sus plazas de toros… y todos sus matones a sueldo del Estado.

Goya Lucientes, que fue el genio más grande de la época, pintor de cámara, político a la vez, aún puede ser ejemplo de la revolución que a nosotros nos falta. No se entienden a veces sus “caprichos” pero cuando se entienden, más que con suave lápiz, con un látigo apunta, diríais, cuánto trabajo es suyo. Tiene trazos tan fuertes, que semeja un Marat de la caricatura, pero con más conciencia y más virilidad, porque no hay ambición en el alma que tiene.

Ahora en nuestra mesa tenemos un “capricho” del maestro. Y en el “capricho” ése, se ve a un fraile sentado -de gruesas posaderas y obesidad estúpida- en la débil espalda de un obrero encorvado, que trabaja la tierra. Y luego… nada más. Es decir, mucho más; que mal rasgado está, cual dibujo infantil, pero sí mucho dice: Este trabajador, imbécil y sumiso, cuando hunde la azada y vuelve a desclavarla removiendo el terreno, sólo imaginaríais -pues que imaginación también hay en nosotros al darle el movimiento-, que no siente ese peso de su carga.

Y en verdad no la siente, porque este pobre obrero que pintó don Francisco, es obrero español…

El fondo del “capricho” a modo de horizonte, es totalmente negro, negro por el estilo del autor, pero a modo de símbolo, para esa triste España, y para ese triste obrero, mientras el fraile indigno, con la cogulla suelta, se atraca a dos carrillos.

Desde Goya a nosotros ¡cuánto tiempo ha pasado! ¡Y cuánto no se ha escrito y se ha discurseado para que el fraile infame bajase de su asiento! Pero el fraile ha bajado sólo a condición de atropellar aún más a ese tonto español.

Y si ahora aquel alto aragonés volviese, para tener “caprichos” como los de su tiempo, acaso dibujase lo que sigue: un fraile que ha robado la azada del obrero, que labora la tierra pero con más holgura, porque tiene “derechos” para hacerse valer, y un obrero no lejos que se muere de hambre y de miseria, porque en ninguna forma ha tenido derechos, y porque así como ayer no comprendía el peso porque se aniquilaba tampoco hoy no comprende al ver tantos conventos convertidos en fábricas, en talleres, o espacios de abono, que es aquel mismo peso, aunque no tan visible, lo que ahora le aniquila…

Joan Salvat-Papasseit, Humo de fábrica. Páginas libertarias, 1918

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