El maestro de Petersburgo

09/11/2016 Comentarios desactivados en El maestro de Petersburgo

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J.M. Coetzee, El maestro de Petersburgo, Traducción de Miguel Martínez-Lage, Debolsillo, 2003

la lectura consiste en ser el brazo y ser el hacha y ser el cráneo que se parte; la lectura es entregarse, rendirse, no mantenerse distante ni burlón” (pag. 58)

Coetzee consigue que la lectura de esta pequeña novela se convierta en una experiencia de entrega, tal como afirma el personaje Dostoyevski en un momento de la misma, ya que no es posible leer esta historia sin conmoverse, sin caer rendido ante un Fiodor Mijailovich Dostoyevski que sufre por la pérdida de su hijo, por la falta de comprensión que suele caracterizar a las relaciones entre padres e hijos, por el horror de los demonios, de ese “millar de inicuos demonios que bullen en el aire como langostas recién sueltas de un tarro”… Demonios, palabra también con la que Dostoyevski tituló una de sus novelas, que se apoderan de nihilistas y revolucionarios “capaces de darse esas ínfulas, siempre ansiosas de azotarse hasta alcanzar ese frenesí de superioridad moral… es como un convento en España en tiempos de Loyola: muchachas de buena familia que se autoflagelan, que se echan a rodar por el suelo presas del éxtasis, que babean sin contenerse, o que ayunan, que rezan durante un sinfín de horas, que aspiran a ser llevadas a los brazos del Salvador. Extremistas todos ellos, sensualistas hambrientos del éxtasis de la muerte: matar o morir, lo mismo da una cosa que otra”.

Guillermo Lavín, “Coetzee: El maestro de Petersburgo. Autobiografía del dolor intransferible”

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