Victory Through Air Power

19/08/2016 Comentarios desactivados en Victory Through Air Power

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Victoria por medio de la fuerza aérea. Esta película de propaganda bélica americana fue conocida también como “La bomba Disney”. Es una película de animación que pretende transmitir a los americanos los mensajes contenidos en el best seller del mismo título cuyo autor, Alexander De Seversky, aparece en la película para enfatizarlos. También aparece en la película el profeta norteamericano de la guerra aérea Billy Mitchell, quien ya en 1932 escribió, refiriéndose a un posible bombardeo de la ciudad de Tokio, esto:” Estas ciudades, construidas en gran medida con madera y papel, conforman el objetivo aéreo más importante del mundo entero”. Tal como nos recuerda Sven Lindqvist en su libro Historia de los bombardeos, para Billy Mitchell Japón no constituía un objetivo para un bombardeo de precisión humanitario, pues él mismo afirmó que “La destrucción debe ser total, no selectiva”. Unas palabras parecidas utiliza De Seversky hacia el final de la película cuando hace las siguientes afirmaciones: “La única defensa segura será la de una fuerte ofensiva… la cuestión es quién será el primero… debemos acabar con el corazón de la bestia… debemos dar el golpe decisivo a través del aire… el objetivo es la total destrucción del enemigo”.

La película termina con una imagen simbólica: el águila americana tras apuñalar el corazón del monstruo que representa al Japón, se posa victoriosa sobre el globo terráqueo que domina con sus garras. Antes de estas imágenes la película muestra lo que podría ser la destrucción de Tokio por medio de un bombardeo que arrasa la ciudad. Curiosamente entre los edificios de viviendas, fábricas, vías ferroviarias, almacenes e instalaciones de todo tipo no aparece ni una sola figura humana. La profecía se cumplió, pero en Tokio vivía mucha gente y sus casas y sus calles no estaban vacías como en la película. La ciudad de Tokio fue bombardeada en varias ocasiones a partir de noviembre de 1944. El golpe decisivo a través del aire, el que reclamaba De Seversky desde la pantalla, tuvo lugar entre los días 9 y 10 de marzo de 1945, cuando se lanzaron 1.700 toneladas de napalm sobre la ciudad, desatando un incendio de tal magnitud que en su epicentro se llegaron a alcanzar los 980 °C. El ataque destruyó 41 km2 (aproximadamente la cuarta parte de la ciudad) y se calcula que unas 100.000 personas murieron como consecuencia, un número mayor que las muertes inmediatas causadas por las bombas atómicas en Hiroshima o en Nagasaki.

Esta es la descripción del bombardeo de Tokio del 9 de marzo de 1945 que nos transmite Sven Lindqvist a partir de los relatos que hicieron Robert Guillain en su libro I Saw Tokyo Burning: An Eyewitness Narrative from Pearl Harbor to Hiroshima (Londres, 1981), y Ronald Schaffer en su libro Wings of Judgement, American Bombing in World War II (Oxford, 1985):

Por primera vez, los aviones volaron a baja altitud. Sus largas y relucientes alas, afiladas como cuchillos, asomaban entre columnas de humo y lanzaban súbitos destellos sobre la inmensa hoguera en que se había convertido la ciudad.

La orden era que las familias debían permanecer en sus casas defendiendo sus pertenencias. Pero, ¿cómo? Los refugios aéreos no eran más que agujeros en el suelo, cubierto por tablones y una fina capa de tierra. Las bombas caían a miles; una sola casa podía ser alcanzada por diez o más ala vez. Era un nuevo tipo de bomba; esparcía un líquido llameante que se deslizaba por los tejados, prendiendo fuego a todo lo que hallaba en su camino. El fuerte viento capturaba las gotas ardientes y pronto empezó a caer una lluvia de fuego que se adhería a todas las superficies.

De acuerdo con el plan establecido, los vecinos formaron cadenas para lanzar cubos de agua al fuego. Pocos segundos después se vieron rodeados por las llamas. El agua de los extintores nada podía hacer para sofocar el fuego. Las frágiles casas se incendiaron inmediatamente y familias enteras huyeron despavoridas, con sus niños a la espalda, y encontraron las calles bloqueadas por un muro de fuego. El mar de llamas los alcanzó; se convirtieron en antorchas vivientes y desaparecieron.

La gente se arrojaba a los canales y se sumergía en el agua hasta que tan solo sus bocas sobresalían de la superficie. Miles de personas murieron asfixiadas por el humo y la falta de oxígeno. En otros canales, el agua alcanzó temperaturas tan altas que la gente se coció viva.”

 

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