esperanza

23/06/2016 § Deja un comentario

No sé quién es Esperanza, pero supongo que por algún extraño error, o porque unidos pueden lograr cualquier cosa, ha llegado a mi casa, a mi nombre, una carta suya dirigida a sus padres (supongo que a su madre y a su padre, aunque hoy en día ya no se puede saber a ciencia cierta). He leído la carta atónito, y reconozco que, a pesar de la indignación que me ha provocado, ha conseguido emocionarme. Supongo que éste es el objetivo que tenían los expertos en psicología humana que la han diseñado y redactado, porque tengo la sensación de que Esperanza no existe. Si este es el mensaje que tienen que transmitirnos quienes pueden unidos, estamos aviados, es decir que pronto todos nos convertiremos en pollos de granja, de esos que no saben ni andar solos.

Qué escena tan conmovedora, una madre y un padre de mi edad, o quizá más jóvenes, entrenándose duramente para poder comunicarse con su querida hija por medio de las últimas tecnologías sin las cuales, por lo visto, ya no es posible la vida sobre el planeta. Qué conmovedor la hija que gracias al tremendo esfuerzo de su padre, y quizá también de su madre (que para eso las mujeres han conseguido tener los mismos derechos que los hombres), que han tenido que pasarse la vida vendiendo lo único que tenían, a parte de una hija (y por eso son proletarios), su fuerza de trabajo, para que su querida hija pudiera estudiar y ser una gran científica que no ha tenido más remedio que emigrar porque en este país todavía no se da a la ciencia la importancia que tiene y que investiga nuevas formas de evolucionar hacia el desastre que nos espera a la vuelta de la esquina…

Conmovedoramente… patétitico. Si estos son los “comunistas”… cómo serán los demás… supongo que lo mismo, pero con otra estética. A fin de cuentas todo es cuestión de estética, de maquillaje, de moda… todo es cuestión de comprar y vender…

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Votar es abdicar

23/06/2016 Comentarios desactivados en Votar es abdicar

elecciones

Carta de Élisée Reclus a Jean Grave

Clarens, Vaud, 26 de septiembre de 1885

Compañeros,

Habéis pedido a un hombre de buena voluntad, que no es ni votante ni candidato, que os exponga sus ideas sobre el ejercicio del derecho de sufragio.

Me habéis concedido poco tiempo para hacerlo, pero dado que tengo convicciones bien claras sobre el asunto lo que tengo que deciros se puede expresar en pocas palabras.

Votar es abdicar; nombrar a uno o varios gobernantes para un período corto o largo, es renunciar a la propia soberanía. Tanto si es para convertirse en monarca absoluto, príncipe constitucional o en un simple mandatario investido de una pequeña parte del poder, el candidato que lleváis al trono o al sillón será vuestro superior. Elegís a personas que estarán por encima de las leyes, ya que son ellos los encargados de redactarlas y de hacerlas cumplir.

Votar es de tontos; es creer que hombres como vosotros adquirirán repentinamente, al sonido de una campanilla, la virtud de saberlo todo y de entender de todo. El hecho de que vuestros mandatarios tengan que legislar sobre cualquier cosa, desde las cerillas hasta los buques de guerra, desde el desparasitado de árboles al exterminio de tribus rojas o negras, os hace pensar que su inteligencia crece como consecuencia de la inmensidad de su tarea. Sin embargo, la historia os enseña que lo que ocurre es lo contrario. El poder siempre ha perturbado, la cháchara siempre ha atontado. En las asambleas soberanas prevalece fatalmente la mediocridad.

Votar es evocar la traición. Sin lugar a dudas, los votantes creen en la honestidad de aquellos a quienes conceden sus sufragios -y quizá tienen razón el primer día, cuando los candidatos se encuentran todavía en el fervor del primer amor. Pero siempre hay un día siguiente. Tan pronto como cambia la situación, el hombre cambia con ella. Hoy el candidato se inclina ante vosotros, y posiblemente demasiado; mañana se volverá a poner derecho, quizá demasiado. Mendigaba vuestros votos, pero después os dará órdenes. Cuando el obrero se convierte en capataz, ¿puede seguir siendo lo que era antes de haber obtenido el favor del patrón? El fogoso demócrata, ¿no aprende pronto a doblar la espalda cuando el banquero se digna a invitarle a su despacho? ¿cuando los criados de los reyes le hacen el honor de conducirle a las antecámaras? La atmósfera de los cuerpos legislativos es malsana y cuesta respirar en ellos; vosotros enviáis a vuestros gobernantes a un ambiente de corrupción; que no os extrañe pues que terminen corruptos.

Por tanto, no abdiquéis, no pongáis vuestros destinos en manos de quienes son forzosamente incapaces y de futuros traidores. No votéis! En lugar de confiar vuestros intereses a otros, defendedlos vosotros mismos; en lugar de tomar abogados para proponer modos de acción futuros, actuad! No faltan las ocasiones a los hombres de buena voluntad. Delegar en otros la responsabilidad de su conducta, es falta de valentía.

Os saludo de todo corazón, compañeros.

Élisée Reclus

(Reclus, Élisée (1830-1905), Correspondance, Paris, Schleicher Frères, A. Costes, 1911-1925, pp. 364-366)

El guardián entre el centeno

17/06/2016 Comentarios desactivados en El guardián entre el centeno

El guardián

J. D. Salinger, El guardián entre el centeno, Traducción de Carmen Craido, Edhasa, 2007

La reciente lectura del último libro de Frédéric Beigbeder, Oona y Salinger, me hizo volver a Salinger y a su emblemática novela. Según Beigbeder, El guardián entre el centeno “es la desesperación de un veterano de la Segunda Guerra Mundial trasplantada al corazón de un adolescente neoyorquino”. A mí me parece que es el escepticismo absoluto de Salinger y su deseo de esconderse de un mundo que no entiende y que no tiene nada que ver con él lo que se trasplanta al corazón de Holden Caufield, el adolescente neoyorquino que nos cuenta lo que le pasó y lo que pensó duante los dos días que pasó vagando por Nueva York en vísperas de una Navidad de los años cuarenta del siglo XX.

Salinger dijo que era incapaz de explicar lo que había querido escribir. Probablemente porque no había querido decir nada especial. No tenía un mensaje que transmitir. Simplemente se limitó a pensar una historia de una huida de un mundo que le asustaba. Una huida imposible, porque, como nos dice Holden Caufield hacia el final de la novela, “no hay forma de dar con un sitio tranquilo porque no existe”. Salinger soñaba con escapar del mundo y el personaje que creó en esta novela también. No sabemos si Holden lo consiguió o no porque la novela termina cuando se plantea la pregunta “¿Cómo sabe uno lo que va a hacer  hasta que llega el momento?”. Holden soñaba con la idea de escapar… “me construiría una cabaña en algún sitio y pasaría allí el resto de mi vida”. Es lo que hizo Salinger. Pero cuando escribía esto todavía no sabía que lo haría. Desapareció del mundo. Escapó. Se escondió. Lo que no podemos saber es si de verdad consiguió encontrar la tranquilidad, porque no hay sitios tranquilos si no llevamos la tranquilidad con nosotros.

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.” (p. 225)

 

Comin’ Thro’ the Rye

Robert Burns

O, Jenny’s a’ weet, poor body,
Jenny’s seldom dry:
She draigl’t a’ her petticoatie,
Comin thro’ the rye!

Chorus:
Comin thro’ the rye, poor body,
Comin thro’ the rye,
She draigl’t a’ her petticoatie,
Comin thro’ the rye!

Gin a body meet a body
Comin thro’ the rye,
Gin a body kiss a body,
Need a body cry?

(chorus)

Gin a body meet a body
Comin thro’ the glen
Gin a body kiss a body,
Need the warl’ ken?

(chorus)

Gin a body meet a body
Comin thro’ the grain;
Gin a body kiss a body,
The thing’s a body’s ain.

(chorus)

Ilka lassie has her laddie,
Nane, they say, ha’e I
Yet all the lads they smile on me,
When comin’ thro’ the rye.

Oona y Salinger

08/06/2016 Comentarios desactivados en Oona y Salinger

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Frédéric Beigbeder, Oona y Salinger, Traducción de Francesc Rovira, Anagrama, 2016

“Nuestras vidas no tienen importancia, se hunden en el fondo del tiempo, pero hemos existido y eso nada lo puede impedir: por muy líquidas que sean, nuestras alegrías no se evaporan nunca”

Así termina esta novela de “facción”. Sin embargo no parece que sea una afirmación sincera. Una vez más, el autor muestra su cinismo. Es verdad que nuestras vidas no tienen importancia y que se hunden en el fondo del tiempo, pero para Frédéric Beigbeder no parece ser así. Para él lo único que tiene importancia es su vida, es él, y aunque sabe que se hundirá en el fondo del tiempo, se empeña en que salga a flote todo lo que sea posible. Beigbeder siempre que escribe, escribe sobre sí mismo. Está encantado de conocerse. Sabe que es un niño grande, un adolescente inmaduro y eterno, rico y pija, producto de un mundo que se dedica a construir individuos como él, inmaduros, narcisistas y ególatras. No sólo lo sabe, sino que nos lo explica con cinismo.

Escribe bien y, en este caso, redondea una historia que, tal como nos explica en la introducción, “no es una ficción”, sino que es “pura facción”, es decir una ficción que tiene como base hechos reales y personas reales. Los protagonistas de esta historia son, aparte de él y su joven pareja, Oona O’Neill, Salinger y Charles Chaplin. Un ménage a cinq. Ernest Hemingway también ocupa un pequeño rincón.

Pero además de escribir sobre estos personajes, escribe sobre la guerra. Y lo hace muy bien. Escribe sobre la guerra y sobre la forma en la que la guerra destroza a las personas a las que no mata, convirtiéndolas en naturalezas muertas, tal como lo hace con aquellas a las que mata y cuyos cráneos quedan abiertos como floreros.

 

Reseña de Eugenio Sánchez Bravo

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