Así era la represalia

19/11/2015 Comentarios desactivados en Así era la represalia

La ciudad alemana de Dresde, tras los ataques de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial

La ciudad alemana de Dresde, tras los ataques de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial

13.01, hora de Centroeuropa

  Dejad que los niños se acerquen a mí.

  Cuando explotó la primera bomba, la onda expansiva arro­jó a los niños muertos contra el muro. Se habían asfixiado el día anterior en un sótano. Habían depositado sus cuerpos en el cemen­terio porque sus padres combatían en el frente y había que bus­car primero a las madres. Solo hallaron a una, pero yacía aplastada bajo los escombros. Así era la represalia.

  La bomba, al explotar, lanzó un zapatito por los aires. Pero eso carecía de importancia. Ya estaba destrozado. Cuando la tie­rra proyectada hacia arriba volvió a caer con un repiqueteo, las sirenas empezaron a aullar. Daba la impresión de que se había desatado un huracán. Cien mil personas notaron como latían sus corazones. La ciudad llevaba tres días ardiendo y desde entonces las sirenas aullaban siempre demasiado tarde. Parecía hecho adre­de, porque entre la destrucción provocada por los bombardeos se necesitaba tiempo para vivir.

  Así comenzó todo.

  Al otro lado del muro del cementerio dos mujeres soltaron el cochecito y cruzaron corriendo la calle. Pensaban que el muro del cementerio era seguro, pero se equivocaban.

  De repente, los motores atronaron el aire. Una lluvia de bengalas de magnesio se clavó, siseando, en el asfalto. Al instan­te siguiente estallaron. Las llamas crepitaban en lo que momen­tos antes era asfalto. La onda expansiva volcó el cochecito. La barra salió proyectada hacia el cielo y un bebé cayó rodando de una manta. La madre, situada junto al muro, no gritó. No le dio tiem­po. Aquello no era un parque infantil.

  Junto a la madre chillaba una mujer que ardía como una tea. La madre la miró sin saber qué hacer antes de ser ella misma pasto de las llamas, que empezaron por los pies y subieron por las pan­torrillas hasta el vientre. Se dio cuenta justo antes de encogerse. Una bomba explotó a lo largo de la tapia del cementerio, y en ese ins­tante ardió también la calle. Y el asfalto, y las piedras, y el aire.

  Eso sucedió junto al cementerio.

  En el interior era diferente. Dos días antes las bombas habían desenterrado los cuerpos. El día anterior los habían ente­rrado. Lo que fuera a suceder ese día aun estaba por ver. Hasta los soldados que se pudrían en sus tumbas lo ignoraban. Y ellos hu­bieran debido saberlo. Sobre sus cruces se leía: «No habéis caído en vano.»

  A lo mejor hoy quedaban reducidos a cenizas…

Así comienza Represalia (Die Vergeltung), la novela que escribió Gert Ledig, publicada en 1956 por primera vez. Esta novela recibió una crítica devastadora: nadie quería leer sobre lo sucedido, todos querían olvidar. Pero había sucedido y se podría haber evitado.

Estamos acostumbrados a leer y a ver películas que cuentan con detalles los horribles crímenes cometidos por los nazis, pero es muy raro leer algo sobre los también atroces crímenes cometidos por “la otra parte”. Hoy ocurre algo parecido.

 

 

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