su nombre es Palestina

09/09/2015 Comentarios desactivados en su nombre es Palestina

sobre esta tierra

Sobre esta tierra

Mahmud Darwish

Sobre esta tierra, lo que merece vivir:
la vacilación de abril,
el olor del pan al alba,
las opiniones de una mujer sobre los hombres,
los escritos de Esquilo,
las primicias del amor,
la hierba sobre las piedras,
las madres viviendo sobre un hilo de flauta
y el miedo de los invasores a los recuerdos.

Sobre esta tierra, lo que merece vivir:
el fin de septiembre,
una dama con sus damascos perfectos después de los cuarenta,
la hora del sol en la cárcel,
una nube imitando multitud de objetos,
las aclamaciones de un pueblo a quienes ascienden a la muerte sonriendo
y el miedo de los tiranos a las canciones.

Sobre esta tierra, lo que merece vivir:
sobre esta tierra, la Señora de la Tierra,
la madre de los comienzos,
la madre de los finales.
Fue su nombre Palestina.
Se convirtió su nombre en Palestina.

Señora mía:
merezco,
porque eres mi señora,
merezco vivir.

Mahmud Darwish

“Al destacarse sobre un fondo de Noche de los Comienzos -y ello eternamente-, la revolución palestina dejaba de ser un combate habitual por una tierra robada, era una lucha metafísica. Imponiendo al mundo entero su moral y sus mitos, Israel se confundía con el Poder. Era el Poder. Bastaba el aspecto de los pobres fusiles de los fedayyin para mostrar esta inconmensurable distancia entre ambos armamentos: de un lado, pocos muertos y ninguna herida grave; del otro, el anonadamiento aceptado y querido por las naciones europeas y árabes.”

Jean  Genet, Un cautivo enamorado, p. 184

una miniatura que amenaza a todas las direcciones

“El presente es siempre duro. Se supone que el porvenir lo es más. El pasado, o más bien lo ausente, son adorables y vivimos en el presente. A este mundo vivido en presente, la revolución palestina aportaba una dulzura que parecía pertenecer al pasado, a la lejanía y, tal vez, a la ausencia, pues los adjetivos que tratan de describirla son éstos: caballeresca, frágil, valerosa, heroica, novelesca, grave, retorcida, astuta. En Europa no se habla más que por cifras. El diario Le Monde, en su número del 31 de octubre de 1985, cuenta con tres páginas de informaciones financieras. Los fedayyin no contaban ni sus muertos.

El tiempo que dura una revolución tiene su importancia. A la miseria de que los hubieran expulsado de Palestina en 1948, se le añadía a los palestinos, con poco equipaje y muchos niños, la acogida poco favorable de los libaneses, de los sirios, de los jordanos, la reticencia de los países árabes para emplear todas las armas que hubiesen podido hacer retroceder a Israel o, en todo caso, permitir una participación menos injusta que la de la ONU en 1947. Estas reticencias árabes se debían a varias razones: los rebeldes constituían ya una amenaza para quienes poseían riquezas, además todos los países árabes, como Arabia Saudita, los Emiratos, el Líbano, Siria, eran cómplices de América y de Europa. Israel mostraba también un vigor político y militar tal que parecía urgente tratarlo de igual a igual aunque no fuese más que bajo mano; en definitiva, por qué apoyar a una población que no había sido más que una provincia y nunca un Estado: provincia romana, siria, otomana, dependencia mandataria de Gran Bretaña.

Sin embargo, sólo los territorios palestinos seguían siendo, gracias a la proeza de 1948, territorios de Israel y sólo la población palestina se hallaba, más o menos atendida, en campos llamados primero ‘de tránsito’ y, al fin, de refugiados, bajo la vigilancia de la policía árabe de los tres países que los aceptaban.

No puedo explicar qué dio origen a la resistencia, es menester darse cuente de que cientos de años no bastan para aplastar definitivamente a un pueblo: las fuentes de la rebelión están, tal vez, ocultas, tan oscuras, tan subterráneas como las del Amazonas. ¿Dónde están las fuentes de la Revolución Palestina? ¿Qué geógrafo las buscará? ¿Será el aguya que mana de ellas verdaderamente nueva y, tal vez, fecunda?

(…)

… Aún existe en Châtellerault el escaparate donde me fijé en una navaja lo bastante pequeña como para llamarla cortaplumas que se abría y cuyas hojas iban apareciendo lentamente, una tras otra, luego, suavemente, tras haber amenazado a todas las direcciones de la ciudad, pues este objeto giraba sobre sí mismo desfilando al norte, al oeste, al sur, al este, amenzaba a la calle donde me encontraba, al puesto del panadero y, segundos después, a la propia cuchillería. Cada hoja -o lo que hacía oficio de tal- tenía su función, desde la mortal, capaz de alcanzar, apuntando al pecho o la espalda, un corazón de hombre adulto, hasta el sacacorchos, el abridor de la botella de tinto tras la victoria. Este objeto, cuyo mango era de  asta barnizada, que, cerrado, parecía inofensivo, abierto, se erizaba, un puerco espín amenazado debe de querer asemejarse a él, y como esta navaja (joya de la artesanía ingeniosa, en miniatura y provinciana), ese cortaplumas de cuarente y siete hojas peligrosas evocaba con bastante exactitud la revolución palestina: miniatura que amenaza a todas las direcciones: Israel, América, las monarquías árabes; giraba sobre sí misma, como el cortaplumas del escaparate; al igual que ocurría con él, nadie pensaba en comprarla; pero parece que, en la actualidad, salvo el mondadientes, las hojas están oxidadas. Otras armas están a punto, por lo visto.”

Jean  Genet, Un cautivo enamorado, p. 257-259

 

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