Puerto cerrado

21/07/2015 Comentarios desactivados en Puerto cerrado

Puerto cerrado

James Hanley, Puerto cerrado, Traducción de Elsa Mateo, Seix Barral, 1990

Traslado aquí lo que dice sobre esta novela Fernando Marías en su libro La isla del padre:

 Existe una gran novela del mar escrita en inglés el año
 1952 y publicada en español en 1990 por Seix Barral. Se
 llama The Closed Harbour, y fue traducida a nuestro idio-
 ma por Elsa Mateo, que la tituló Puerto cerrado.
Su autor es James Hanley.
En una esquina del espacio y del tiempo un escritor
 escribe un libro.
En otra muy distinta un lector lo lee y siente que ha
 sido escrito para que él, y nadie más que él, lo lea. Enton-
 ces se conmueve por el regalo que le han hecho la vida y
 la literatura y ese autor al que nunca conoció ni conocerá,
 se conmueve tanto que casi siente inquietud, aunque en-
 seguida entienda que esa inquietud es en realidad signo
 de magia, una magia que podría ahuyentar precisamen-
 te a las inquietudes. Y deciden que ese libro viajará con él
 siempre.
James Hanley escribió Puerto cerrado seis años antes
 de que yo naciera y lo leí tiempo después de que él hubie-
 se ya muerto. Hallé el libro en Bilbao, en un gran cajón de
 saldos instalado junto a la sección de librería de unos gran-
 des almacenes, un insólito vagabundo solo y sombrío en
 la desordenada multitud de libros de autoayuda y novelas
 históricas de éxito olvidado. No había otro ejemplar, solo
 ese que tomé en mis manos y está a mi lado ahora. Tam-
 bién el texto de la contraportada parecía escrito para mí,
 y es que el editor tiene su protagonismo en estos procesos
 de magia. El editor de Puerto cerrado, fuese quien fuese,
 aunque yo tengo una sospecha también emocionante al
 respecto, decidió traducir y publicar un libro del que qui-
 zás solo sabía con certeza que no sería comercial, y re-
 dactó o supervisó unas líneas que hablan del desconoci-
 do pero brillante Hanley, quien desde la solapa del libro
 me miraba, inquisitivo y turbulento, muy parecido a un
 John Gielgud jovencísimo y oscuro, y de su personaje, ma-
 rino sin barco, marino sin mar, y de un hundimiento per-
 sonal progresivo pero todavía en lucha, y de una desespe-
 ranza ante el fracaso tan bien dibujada que casi podía ser
 la mía de aquel momento en que leí ese texto junto al ca-
 jón de saldos, y del escenario fantasmagórico donde todo
 transcurría, el puerto de Marsella que podía ser el Bilbao
 de mis temores y el Madrid de mis naufragios. Supe que
 el libro era mío, era para mí. Me lo llevé a casa, sintiendo
 no que lo compraba sino que lo rescataba, lo leí y lo guar-
 dé luego entre mis libros queridos, donde me gusta pen-
 sar que, como un soldadito de plomo de palabras, conva-
 leció y llegó a recuperarse. Hasta la fecha, nadie ha podido
 demostrar que los libros que amamos tanto carezca de
 alma.

Fernando Marías, La isla del padre, pp. 113-114

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