Valente

24/06/2015 Comentarios desactivados en Valente

Poemas de José Ángel Valente

Serán ceniza

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.

Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.

Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

Destrucción del solitario

Durante toda la noche,
en una vigilia superior a mis fuerzas
que, de tarde en tarde, un ángel
descendía a avivar
(a veces lo confundía 
con el alba, pero
 el alba no podía venir)
pensaba: «La adolescencia tiene
 un ojo fijo,
sometido a la muerte,
 un ojo suicida y cruel».

Noche primera

Empuja el corazón,
quiébralo, ciégalo,
hasta que nazca en él
el poderoso vacío
de lo que nunca podrás nombrar.
Sé, al menos,
su inminencia
y quebrantado hueso
de su proximidad.
Que se haga noche. (Piedra,
nocturna piedra sola.)
Alza entonces la súplica:
que la palabra sea sólo verdad.

El adiós

Entró y se inclinó hasta besarla
porque de ella recibía la fuerza.

(La mujer lo miraba sin respuesta.)

Había un espejo humedecido
que imitaba la vida vagamente.
Se apretó la corbata,
el corazón,
sorbió un café desvanecido y turbio,
explicó sus proyectos
para hoy,
sus sueños para ayer y sus deseos
para nunca jamás.

(Ella lo contemplaba silenciosa.)

Habló de nuevo. Recordó la lucha
de tantos días y el amor
pasado. La vida es algo inesperado,
dijo. (Más frágiles que nunca sus palabras.)
Al fin calló con el silencio de ella,
se acercó hasta sus labios
y lloró simplemente sobre aquellos
labios ya para siempre sin respuesta.

No puede a veces

No puede a veces alzarse al canto lo que vive.

La noche tiene sombras, clausurados lugares,
infranqueables rostros,
el seco golpe, la caída de un cuerpo
o el relámpago acerbo de la hoja homicida,
la ensangrentada calle del amor,
su oscuro y largo llanto,
el repentino busto hiriente de la hembra,
la venganza de inagotables fauces secas,
los dioses abatidos,
a medio devorar por un can macilento,
y sus despojos y el humo en las ruinas.

No es posible volver a la palabra
ni puede a veces alzarse al canto lo que vive,
pues hay sólo tambores apagados
con luctuosos paños, calles deshabitadas,
pisadas que se alejan, conversaciones rotas,
la solidificación del tibio
fluido seminal en los lechos vacíos,
vastos salones preparados
para un ceremonial que no veremos.

Cuanto aún debiera de nacer parece
negarse al tiempo.

Tiene la noche ríos,
avenidas que arrastran
una espesa materia
dolorosa y ardiente.
Y la memoria,
irreparable, hunde su raíz en lo amargo.

No inútilmente

Contemplo yo a mi vez la diferencia
entre el hombre y su sueño de más vida,
la solidez gremial de la injusticia,
la candidez azul de las palabras.

No hemos llegado lejos, pues con razón me dices
que no son suficientes las palabras
para hacernos más libres.

Te respondo
que todavía no sabemos
hasta cuándo o hasta dónde
puede llegar una palabra,
quién la recogerá ni de qué boca
con suficiente fe
para darle su forma verdadera.

Haber llevado el fuego un solo instante
razón nos da de la esperanza.

Pues más allá de nuestro sueño
las palabras, que no nos pertenecen,
se asocian como nubes
que un día el viento precipita
sobre la tierra
para cambiar, no inútilmente, el mundo.

 

Bajemos a cantar lo no cantable

Bajemos a cantar lo no cantable
propongamos al fin un Edipo al enigma
un trompo al justiciero general de a caballo
una falsa nariz al inocente,
pan al avaro,
risa al cejijunto,
al estado burócrata una enjuta ventana
con vistas al crepúsculo,
al rígido bisagras,
llanto al frívolo,
gladiolos al menguado,
tenues velos al firme,
un ángel mutilado al siempre obsceno,
falos de purpurina a las dulces señoras
y soltemos al gato con latas en el rabo
del coro al caño, del caño al coro,
del coro al caño.

Tierra de nadie

La ciudad se ponía
amarilla y cansada
como un buey triste.
Entraba
la niebla lentamente
por los largos pasillos.
Pequeña ciudad sórdida, perdida,
municipal, oscura.
No sabíamos
a qué carta poner
la vida
para no volver siempre
sin nada entre las manos
como buceadores del vacío.
Palabras incompletas o imposibles
signos.
Adolescentes en el orden
reverencial de las familias.
Y los muertos solemnes.
Lunes,
domingo, lunes.
Ríos
de soledad.
Pasaban largos trenes
sin destino.
Y bajaba la niebla
lamiendo los desmontes
y oscureciendo el frío.
Por los largos pasillos me perdiera
del recinto infantil ahora desnudo,
cercenado, tapiado por la ausencia.

Tiempo de guerra

Estábamos, señores, en provincias
o en la periferia, como dicen,
incomprensibles desnacidos.
Señores escleróticos,
ancianas tías lúgubres,
guardias municipales y banderas.
Los niños con globitos colorados,
pantalones azules
y viernes sacrosantos
De piadoso susurro.
Andábamos con nuestros
papás.
Pasaban trenes
cargados de soldados a la guerra.
Gritos de excomunión.
Escapularios.
Enormes moros, asombrosos moros
llenos de pantalones y de dientes.
Y aquel vertiginoso
color del tíovivo y de los víctores.
Estábamos remotos
chupando caramelos,
con tantas estampitas y retratos
y tanto ir y venir y tan cólera,
tanta predicación y tantos muertos
y tanta sorda infancia irremediable.

No mirar

Escribo lo que veo,
aunque podría soñarlo
si no tuviera ojos para ver
y un reino de ceniza al alcance del viento,
si no estuviese en una jaula
aprisionado por mis ojos,
si mi reino no fuera de este mundo,
si no me apalearan
y me dieran también aceite y pan
para tapar los agujeros hondos de la muerte
con dolor compartido.

Si no fuera por eso y no estuviese
al pie de la escalera todavía,
con la ropa pequeña,
llorando por mi madre
ausente y otras cosas.

Si mi cuerpo insepulto no tuviese
tan triste la mirada,
roto el pernil,
encenagado el llanto.

Si estuviéramos solos.
Si la noche
jamás retrocediese
y el hilo, en fin, de la esperanza roto
nadie pudiera hilarlo.

Si otro niño reciente no llamara
a mi puerta de ahora
con aquellas palabras.

Si mi reino no fuera de este mundo
si no tuviese ojos
para ver, si no fuese
no mirar imposible…

La mujer estaba desnuda

Llegó un hombre,
descendió a su sexo.
Desde allí la llamaba
a voces cóncavas,
a empozados lamentos.
Pero ella
no podía bajar
y asomada a los bordes sollozaba.
Después, la voz más tenue
cada día,
ya se iba perdiendo en remoto vellones.
La mujer sollozaba.
Tendió grandes pañuelos
en las lámpara rotas.
Vino la noche.
Y la mujer abrió de par en par
sus inexhaustas puertas.

Cae la noche

Cae la noche.
El corazón desciende
infinitos peldaños,
enormes galerías,
hasta encontrar la pena.
Allí descansa, yace,
allí, vencido,
yace su propio ser.

El hombre puede
cargarlo a sus espaldas
para ascender de nuevo
hacia la luz penosamente:
puede caminar para siempre,
caminar…

¡Tú que puedes,
danos nuestra resurrección de cada día!

 

La señal

Porque hermoso es al fin
dejar latir el corazón con ritmo entero
hasta quebrar la máscara del odio.

Hermoso, sí, de pronto, sin saberlo,
dejarse ir, caer, ser arrastrado.

Tal vez la soledad, la larga espera,
no han sido más que fe en un solo acto
de libertad, de vida.

Porque hermoso es caer, tocar el fondo oscuro,
donde aún se debaten las imágenes
y combate el deseo con el torso desnudo
la sordidez de lo vivido.

Hermoso, sí.
Arriba rompe el día.
Aguardo sólo la señal del canto.
Ahora no sé, ahora sólo espero
saber más tarde lo que he sido.

Perdimos las palabras

Perdimos las palabras
a la orilla del mar
perdimos las palabras
de empezar a cantar.

Volvimos tierra adentro,
perdimos la verdad,
perdimos las palabras
y el cantor y el cantar.

Tres canciones de barcas

I
Al barquero de este río
dije: -Vámonos;
barquero,
dame la mano.
Dijo el barquero: -Quien pasa
no regresa de este paso.
Dije: -Barquero,
vámonos.

II
Que nadar sé, barquero,
que nadar sé,
aunque el mar sea alto,
que nadar sé,
alto y oscuro sea,
que nadar sé,
aunque sea de noche,
que nadar sé.

III
En la barca vamos sin testigo,
vamos en la barca del frío.
Vamos en la barca amarga,
quien no da moneda no pasa.
Quien no da moneda viva
sin barca queda ni orilla.
Vamos en la barca.

Anuncios

Etiquetado:, , , ,

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Valente en emak bakia.

Meta